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Domingo 14 de Septiembre de 2025.

  • daniela0780
  • 14 sept 2025
  • 6 Min. de lectura

Números 34 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



1 Y Jehová habló a Moisés, diciendo: 2 Manda a los hijos de Israel y diles: Cuando hayáis entrado en la tierra de Canaán, esto es, la tierra que os ha de caer en herencia, la tierra de Canaán según sus límites, 3 tendréis el lado del sur desde el desierto de Zin hasta la frontera de Edom; y será el límite del sur al extremo del Mar Salado hacia el oriente. 4 Este límite os irá rodeando desde el sur hasta la subida de Acrabim, y pasará hasta Zin; y se extenderá del sur a Cades-barnea; y continuará a Hasar-adar, y pasará hasta Asmón. 5 Rodeará este límite desde Asmón hasta el torrente de Egipto, y sus remates serán al occidente.


6 Y el límite occidental será el Mar Grande; este límite será el límite occidental.


7 El límite del norte será este: desde el Mar Grande trazaréis al monte de Hor. 8 Del monte de Hor trazaréis a la entrada de Hamat, y seguirá aquel límite hasta Zedad; 9 y seguirá este límite hasta Zifrón, y terminará en Hazar-enán; este será el límite del norte.


10 Por límite al oriente trazaréis desde Hazar-enán hasta Sefam; 11 y bajará este límite desde Sefam a Ribla, al oriente de Aín; y descenderá el límite, y llegará a la costa del mar de Cineret, al oriente. 12 Después descenderá este límite al Jordán, y terminará en el Mar Salado: esta será vuestra tierra por sus límites alrededor.


13 Y mandó Moisés a los hijos de Israel, diciendo: Esta es la tierra que se os repartirá en heredades por sorteo, que mandó Jehová que diese a las nueve tribus, y a la media tribu; 14 porque la tribu de los hijos de Rubén según las casas de sus padres, y la tribu de los hijos de Gad según las casas de sus padres, y la media tribu de Manasés, han tomado su heredad. 15 Dos tribus y media tomaron su heredad a este lado del Jordán frente a Jericó al oriente, al nacimiento del sol.


16 Y habló Jehová a Moisés, diciendo: 17 Estos son los nombres de los varones que os repartirán la tierra: El sacerdote Eleazar, y Josué hijo de Nun. 18 Tomaréis también de cada tribu un príncipe, para dar la posesión de la tierra. 19 Y estos son los nombres de los varones: De la tribu de Judá, Caleb hijo de Jefone. 20 De la tribu de los hijos de Simeón, Semuel hijo de Amiud. 21 De la tribu de Benjamín, Elidad hijo de Quislón. 22 De la tribu de los hijos de Dan, el príncipe Buqui hijo de Jogli. 23 De los hijos de José: de la tribu de los hijos de Manasés, el príncipe Haniel hijo de Efod, 24 y de la tribu de los hijos de Efraín, el príncipe Kemuel hijo de Siftán. 25 De la tribu de los hijos de Zabulón, el príncipe Elizafán hijo de Parnac. 26 De la tribu de los hijos de Isacar, el príncipe Paltiel hijo de Azán. 27 De la tribu de los hijos de Aser, el príncipe Ahiud hijo de Selomi. 28 Y de la tribu de los hijos de Neftalí, el príncipe Pedael hijo de Amiud. 29 A estos mandó Jehová que hiciesen la repartición de las heredades a los hijos de Israel en la tierra de Canaán.


Comentario del Capitulo




Capítulo 28 La idolatría en el Sinaí


Este capítulo está basado en Éxodo 32 a 34.


La ausencia del Moisés fue para Israel un tiempo de espera e incertidumbre. El pueblo sabía que él había subido al monte con Josué, y que había entrado en la densa y oscura nube que se veía desde la llanura, sobre la cúspide del monte, y era iluminada de tanto en tanto por los rayos de la divina presencia. Esperaron ansiosamente su regreso. Acostumbrados como estaban en Egipto a representaciones materiales de los dioses, les era difícil confiar en un Ser invisible, y habían llegado a depender de Moisés para mantener su fe. Ahora él se había alejado de ellos. Pasaban los días y las semanas, y aún no regresaba. A pesar de que seguían viendo la nube, a muchos les parecía que su dirigente los había abandonado, o que había sido consumido por el fuego devorador.


Durante este período de espera, tuvieron tiempo para meditar acerca de la ley de Dios que habían oído, y preparar sus corazones para recibir las futuras revelaciones que Moisés pudiera hacerles. Pero no dedicaron mucho tiempo a esta obra. Si se hubieran consagrado a buscar un entendimiento más claro de los requerimientos de Dios, y hubieran humillado sus corazones ante él, habrían sido escudados contra la tentación. Pero no obraron así y pronto se volvieron descuidados, desatentos y licenciosos. Esto ocurrió especialmente entre la “multitud mixta”. Sentían impaciencia por seguir hacia la tierra prometida, que fluía leche y miel. Les había sido prometida a condición de que obedecieran; pero habían perdido de vista ese requisito. Algunos sugirieron el regreso a Egipto; pero ya fuera para seguir hacia Canaán o para volver a Egipto, la mayoría del pueblo decidió no esperar más a Moisés.


Sintiéndose desamparados por la ausencia de su jefe, volvieron a sus antiguas supersticiones. La “multitud mixta” fue la primera en entregarse a la murmuración y la impaciencia, y de su seno salieron los cabecillas de la apostasía que siguió. Entre los objetos considerados por los egipcios como símbolos de la divinidad estaba el buey o becerro; y por indicación de los que habían practicado esta forma de idolatría en Egipto, hicieron un becerro y lo adoraron. El pueblo deseaba alguna imagen que representara a Dios y que ocupara ante ellos el lugar de Moisés.


Dios no había revelado ninguna semejanza de sí mismo, y había prohibido toda representación material que se propusiera hacerlo. Los extraordinarios milagros hechos en Egipto y en el Mar Rojo tenían por fin establecer la fe en Jehová como el invisible y todopoderoso Ayudador de Israel, como el único Dios verdadero. Y el deseo de alguna manifestación visible de su presencia había sido atendido con la columna de nube y fuego que había guiado al pueblo, y con la revelación de su gloria sobre el monte Sinaí. Pero estando la nube de la presencia divina todavía ante ellos, volvieron sus corazones hacia la idolatría de Egipto, y representaron la gloria del Dios invisible por “la imagen de un becerro”. Véase Éxodo 32-34.


En ausencia de Moisés, el poder judicial había sido confiado a Aarón, y una enorme multitud se reunió alrededor de su tienda para presentarle esta exigencia: “Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a Moisés, ese hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido” (véase el Apéndice, nota 7). La nube, dijeron ellos, que hasta ahora los guiara, se había posado permanentemente sobre el monte, y ya no dirigía más su peregrinación. Querían tener una imagen en su lugar; y si, como se había sugerido, decidían volver a Egipto, hallarían favor ante los egipcios si llevaban esa imagen ante ellos y la reconocían como su dios.


Para hacer frente a semejante crisis, hacía falta un hombre de firmeza, decisión, y ánimo imperturbable, un hombre que considerara el honor de Dios sobre el favor popular, sobre su seguridad personal y su misma vida. Pero el jefe provisional de Israel no tenía ese carácter. Aarón reprochó débilmente al pueblo, y su vacilación y timidez en el momento crítico no sirvieron sino para hacerlos más decididos en su propósito. El tumulto creció. Un frenesí ciego e irrazonable pareció posesionarse de la multitud. Algunos permanecieron fieles a su pacto con Dios; pero la mayor parte del pueblo se unió a la apostasía. Unos pocos, que osaron denunciar la propuesta imagen como idolatría, fueron atacados y maltratados, y en la confusión y el alboroto perdieron la vida.


Aarón temió por su propia seguridad; y en vez de ponerse noblemente de parte del honor de Dios, cedió a las demandas de la multitud. Su primer acto fue ordenar que el pueblo quitara todos sus aretes de oro y se los trajera. Esperaba que el orgullo haría que rehusaran semejante sacrificio. Pero entregaron de buena gana sus adornos, con los cuales él fundió un becerro semejante a los dioses de Egipto. El pueblo exclamó: “¡Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de Egipto!” Con vileza, Aarón permitió este insulto a Jehová. Y fue aún más lejos. Viendo la satisfacción con que se había recibido el becerro de oro, hizo construir un altar ante él e hizo proclamar: “Mañana será fiesta a Jehová”. El anunció fue proclamado por medio de trompetas de compañía en compañía por todo el campamento. “Al día siguiente madrugaron, ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz. Luego se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse”. Con el pretexto de celebrar una “fiesta a Jehová”, se entregaron a la glotonería y la orgía licenciosa.







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