Domingo 23 de Noviembre de 2025.
- daniela0780
- 23 nov 2025
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Jueces 10 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Tola y Jair juzgan a Israel
1 Después de Abimelec, se levantó para librar a Israel Tola hijo de Fúa, hijo de Dodo, varón de Isacar, el cual habitaba en Samir en el monte de Efraín. 2 Y juzgó a Israel veintitrés años; y murió, y fue sepultado en Samir.
3 Tras él se levantó Jair galaadita, el cual juzgó a Israel veintidós años. 4 Este tuvo treinta hijos, que cabalgaban sobre treinta asnos; y tenían treinta ciudades, que se llaman las ciudades de Jair hasta hoy, las cuales están en la tierra de Galaad. 5 Y murió Jair, y fue sepultado en Camón.
Jefté liberta a Israel de los amonitas
6 Pero los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales y a Astarot, a los dioses de Siria, a los dioses de Sidón, a los dioses de Moab, a los dioses de los hijos de Amón y a los dioses de los filisteos; y dejaron a Jehová, y no le sirvieron. 7 Y se encendió la ira de Jehová contra Israel, y los entregó en mano de los filisteos, y en mano de los hijos de Amón; 8 los cuales oprimieron y quebrantaron a los hijos de Israel en aquel tiempo dieciocho años, a todos los hijos de Israel que estaban al otro lado del Jordán en la tierra del amorreo, que está en Galaad. 9 Y los hijos de Amón pasaron el Jordán para hacer también guerra contra Judá y contra Benjamín y la casa de Efraín, y fue afligido Israel en gran manera.
10 Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová, diciendo: Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales. 11 Y Jehová respondió a los hijos de Israel: ¿No habéis sido oprimidos de Egipto, de los amorreos, de los amonitas, de los filisteos, 12 de los de Sidón, de Amalec y de Maón, y clamando a mí no os libré de sus manos? 13 Mas vosotros me habéis dejado, y habéis servido a dioses ajenos; por tanto, yo no os libraré más. 14 Andad y clamad a los dioses que os habéis elegido; que os libren ellos en el tiempo de vuestra aflicción. 15 Y los hijos de Israel respondieron a Jehová: Hemos pecado; haz tú con nosotros como bien te parezca; solo te rogamos que nos libres en este día. 16 Y quitaron de entre sí los dioses ajenos, y sirvieron a Jehová; y él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel.
17 Entonces se juntaron los hijos de Amón, y acamparon en Galaad; se juntaron asimismo los hijos de Israel, y acamparon en Mizpa. 18 Y los príncipes y el pueblo de Galaad dijeron el uno al otro: ¿Quién comenzará la batalla contra los hijos de Amón? Será caudillo sobre todos los que habitan en Galaad.
Comentario del Capitulo

Capítulo 43-44 La muerte de Moisés
En todo el trato que Dios tuvo con su pueblo, se nota, entremezclada con su amor y misericordia, la evidencia más sorprendente de su justicia estricta e imparcial. Queda patente en la historia del pueblo hebreo. Dios había otorgado grandes bendiciones a Israel. Su amor bondadoso hacia él se describe de la siguiente manera conmovedora: “Como el águila que excita su nidada, revoloteando sobre sus pollos, así extendió sus alas, lo tomó, y lo llevó sobre sus plumas. Jehová solo lo guió”. Deuteronomio 32:11, 12. ¡Y sin embargo, cuán presta y severa retribución les infligía por sus transgresiones!
El amor infinito de Dios se manifestó en el regalo de su Hijo unigénito para redimir la familia humana perdida. Cristo vino a la tierra con el objeto de revelar al hombre el carácter de su Padre, y su vida rebosó de actos de ternura y de compasión divinas. Sin embargo, Cristo mismo declara: “De cierto os digo que antes que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que todo se haya cumplido”. Mateo 5:18. La misma voz que suplica con paciencia y amor al pecador para que venga a él y encuentre perdón y paz, ordenará, en el juicio, a quienes rechazaron su misericordia: “Apartaos de mí, malditos”. Mateo 25:41. En toda la Biblia, se representa a Dios, no solo como un padre tierno, sino también como un juez justo. Aunque se deleita en manifestar misericordia, y “perdona la iniquidad, la rebelión, y el pecado”, de “ningún modo justificará al malvado”. Éxodo 34:7.
El gran Soberano de todas las naciones había declarado que Moisés no habría de introducir a la congregación de Israel en la buena tierra, y la súplica fervorosa del siervo de Dios no pudo conseguir que su sentencia se revocara. Él sabía que había de morir. Sin embargo, no había vacilado un solo momento en su cuidado de Israel. Con toda fidelidad, había procurado preparar a la congregación para su entrada en la tierra prometida. A la orden divina, Moisés y Josué fueron al tabernáculo, mientras que la columna de nube descendía y se colocaba sobre la puerta. Allí el pueblo le fue encargado solemnemente a Josué. La obra de Moisés como jefe de Israel había terminado. Y a pesar de esto, se olvidó de sí mismo en su interés por su pueblo. En presencia de la multitud congregada, Moisés, en nombre de Dios, dirigió a su sucesor estas palabras de aliento santo: “¡Esfuérzate y anímate!, pues tú introducirás a los hijos de Israel en la tierra que les juré, y yo estaré contigo”. Deuteronomio 31:23. Luego miró a los ancianos y príncipes del pueblo, y les encargó solemnemente que recibieran fielmente las instrucciones de Dios que él les había comunicado.
Mientras el pueblo miraba a aquel anciano, que tan pronto le sería quitado, recordó con nuevo y profundo aprecio su ternura paternal, sus sabios consejos y sus labores incansables. ¡Cuán a menudo, cuando sus pecados habían merecido los justos castigos de Dios, las oraciones de Moisés habían intercedido para salvarlos! La tristeza que sentían era intensificada por el remordimiento. Recordaban con amargura que su propia iniquidad había inducido a Moisés al pecado por el cual tenía que morir.
La remoción de su amado jefe iba a ser para Israel un castigo mucho más severo que cualquier otro que pudieran haber recibido sobreviviendo él y continuando su misión. Dios quería hacerles sentir que no debían hacer la vida de su futuro jefe tan difícil como se la habían hecho a Moisés. Dios habla a su pueblo mediante las bendiciones que le otorga, y cuando estas no son apreciadas, le habla suprimiendo las bendiciones, para inducirlo a ver sus pecados, y a volverse hacia él de todo corazón.
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