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Domingo 30 de Noviembre de 2025.

  • daniela0780
  • 30 nov 2025
  • 5 Min. de lectura

Jueces 17 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



Las imágenes y el sacerdote de Micaía

1 Hubo un hombre del monte de Efraín, que se llamaba Micaía, 2 el cual dijo a su madre: Los mil cien siclos de plata que te fueron hurtados, acerca de los cuales maldijiste, y de los cuales me hablaste, he aquí el dinero está en mi poder; yo lo tomé. Entonces la madre dijo: Bendito seas de Jehová, hijo mío. 3 Y él devolvió los mil cien siclos de plata a su madre; y su madre dijo: En verdad he dedicado el dinero a Jehová por mi hijo, para hacer una imagen de talla y una de fundición; ahora, pues, yo te lo devuelvo. 4 Mas él devolvió el dinero a su madre, y tomó su madre doscientos siclos de plata y los dio al fundidor, quien hizo de ellos una imagen de talla y una de fundición, la cual fue puesta en la casa de Micaía. 5 Y este hombre Micaía tuvo casa de dioses, e hizo efod y terafines, y consagró a uno de sus hijos para que fuera su sacerdote. 6 En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.


7 Y había un joven de Belén de Judá, de la tribu de Judá, el cual era levita, y forastero allí. 8 Este hombre partió de la ciudad de Belén de Judá para ir a vivir donde pudiera encontrar lugar; y llegando en su camino al monte de Efraín, vino a casa de Micaía. 9 Y Micaía le dijo: ¿De dónde vienes? Y el levita le respondió: Soy de Belén de Judá, y voy a vivir donde pueda encontrar lugar. 10 Entonces Micaía le dijo: Quédate en mi casa, y serás para mí padre y sacerdote; y yo te daré diez siclos de plata por año, vestidos y comida. Y el levita se quedó. 11 Agradó, pues, al levita morar con aquel hombre, y fue para él como uno de sus hijos. 12 Y Micaía consagró al levita, y aquel joven le servía de sacerdote, y permaneció en casa de Micaía. 13 Y Micaía dijo: Ahora sé que Jehová me prosperará, porque tengo un levita por sacerdote.


Comentario del Capitulo




Capítulo 45-46 La caída de Jericó


Los hebreos habían entrado en la tierra de Canaán, pero no la habían subyugado; y a juzgar por las apariencias humanas, habría de ser larga y difícil la lucha para apoderarse de la tierra. La habitaba una raza poderosa, dispuesta a oponerse a la invasión de su territorio. Estas tribus estaban unidas por su temor a un peligro común. Sus caballos y sus carros de guerra construidos de hierro, su conocimiento del terreno y su preparación bélica les daban una gran ventaja. Además, la tierra estaba resguardada por fortalezas, por “ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo”. Deuteronomio 9:1. Únicamente con la garantía de una fuerza que no era la suya, podían alentar los israelitas la esperanza de obtener éxito en el conflicto inminente.


Una de las mayores fortalezas de la tierra, la grande y rica ciudad de Jericó, se hallaba frente a ellos, a poca distancia de su campamento de Gilgal. Situada en la margen de una llanura fértil en la que abundaban los ricos y diversos productos de los trópicos, esta ciudad orgullosa, cuyos palacios y templos eran morada del lujo y del vicio, desafiaba al Dios de Israel desde sus macizos baluartes. Jericó era una de las sedes principales de la idolatría, y se dedicaba especialmente al culto de Astarté, diosa de la luna. Allí se concentraban los ritos más viles y degradantes de la religión de los cananeos. El pueblo de Israel que tenía aun fresco el recuerdo de las consecuencias terribles del pecado que cometiera en Bet-peor, no podía contemplar esta ciudad pagana sino con repugnancia y horror.


Josué veía que la toma de Jericó debía ser el primer paso en la conquista de Canaán. Pero ante todo buscó una garantía de la dirección divina; y ella le fue concedida. Se retiró del campamento para meditar y pedir en oración que el Dios de Israel fuera delante de su pueblo, vio a un guerrero armado, de alta estatura y aspecto imponente, “el cual tenía una espada desnuda en su mano”. A la pregunta desafiante de Josué: “¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?”, contestó: “sino que he venido como Príncipe del ejército de Jehová”. Véase Josué 5-7. La misma orden que se había dado a Moisés en Horeb: “Quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que estás, es santo” reveló el carácter verdadero del misterioso forastero. Era Cristo, el Sublime, quien estaba delante del jefe de Israel. Dominado por santo temor, Josué cayó sobre su rostro, adoró, y tras oír la promesa: “Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra”, recibió instrucciones respecto a la toma de la ciudad.


En obediencia al mandamiento divino, Josué reunió los ejércitos de Israel. No debían emprender asalto alguno. Solo debían marchar alrededor de la ciudad, llevando el arca de Dios y tocando las trompetas. En primer lugar, venían los guerreros, o sea un cuerpo de varones escogidos, no para vencer con su propia capcidad y valentía, sino por obediencia a las instrucciones dadas por Dios. Seguían siete sacerdotes con trompetas. Luego el arca de Dios, rodeada de una aureola de gloria divina, era llevada por sacerdotes ataviados con las vestiduras de su santo cargo. Seguía el ejército de Israel, con cada tribu bajo su estandarte. Esta era la procesión que rodeaba la ciudad condenada. No se oía otro sonido que el de los pasos de aquella hueste numerosa, y el solemne tañido de las trompetas que repercutía entre las colinas y resonaba por las calles de Jericó. Una vez dada la vuelta, el ejército volvía silenciosamente a sus tiendas, y el arca se colocaba nuevamente en su sitio en el tabernáculo.


Con asombro y alarma, los centinelas de la ciudad observaban cada movimiento, y lo referían a las autoridades. No comprendían el significado de todo este despliegue; pero al ver a aquella hueste numerosa marchar cada día alrededor de su ciudad, con el arca santa y los sacerdotes que la acompañaban, el misterio de la escena infundió terror en el corazón tanto de los sacerdotes como del pueblo. Volvieron a inspeccionar sus fuertes defensas, seguros de que podrían resistir con éxito el ataque más vigoroso. Muchos se burlaban de la idea de que estas demostraciones singulares pudieran hacerles daño. Otros eran presa del miedo al ver la procesión que cada día cercaba la ciudad. Recordaban que una vez las aguas del Mar Rojo se habían dividido ante este pueblo, y que acababa de abrírseles el paso a través del Jordán. No sabían qué otros milagros podría hacer Dios por ellos.


Durante seis días, la hueste de Israel dio una vuelta por día alrededor de la ciudad. Llegó el séptimo día, y al primer rayo del sol naciente, Josué movilizó los ejércitos del Señor. Les dio la orden de marchar siete veces alrededor de Jericó, y cuando escucharan el fuerte sonido de las trompetas, gritaran en alta voz, porque Dios les había dado la ciudad.








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