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Jueves 15 de Enero 2025

  • 15 ene
  • 8 Min. de lectura

2 Samuel 7 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



Pacto de Dios con David

(1 Cr. 17.1-27)

1 Aconteció que cuando ya el rey habitaba en su casa, después que Jehová le había dado reposo de todos sus enemigos en derredor, 2 dijo el rey al profeta Natán: Mira ahora, yo habito en casa de cedro, y el arca de Dios está entre cortinas. 3 Y Natán dijo al rey: Anda, y haz todo lo que está en tu corazón, porque Jehová está contigo.


4 Aconteció aquella noche, que vino palabra de Jehová a Natán, diciendo: 5 Ve y di a mi siervo David: Así ha dicho Jehová: ¿Tú me has de edificar casa en que yo more? 6 Ciertamente no he habitado en casas desde el día en que saqué a los hijos de Israel de Egipto hasta hoy, sino que he andado en tienda y en tabernáculo. 7 Y en todo cuanto he andado con todos los hijos de Israel, ¿he hablado yo palabra a alguna de las tribus de Israel, a quien haya mandado apacentar a mi pueblo de Israel, diciendo: Por qué no me habéis edificado casa de cedro? 8 Ahora, pues, dirás así a mi siervo David: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel; 9 y he estado contigo en todo cuanto has andado, y delante de ti he destruido a todos tus enemigos, y te he dado nombre grande, como el nombre de los grandes que hay en la tierra. 10 Además, yo fijaré lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré, para que habite en su lugar y nunca más sea removido, ni los inicuos le aflijan más, como al principio, 11 desde el día en que puse jueces sobre mi pueblo Israel; y a ti te daré descanso de todos tus enemigos. Asimismo Jehová te hace saber que él te hará casa. 12 Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. 13 Él edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. 14 Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres; 15 pero mi misericordia no se apartará de él como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti. 16 Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente. 17 Conforme a todas estas palabras, y conforme a toda esta visión, así habló Natán a David.


18 Y entró el rey David y se puso delante de Jehová, y dijo: Señor Jehová, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí? 19 Y aun te ha parecido poco esto, Señor Jehová, pues también has hablado de la casa de tu siervo en lo por venir. ¿Es así como procede el hombre, Señor Jehová? 20 ¿Y qué más puede añadir David hablando contigo? Pues tú conoces a tu siervo, Señor Jehová. 21 Todas estas grandezas has hecho por tu palabra y conforme a tu corazón, haciéndolas saber a tu siervo. 22 Por tanto, tú te has engrandecido, Jehová Dios; por cuanto no hay como tú, ni hay Dios fuera de ti, conforme a todo lo que hemos oído con nuestros oídos. 23 ¿Y quién como tu pueblo, como Israel, nación singular en la tierra? Porque fue Dios para rescatarlo por pueblo suyo, y para ponerle nombre, y para hacer grandezas a su favor, y obras terribles a tu tierra, por amor de tu pueblo que rescataste para ti de Egipto, de las naciones y de sus dioses. 24 Porque tú estableciste a tu pueblo Israel por pueblo tuyo para siempre; y tú, oh Jehová, fuiste a ellos por Dios. 25 Ahora pues, Jehová Dios, confirma para siempre la palabra que has hablado sobre tu siervo y sobre su casa, y haz conforme a lo que has dicho. 26 Que sea engrandecido tu nombre para siempre, y se diga: Jehová de los ejércitos es Dios sobre Israel; y que la casa de tu siervo David sea firme delante de ti. 27 Porque tú, Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, revelaste al oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré casa. Por esto tu siervo ha hallado en su corazón valor para hacer delante de ti esta súplica. 28 Ahora pues, Jehová Dios, tú eres Dios, y tus palabras son verdad, y tú has prometido este bien a tu siervo. 29 Ten ahora a bien bendecir la casa de tu siervo, para que permanezca perpetuamente delante de ti, porque tú, Jehová Dios, lo has dicho, y con tu bendición será bendita la casa de tu siervo para siempre.


Comentario del Capitulo




Capítulo 56-57 El arca tomada por los filisteos


No bastaba que el arca y el santuario estuvieran en medio de Israel. No bastaba que los sacerdotes ofrecieran sacrificios y que los del pueblo se llamaran los hijos de Dios. El Señor no escucha las peticiones de quienes albergan iniquidad en el corazón; está escrito: “La oración le es abominable al que aparta su oído para no escuchar la ley”. Proverbios 28:9.


Cuando el ejército salió a librar batalla, Elí, ciego y anciano, se había quedado en Silo. Con presentimientos perturbadores esperaba el resultado del conflicto; “porque su corazón estaba temblando por causa del arca de Dios”. Habiendo elegido un sitio fuera de la puerta del tabernáculo, se quedaba sentado a la vera del camino día tras día, esperando ansiosamente la llegada de algún mensajero del campo de batalla.


Por último, un hombre de la tribu de Benjamín que formaba parte del ejército, llegó subiendo de prisa por el camino que conducía a la ciudad, “rotos sus vestidos y tierra sobre su cabeza”. Pasó frente al anciano sentado a la vera del camino sin hacerle caso, se apresuró a llegar a la ciudad, y relató a multitudes anhelantes las noticias de la derrota y la pérdida.


El ruido de los gemidos y las lamentaciones llegó a los oídos del que atalayaba al lado del tabernáculo. Fue llevado el mensajero a la presencia de Elí y le dijo: “Israel huyó delante de los filisteos y hubo gran mortandad entre el pueblo. Han muerto también tus dos hijos, Ofni y Finees”. Elí pudo aguantar todo esto, por terrible que fuera, pues lo había esperado. Pero cuando el mensajero agregó: “El arca de Dios ha sido tomada”, una expresión de angustia indecible pasó por su semblante. La idea de que su pecado había deshonrado así a Dios, y le había hecho retirar su presencia de Israel, era más de lo que podía soportar; perdió su fuerza, cayó, “y se desnucó, y murió”.


La esposa de Finees, a pesar de la impiedad de su marido, era una mujer que temía al Señor. La muerte de su suegro y de su marido, y sobre todo, la terrible noticia de que el arca de Dios había sido tomada, le causaron la muerte. Le pareció que la última esperanza de Israel había desaparecido; y llamó al hijo que le acababa de nacer en esa hora de adversidad, Icabod, “sin gloria”. Y con su último aliento repitió las tristes palabras: “La gloria ha sido desterrada de Israel, porque había sido tomada el Arca de Dios”.


Pero el Señor no había desechado completamente a su pueblo, ni tampoco iba a tolerar mucho tiempo el júbilo de los paganos. Había usado a los filisteos como instrumento para castigar a los israelitas, y empleó el arca para castigar a los filisteos. En tiempos anteriores, la divina presencia la había acompañado, para ser la fuerza y la gloria de su pueblo obediente. Aún la acompañaría esa presencia invisible, para infundir terror y ocasionar destrucción a los transgresores de la santa ley. A menudo el Señor emplea a sus acérrimos enemigos para castigar la infidelidad del pueblo que profesa seguirlo. Los impíos podrán triunfar por algún tiempo, viendo a Israel sufrir el castigo; pero llegará el momento cuando ellos también habrán de sufrir la sentencia de un Dios santo que odia el pecado. Donde quiera que se abrigue la iniquidad, allí caerán rápidos y certeros los juicios divinos.


Los filisteos llevaron el arca en procesión triunfal a Asdod, una de sus cinco ciudades principales, y la pusieron en la casa de su dios Dagón. Se imaginaban que el poder que hasta entonces había acompañado el arca sería suyo, y que, unido al poder de Dagón, los haría invencibles. Pero al entrar en el templo al día siguiente, presenciaron una escena que los llenó de consternación. Dagón había caído de bruces al suelo ante el arca de Jehová. Reverentemente, los sacerdotes recogieron el ídolo y lo colocaron en su sitio, pero a la mañana siguiente lo encontraron misteriosamente mutilado, otra vez derribado en el suelo ante el arca. La parte superior de este ídolo era semejante a la de un hombre, y la parte inferior se asemejaba a la de un pez. Ahora toda la parte que se parecía a la forma humana había sido cortada, y quedaba solamente el cuerpo del pez. Los sacerdotes y el pueblo estaban horrorizados; consideraban este acontecimiento misterioso como un mal augurio que presagiaba la destrucción de ellos y de sus ídolos ante el Dios de los hebreos. Sacaron entonces el arca del templo y la colocaron en un edificio aparte.


Los habitantes de Asdod se vieron afectados por una enfermedad angustiosa y fatal. Recordando las plagas que el Dios de Israel había infligido a Egipto, el pueblo atribuyó esta calamidad a la presencia del arca entre ellos. Se decidió llevarla a Gat. Pero poco después de su llegada allí comenzó la plaga y los hombres de la ciudad la enviaron a Ecrón. Los habitantes la recibieron con terror y clamando: “Nos han traído el Arca del Dios de Israel para matarnos a nosotros y a nuestro pueblo”. Se volvieron a sus dioses en busca de protección, como lo había hecho la gente de Gat y de Asdod; pero la obra de exterminio siguió hasta que, por causa de la aflicción “el clamor de la ciudad subía al cielo”. Temiendo el pueblo conservar el arca en habitaciones humanas, la colocó en campo raso. Siguió entonces una plaga de ratones, que infestaron la tierra y destruyeron los productos agrícolas, tanto en los graneros como en el campo. La destrucción total, ya fuera por la enfermedad o por el hambre, amenazaba ahora a toda la nación.


Durante siete meses el arca permaneció en la tierra de los filisteos, y en todo este tiempo los israelitas no hicieron esfuerzo alguno por recobrarla. Pero los filisteos tenían ahora tanta ansia de deshacerse de ella, como antes la habían tenido por obtenerla. En vez de ser una fuente de fortaleza para ellos, era una carga pesada y una gran maldición. Sin embargo, no sabían qué hacer, pues adondequiera que la llevaran seguían inmediatamente los juicios de Dios.


El pueblo clamó a los príncipes de la nación, como también a los sacerdotes y adivinos; y ansiosamente les preguntó: “¿Qué haremos con el Arca de Jehová? Hacednos saber de qué manera podemos devolverla a su lugar”. Ellos aconsejaron que la devolvieran con un costoso sacrificio de expiación. “Entonces -dijeron los sacerdotes- seréis sanos, y conoceréis por qué no se apartó de vosotros su mano”.










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