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Jueves 24 de Julio 2025

  • daniela0780
  • 24 jul 2025
  • 6 Min. de lectura

Levítico 9 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



Los sacrificios de Aarón

1 En el día octavo, Moisés llamó a Aarón y a sus hijos, y a los ancianos de Israel; 2 y dijo a Aarón: Toma de la vacada un becerro para expiación, y un carnero para holocausto, sin defecto, y ofrécelos delante de Jehová. 3 Y a los hijos de Israel hablarás diciendo: Tomad un macho cabrío para expiación, y un becerro y un cordero de un año, sin defecto, para holocausto. 4 Asimismo un buey y un carnero para sacrificio de paz, que inmoléis delante de Jehová, y una ofrenda amasada con aceite; porque Jehová se aparecerá hoy a vosotros. 5 Y llevaron lo que mandó Moisés delante del tabernáculo de reunión, y vino toda la congregación y se puso delante de Jehová. 6 Entonces Moisés dijo: Esto es lo que mandó Jehová; hacedlo, y la gloria de Jehová se os aparecerá. 7 Y dijo Moisés a Aarón: Acércate al altar, y haz tu expiación y tu holocausto, y haz la reconciliación por ti y por el pueblo; haz también la ofrenda del pueblo, y haz la reconciliación por ellos, como ha mandado Jehová.


8 Entonces se acercó Aarón al altar y degolló el becerro de la expiación que era por él. 9 Y los hijos de Aarón le trajeron la sangre; y él mojó su dedo en la sangre, y puso de ella sobre los cuernos del altar, y derramó el resto de la sangre al pie del altar. 10 E hizo arder sobre el altar la grosura con los riñones y la grosura del hígado de la expiación, como Jehová lo había mandado a Moisés. 11 Mas la carne y la piel las quemó al fuego fuera del campamento.


12 Degolló asimismo el holocausto, y los hijos de Aarón le presentaron la sangre, la cual roció él alrededor sobre el altar. 13 Después le presentaron el holocausto pieza por pieza, y la cabeza; y lo hizo quemar sobre el altar. 14 Luego lavó los intestinos y las piernas, y los quemó sobre el holocausto en el altar.


15 Ofreció también la ofrenda del pueblo, y tomó el macho cabrío que era para la expiación del pueblo, y lo degolló, y lo ofreció por el pecado como el primero. 16 Y ofreció el holocausto, e hizo según el rito. 17 Ofreció asimismo la ofrenda, y llenó de ella su mano, y la hizo quemar sobre el altar, además del holocausto de la mañana.


18 Degolló también el buey y el carnero en sacrificio de paz, que era del pueblo; y los hijos de Aarón le presentaron la sangre, la cual roció él sobre el altar alrededor; 19 y las grosuras del buey y del carnero, la cola, la grosura que cubre los intestinos, los riñones, y la grosura del hígado; 20 y pusieron las grosuras sobre los pechos, y él las quemó sobre el altar. 21 Pero los pechos, con la espaldilla derecha, los meció Aarón como ofrenda mecida delante de Jehová, como Jehová lo había mandado a Moisés.


22 Después alzó Aarón sus manos hacia el pueblo y lo bendijo; y después de hacer la expiación, el holocausto y el sacrificio de paz, descendió. 23 Y entraron Moisés y Aarón en el tabernáculo de reunión, y salieron y bendijeron al pueblo; y la gloria de Jehová se apareció a todo el pueblo. 24 Y salió fuego de delante de Jehová, y consumió el holocausto con las grosuras sobre el altar; y viéndolo todo el pueblo, alabaron, y se postraron sobre sus rostros.


Comentario del Capitulo




Capítulo 1-19 El regreso a Canaán


Desde Bet-el no había más que dos días de viaje hasta Hebrón; pero en el trayecto Jacob experimentó un gran dolor por la muerte de Raquel. Había servido por ella dos veces siete años, y su amor le había hecho más llevadero el trabajo. La profundidad y constancia de su cariño se manifestó más tarde, cuando Jacob estaba a punto de morir en Egipto y José fue a visitarlo; en esa ocasión el anciano patriarca, recordando su propia vida, dijo: “Cuando yo venía de Padan-aram se me murió Raquel en la tierra de Canaán, en el camino, como media legua antes de llegar a Efrata; y la sepulté allí, en el camino de Efrata, que es Belén”. Génesis 48:7. De toda la historia de su familia durante su larga y penosa vida, solamente recordó la pérdida de Raquel.


Antes de su muerte, Raquel dio a luz un segundo hijo. Al expirar, llamó al niño Benoni; es decir, “hijo de mi dolor”. Pero su padre lo llamó Benjamín, “hijo de la diestra”, o “mi fuerza”. Raquel fue sepultada donde murió, y allí se erigió un monumento para perpetuar su memoria.


En el camino a Efrata, otro crimen repugnante manchó a la familia de Jacob, y, como consecuencia, a Rubén, el hijo primogénito, se le negaron los privilegios y los honores de la primogenitura.


Por último, llegó Jacob al fin de su viaje y vino “a Isaac su padre a Mamre, [...] que es Hebrón, donde habitaron Abraham e Isaac”. Ahí se quedó durante los últimos días de la vida de su padre. Para Isaac, débil y ciego, las amables atenciones de este hijo tanto tiempo ausente, fueron un consuelo en los años de soledad y duelo.


Jacob y Esaú se encontraron junto al lecho de muerte de su padre. En otro tiempo, el hijo mayor había esperado este acontecimiento como una ocasión para vengarse; pero desde entonces sus sentimientos habían cambiado considerablemente. Y Jacob, muy contento con las bendiciones espirituales de la primogenitura, renunció en favor de su hermano mayor a la herencia de las riquezas del padre, la única herencia que Esaú había buscado y valorado. Ya no estaban distanciados por los celos o el odio; y sin embargo, se separaron, marchándose Esaú al monte Seir. Dios, que es rico en bendición, había otorgado a Jacob riqueza terrenal además del bien superior que había buscado. Los bienes de los dos hermanos “eran tantos que no podían habitar juntos, ni la tierra en donde habitaban los podía sostener a causa de sus ganados”. Génesis 36:7. Esta separación se realizó de acuerdo con el propósito de Dios respecto a Jacob. Como los hermanos se diferenciaban tanto en su religión, para ellos era mejor morar aparte.


Esaú y Jacob habían sido educados igualmente en el conocimiento de Dios, y los dos pudieron andar según sus mandamientos y recibir su favor; pero no hicieron la misma elección. Tomaron diferentes caminos, y sus sendas se habían de apartar cada vez más una de otra.


No hubo una elección arbitraria de parte de Dios, por la cual Esaú fuera excluido de las bendiciones de la salvación. Los dones de su gracia mediante Cristo son gratuitos para todos. No hay elección, excepto la propia, por la cual alguien haya de perecer. Dios ha expuesto en su Palabra las condiciones de acuerdo con las cuales se elegirá a cada alma para la vida eterna: la obediencia a sus mandamientos, mediante la fe en Cristo. Dios ha elegido un carácter que está en armonía con su ley, y todo el que alcance la norma requerida, entrará en el reino de la gloria. Cristo mismo dijo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que se niega a creer en el Hijo no verá la vida”. “No todo el que me dice: “¡Señor, Señor!”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Juan 3:36; Mateo 7:21. Y en el Apocalipsis declara: “Bienaventurados los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas en la ciudad”. Apocalipsis 22:14. En cuanto a la redención final del hombre, esta es la única elección que nos enseña la Palabra de Dios.


Es elegida toda alma que luche por su propia salvación con temor y temblor. Es elegido el que se ponga la armadura y pelee la buena batalla de la fe. Es elegido el que vele en oración, el que escudriñe las Escrituras, y huya de la tentación. Es elegido el que tenga fe continuamente, y el que obedezca a cada palabra que sale de la boca de Dios. Las medidas tomadas para la redención se ofrecen gratuitamente a todos, pero los resultados de la redención serán únicamente para los que hayan cumplido las condiciones.


Esaú había menospreciado las bendiciones del pacto. Había preferido los bienes temporales a los espirituales, y obtuvo lo que deseaba. Se separó del pueblo de Dios por su propia elección. Jacob había escogido la herencia de la fe. Había tratado de lograrla mediante la astucia, la traición y el engaño; pero Dios permitió que su pecado produjera su corrección. Sin embargo, al través de todas las experiencias amargas de sus años posteriores, Jacob no se desvió nunca de su propósito, ni renunció a su elección. Había comprendido que, al valerse de la capacidad y la astucia humanas para conseguir la bendición, había obrado contra Dios.






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