Jueves 28 de Noviembre de 2024.
- daniela0780
- 28 nov 2024
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Romanos 4 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.
El ejemplo de Abraham
1 ¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? 2 Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. 3 Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. 4 Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; 5 mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. 6 Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, 7 diciendo:
Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas,
Y cuyos pecados son cubiertos.
8 Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado.
9 ¿Es, pues, esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión, o también para los de la incircuncisión? Porque decimos que a Abraham le fue contada la fe por justicia. 10 ¿Cómo, pues, le fue contada? ¿Estando en la circuncisión, o en la incircuncisión? No en la circuncisión, sino en la incircuncisión. 11 Y recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; 12 y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado.
La promesa realizada mediante la fe
13 Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe. 14 Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa. 15 Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión.
16 Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros 17 (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen. 18 Él creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. 19 Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. 20 Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, 21 plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; 22 por lo cual también su fe le fue contada por justicia. 23 Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, 24 sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, 25 el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.
Comentario del Capitulo

Capítulo 77 En el tribunal de Pilato
El rostro de Pilato palideció. Le confundían sus propias emociones en conflicto. Pero mientras postergaba la acción, los sacerdotes y príncipes inflamaban aun más los ánimos del pueblo. Pilato se vió forzado a obrar. Recordó entonces una costumbre que podría servir para obtener la liberación de Cristo. En ocasión de esta fiesta, se acostumbraba soltar a algún preso que el pueblo eligiese. Era una costumbre de invención pagana; no había sombra de justicia en ella, pero los judíos la apreciaban mucho. En aquel entonces las autoridades romanas tenían preso a un tal Barrabás que estaba bajo sentencia de muerte. Este hombre había aseverado ser el Mesías. Pretendía tener autoridad para establecer un orden de cosas diferente para arreglar el mundo. Dominado por el engaño satánico, sostenía que le pertenecía todo lo que pudiese obtener por el robo. Había hecho cosas maravillosas por medio de los agentes satánicos, había conquistado secuaces entre el pueblo y había provocado una sedición contra el gobierno romano. Bajo el manto del entusiasmo religioso, se ocultaba un bribón empedernido y desesperado, que sólo procuraba cometer actos de rebelión y crueldad. Al ofrecer al pueblo que eligiese entre este hombre y el Salvador inocente, Pilato pensó despertar en él un sentido de justicia. Esperaba suscitar su simpatía por Jesús en oposición a los sacerdotes y príncipes. Así que volviéndose a la muchedumbre, dijo con gran fervor: “¿Cuál queréis que os suelte? ¿a Barrabás, o a Jesús que se dice el Cristo?”
Como el rugido de las fieras, vino la respuesta de la turba: Suéltanos a Barrabás. E iba en aumento el clamor: ¡Barrabás! ¡Barrabás! Pensando que el pueblo no había comprendido su pregunta, Pilato preguntó: “¿Queréis que os suelte al Rey de los Judíos?” Pero volvieron a clamar: “Quita a éste, y suéltanos a Barrabás.” “¿Qué pues haré de Jesús que se dice el Cristo?” preguntó Pilato. Nuevamente la agitada turba rugió como demonios. Había verdaderos demonios en forma humana en la muchedumbre, y ¿qué podía esperarse sino la respuesta: “Sea crucificado”?
Pilato estaba turbado. No había pensado obtener tal resultado. Le repugnaba entregar un hombre inocente a la muerte más ignominiosa y cruel que se pudiese infligir. Cuando hubo cesado el tumulto de las voces, volvió a hablar al pueblo diciendo: “Pues ¿qué mal ha hecho?” Pero era demasiado tarde para argüir. No eran pruebas de la inocencia de Cristo lo que querían, sino su condena.
Pilato se esforzó todavía por salvarlo. “Les dijo la tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ninguna culpa de muerte he hallado en él: le castigaré, pues, y le soltaré.” Pero la sola mención de su liberación decuplicaba el frenesí del pueblo. “Crucifícale, crucifícale,” clamaban. La tempestad que la indecisión de Pilato había provocado rugía cada vez más.
Jesús fué tomado, extenuado de cansancio y cubierto de heridas, y fué azotado a la vista de la muchedumbre. “Entonces los soldados le llevaron dentro de la sala, es a saber, al pretorio; y convocan toda la cohorte. Y le visten de púrpura; y poniéndole una corona tejida de espinas, comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los Judíos! ... Y escupían en él, y le adoraban hincadas las rodillas.” De vez en cuando, alguna mano perversa le arrebataba la caña que había sido puesta en su mano, y con ella hería la corona que estaba sobre su frente, haciendo penetrar las espinas en sus sienes y chorrear la sangre por su rostro y barba.
¡Admiraos, oh cielos! ¡y asómbrate, oh tierra! Contemplad al opresor y al oprimido. Una multitud enfurecida rodea al Salvador del mundo. Las burlas y los escarnios se mezclan con los groseros juramentos de blasfemia. La muchedumbre inexorable comenta su humilde nacimiento y vida. Pone en ridículo su pretensión de ser Hijo de Dios, y la broma obscena y el escarnio insultante pasan de labio a labio.
Satanás indujo a la turba cruel a ultrajar al Salvador. Era su propósito provocarle a que usase de represalias, si era posible, o impulsarle a realizar un milagro para librarse y así destruir el plan de la salvación. Una mancha sobre su vida humana, un desfallecimiento de su humanidad para soportar la prueba terrible, y el Cordero de Dios habría sido una ofrenda imperfecta y la redención del hombre habría fracasado. Pero Aquel que con una orden podría haber hecho acudir en su auxilio a la hueste celestial, el que por la manifestación de su majestad divina podría haber ahuyentado de su vista e infundido terror a esa muchedumbre, se sometió con perfecta calma a los más groseros insultos y ultrajes.
Los enemigos de Cristo habían pedido un milagro como prueba de su divinidad. Tenían una prueba mayor que cualquiera de las que buscasen. Así como su crueldad degradaba a sus atormentadores por debajo de la humanidad a semejanza de Satanás, así también la mansedumbre y paciencia de Jesús le exaltaban por encima de la humanidad y probaban su relación con Dios. Su humillación era la garantía de su exaltación. Las cruentas gotas de sangre que de sus heridas sienes corrieron por su rostro y su barba, fueron la garantía de su ungimiento con el “óleo de alegría” como sumo sacerdote nuestro.
La ira de Satanás fué grande al ver que todos los insultos infligidos al Salvador no podían arrancar de sus labios la menor murmuración. Aunque se había revestido de la naturaleza humana, estaba sostenido por una fortaleza semejante a la de Dios y no se apartó un ápice de la voluntad de su Padre.
Cuando Pilato entregó a Jesús para que fuese azotado y burlado, pensó excitar la compasión de la muchedumbre. Esperaba que ella decidiera que este castigo bastaba. Pensó que aun la malicia de los sacerdotes estaría ahora satisfecha. Pero, con aguda percepción, los judíos vieron la debilidad que significaba el castigar así a un hombre que había sido declarado inocente. Sabían que Pilato estaba procurando salvar la vida del preso, y ellos estaban resueltos a que Jesús no fuese libertado. Para agradarnos y satisfacernos, Pilato le ha azotado, pensaron, y si insistimos en obtener una decisión, conseguiremos seguramente nuestro fin.
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