Jueves 29 de Enero 2025
- 29 ene
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2 Samuel 21 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Venganza de los gabaonitas
1 Hubo hambre en los días de David por tres años consecutivos. Y David consultó a Jehová, y Jehová le dijo: Es por causa de Saúl, y por aquella casa de sangre, por cuanto mató a los gabaonitas. 2 Entonces el rey llamó a los gabaonitas, y les habló. (Los gabaonitas no eran de los hijos de Israel, sino del resto de los amorreos, a los cuales los hijos de Israel habían hecho juramento; pero Saúl había procurado matarlos en su celo por los hijos de Israel y de Judá.) 3 Dijo, pues, David a los gabaonitas: ¿Qué haré por vosotros, o qué satisfacción os daré, para que bendigáis la heredad de Jehová? 4 Y los gabaonitas le respondieron: No tenemos nosotros querella sobre plata ni sobre oro con Saúl y con su casa; ni queremos que muera hombre de Israel. Y él les dijo: Lo que vosotros dijereis, haré. 5 Ellos respondieron al rey: De aquel hombre que nos destruyó, y que maquinó contra nosotros para exterminarnos sin dejar nada de nosotros en todo el territorio de Israel, 6 dénsenos siete varones de sus hijos, para que los ahorquemos delante de Jehová en Gabaa de Saúl, el escogido de Jehová. Y el rey dijo: Yo los daré.
7 Y perdonó el rey a Mefi-boset hijo de Jonatán, hijo de Saúl, por el juramento de Jehová que hubo entre ellos, entre David y Jonatán hijo de Saúl. 8 Pero tomó el rey a dos hijos de Rizpa hija de Aja, los cuales ella había tenido de Saúl, Armoni y Mefi-boset, y a cinco hijos de Mical hija de Saúl, los cuales ella había tenido de Adriel hijo de Barzilai meholatita, 9 y los entregó en manos de los gabaonitas, y ellos los ahorcaron en el monte delante de Jehová; y así murieron juntos aquellos siete, los cuales fueron muertos en los primeros días de la siega, al comenzar la siega de la cebada.
10 Entonces Rizpa hija de Aja tomó una tela de cilicio y la tendió para sí sobre el peñasco, desde el principio de la siega hasta que llovió sobre ellos agua del cielo; y no dejó que ninguna ave del cielo se posase sobre ellos de día, ni fieras del campo de noche. 11 Y fue dicho a David lo que hacía Rizpa hija de Aja, concubina de Saúl. 12 Entonces David fue y tomó los huesos de Saúl y los huesos de Jonatán su hijo, de los hombres de Jabes de Galaad, que los habían hurtado de la plaza de Bet-sán, donde los habían colgado los filisteos, cuando los filisteos mataron a Saúl en Gilboa; 13 e hizo llevar de allí los huesos de Saúl y los huesos de Jonatán su hijo; y recogieron también los huesos de los ahorcados. 14 Y sepultaron los huesos de Saúl y los de su hijo Jonatán en tierra de Benjamín, en Zela, en el sepulcro de Cis su padre; e hicieron todo lo que el rey había mandado. Y Dios fue propicio a la tierra después de esto.
Abisai libra a David del gigante
15 Volvieron los filisteos a hacer la guerra a Israel, y descendió David y sus siervos con él, y pelearon con los filisteos; y David se cansó. 16 E Isbi-benob, uno de los descendientes de los gigantes, cuya lanza pesaba trescientos siclos de bronce, y quien estaba ceñido con una espada nueva, trató de matar a David; 17 mas Abisai hijo de Sarvia llegó en su ayuda, e hirió al filisteo y lo mató. Entonces los hombres de David le juraron, diciendo: Nunca más de aquí en adelante saldrás con nosotros a la batalla, no sea que apagues la lámpara de Israel.
Los hombres de David matan a los gigantes
(1 Cr. 20.4-8)
18 Otra segunda guerra hubo después en Gob contra los filisteos; entonces Sibecai husatita mató a Saf, quien era uno de los descendientes de los gigantes. 19 Hubo otra vez guerra en Gob contra los filisteos, en la cual Elhanán, hijo de Jaare-oregim de Belén, mató a Goliat geteo, el asta de cuya lanza era como el rodillo de un telar. 20 Después hubo otra guerra en Gat, donde había un hombre de gran estatura, el cual tenía doce dedos en las manos, y otros doce en los pies, veinticuatro por todos; y también era descendiente de los gigantes. 21 Este desafió a Israel, y lo mató Jonatán, hijo de Simea hermano de David. 22 Estos cuatro eran descendientes de los gigantes en Gat, los cuales cayeron por mano de David y por mano de sus siervos.
Comentario del Capitulo

Capítulo 59 El primer rey de Israel
Mientras Saúl iba por su camino, todo sucedió tal como lo había predicho el profeta. Cerca de la frontera de Benjamín, se le informó que los animales habían sido encontrados. En la llanura de Tabor, dio con tres hombres que iban a rendir culto a Dios a Betel. Uno de ellos llevaba tres cabritos para el sacrificio, el otro tres panes, y el tercero una vasija de vino para el festín del sacrificio. Saludaron a Saúl en la forma acostumbrada, y también le regalaron dos de los tres panes.
En Gabaa, su propia ciudad, un grupo de profetas bajaba del “alto” cantando alabanzas a Dios al son de la flauta y del arpa, del salterio y del adufe. Cuando Saúl se les acercó, el Espíritu del Señor se apoderó también de él; de modo que unió el suyo a sus cantos de alabanza y profetizó con ellos. Hablaba con tanta fluidez y sabiduría, y los acompañó con tanto fervor en su servicio, que los que le conocían exclamaron con asombro: “¿Qué ha sucedido al hijo de Cis? ¿Saúl también entre los profetas?”
Cuando Saúl se unió a los profetas en su culto, el Espíritu Santo realizó un gran cambio en él. La luz de la pureza y de la santidad divinas brilló sobre las tinieblas del corazón natural. Se vio a sí mismo como era delante de Dios. Vio la belleza de la santidad. Se le invitó entonces a principiar la guerra contra el pecado y contra Satanás, y se le hizo comprender que en este conflicto toda la fortaleza debía provenir de Dios. El plan de la salvación, que antes le había parecido nebuloso e incierto, fue entendido por él. El Señor lo dotó de valor y sabiduría para su elevado cargo. Le reveló la Fuente de fortaleza y gracia, e iluminó su entendimiento con respecto a las divinas exigencias y su propio deber.
La consagración de Saúl como rey no había sido comunicada a la nación. La elección de Dios debía manifestarse públicamente al echar suertes. Con este fin, Samuel convocó al pueblo en Mizpa. Se elevó una oración para pedir la dirección divina; y luego siguió la ceremonia solemne de echar suertes. La multitud congregada allí esperó en silencio el resultado. La tribu, la familia, y la casa fueron sucesivamente señaladas, y finalmente Saúl, el hijo de Cis, fue designado como el hombre escogido.
Pero Saúl no estaba en la congregación. Abrumado con el sentimiento de la gran responsabilidad que estaba a punto de recaer sobre él, se había retirado secretamente. Fue traído de nuevo a la congregación, que observó con orgullo y satisfacción su aspecto regio y porte noble, pues “desde el hombro arriba era más alto que el pueblo”. Aun Samuel, al presentarle ante la asamblea, exclamó: “¿Habéis visto al que ha elegido Jehová, que no hay semejante a él en todo el pueblo?” Y en respuesta la enorme multitud dio un grito largo y regocijado: “¡Viva el rey!”
Samuel presentó luego al pueblo “el derecho del reino”, y declaró los principios en que se fundaba el gobierno monárquico y por los cuales se había de regir. El rey no debía ser un monarca absoluto, sino que debía ejercer su poder en sujeción a la voluntad del Altísimo. Este discurso se escribió en un libro donde se asentaron las prerrogativas del príncipe y los derechos y privilegios del pueblo. Aunque la nación había menospreciado la advertencia de Samuel y el fiel profeta se había visto forzado a acceder a sus deseos, procuró en lo posible, salvaguardar sus libertades.
En tanto que la mayoría del pueblo estaba dispuesta a reconocer a Saúl como su rey, un partido grande se le oponía. Les parecía un agravio intolerable que el monarca se hubiera escogido de entre la tribu de Benjamín, la más pequeña de todas las de Israel, pasando por alto la tribu de Judá y la de Efraín, las más grandes y poderosas. Estas tribus se negaron a prometer fidelidad y obediencia a Saúl, y a traerle los regalos acostumbrados. Los que habían sido más exigentes en su demanda de un rey fueron los mismos que se negaron a aceptar con gratitud al hombre que Dios había designado. Los miembros de cada una de las facciones tenían su favorito, a quien deseaban ver en el trono, y entre los príncipes muchos habían deseado el honor para sí mismos. La envidia y los celos ardían en el corazón de muchos. Los esfuerzos del orgullo y de la ambición habían resultado en desengaño y descontento.
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