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Jueves 5 de Diciembre de 2024.

  • daniela0780
  • 5 dic 2024
  • 7 Min. de lectura

Romanos 11 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.



El remanente de Israel


11 Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera. Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín. 2 No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció. ¿O no sabéis qué dice de Elías la Escritura, cómo invoca a Dios contra Israel, diciendo: 3 Señor, a tus profetas han dado muerte, y tus altares han derribado; y sólo yo he quedado, y procuran matarme? 4 Pero ¿qué le dice la divina respuesta? Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baal. 5 Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. 6 Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra.


7 ¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos; 8 como está escrito: Dios les dio espíritu de estupor, ojos con que no vean y oídos con que no oigan, hasta el día de hoy. 9 Y David dice:


Sea vuelto su convite en trampa y en red,


En tropezadero y en retribución;


10 Sean oscurecidos sus ojos para que no vean,


Y agóbiales la espalda para siempre.


La salvación de los gentiles

11 Digo, pues: ¿Han tropezado los de Israel para que cayesen? En ninguna manera; pero por su transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarles a celos. 12 Y si su transgresión es la riqueza del mundo, y su defección la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración?


13 Porque a vosotros hablo, gentiles. Por cuanto yo soy apóstol a los gentiles, honro mi ministerio, 14 por si en alguna manera pueda provocar a celos a los de mi sangre, y hacer salvos a algunos de ellos. 15 Porque si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su admisión, sino vida de entre los muertos? 16 Si las primicias son santas, también lo es la masa restante; y si la raíz es santa, también lo son las ramas.


17 Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo, 18 no te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti. 19 Pues las ramas, dirás, fueron desgajadas para que yo fuese injertado. 20 Bien; por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme. 21 Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará. 22 Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado. 23 Y aun ellos, si no permanecieren en incredulidad, serán injertados, pues poderoso es Dios para volverlos a injertar. 24 Porque si tú fuiste cortado del que por naturaleza es olivo silvestre, y contra naturaleza fuiste injertado en el buen olivo, ¿cuánto más estos, que son las ramas naturales, serán injertados en su propio olivo?


La restauración de Israel

25 Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; 26 y luego todo Israel será salvo, como está escrito:


Vendrá de Sion el Libertador,


Que apartará de Jacob la impiedad.


27 Y este será mi pacto con ellos,


Cuando yo quite sus pecados.


28 Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres. 29 Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios. 30 Pues como vosotros también en otro tiempo erais desobedientes a Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia por la desobediencia de ellos, 31 así también estos ahora han sido desobedientes, para que por la misericordia concedida a vosotros, ellos también alcancen misericordia. 32 Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.


33 ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! 34 Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? 35 ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? 36 Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.


Comentario del Capitulo




Capítulo 78 El Calvario


Durante largas horas de agonía, el vilipendio y el escarnio habían herido los oídos de Jesús. Mientras pendía de la cruz, subía hacia él el ruido de las burlas y maldiciones. Con corazón anhelante, había escuchado para oír alguna expresión de fe de parte de sus discípulos. Había oído solamente las tristes palabras: “Esperábamos que él era el que había de redimir a Israel.” ¡Cuánto agradecimiento sintió entonces el Salvador por la expresión de fe y amor que oyó del ladrón moribundo! Mientras los dirigentes judíos le negaban y hasta sus discípulos dudaban de su divinidad, el pobre ladrón, en el umbral de la eternidad, llamó a Jesús, Señor. Muchos estaban dispuestos a llamarle Señor cuando realizaba milagros y después que hubo resucitado de la tumba; pero mientras pendía moribundo de la cruz, nadie le reconoció sino el ladrón arrepentido que se salvó a la undécima hora.


Los que estaban cerca de allí oyeron las palabras del ladrón cuando llamaba a Jesús, Señor. El tono del hombre arrepentido llamó su atención. Los que, al pie de la cruz, habían estado disputándose la ropa de Cristo y echando suertes sobre su túnica, se detuvieron a escuchar. Callaron las voces airadas, Con el aliento en suspenso, miraron a Cristo y esperaron la respuesta de aquellos labios moribundos.


Mientras pronunciaba las palabras de promesa, la obscura nube que parecía rodear la cruz fué atravesada por una luz viva y brillante. El ladrón arrepentido sintió la perfecta paz de la aceptación por Dios. En su humillación, Cristo fué glorificado. El que ante otros ojos parecía vencido, era el Vencedor. Fué reconocido como Expiador del pecado. Los hombres pueden ejercer poder sobre su cuerpo humano. Pueden herir sus santas sienes con la corona de espinas. Pueden despojarle de su vestidura y disputársela en el reparto. Pero no pueden quitarle su poder de perdonar pecados. Al morir, da testimonio de su propia divinidad, para la gloria del Padre. Su oído no se ha agravado al punto de no poder oír ni se ha acortado su brazo para no poder salvar. Es su derecho real salvar hasta lo sumo a todos los que por él se allegan a Dios.


De cierto te digo hoy: estarás conmigo en el paraíso. Cristo no prometió que el ladrón estaría en el paraíso ese día. El mismo no fué ese día al paraíso. Durmió en la tumba, y en la mañana de la resurrección dijo: “Aun no he subido a mi Padre.” Pero en el día de la crucifixión, el día de la derrota y tinieblas aparentes, formuló la promesa. “Hoy;” mientras moría en la cruz como malhechor, Cristo aseguró al pobre pecador: “Estarás conmigo en el paraíso.”


Los ladrones crucificados con Jesús estaban “uno a cada lado, y Jesús en medio.” Así se había dispuesto por indicación de los sacerdotes y príncipes. La posición de Cristo entre los ladrones debía indicar que era el mayor criminal de los tres. Así se cumplía el pasaje: “Fué contado con los perversos.” Pero los sacerdotes no podían ver el pleno significado de su acto. Como Jesús crucificado con los ladrones fué puesto “en medio,” así su cruz fué puesta en medio de un mundo que yacía en el pecado. Y las palabras de perdón dirigidas al ladrón arrepentido encendieron una luz que brillará hasta los más remotos confines de la tierra.


Con asombro, los ángeles contemplaron el amor infinito de Jesús, quien, sufriendo la más intensa agonía mental y corporal, pensó solamente en los demás y animó al alma penitente a creer. En su humillación, se había dirigido como profeta a las hijas de Jerusalén; como sacerdote y abogado, había intercedido con el Padre para que perdonase a sus homicidas; como Salvador amante, había perdonado los pecados del ladrón arrepentido.


Mientras la mirada de Jesús recorría la multitud que le rodeaba, una figura llamó su atención. Al pie de la cruz estaba su madre, sostenida por el discípulo Juan. Ella no podía permanecer lejos de su Hijo; y Juan, sabiendo que el fin se acercaba, la había traído de nuevo al lado de la cruz. En el momento de morir, Cristo recordó a su madre. Mirando su rostro pesaroso y luego a Juan, le dijo: “Mujer, he ahí tu hijo,” y luego a Juan: “He ahí tu madre.” Juan comprendió las palabras de Cristo y aceptó el cometido. Llevó a María a su casa, y desde esa hora la cuidó tiernamente. ¡Oh Salvador compasivo y amante! ¡En medio de todo su dolor físico y su angustia mental, tuvo un cuidado reflexivo para su madre! No tenía dinero con que proveer a su comodidad, pero estaba él entronizado en el corazón de Juan y le dió su madre como legado precioso. Así le proveyó lo que más necesitaba: la tierna simpatía de quien la amaba porque ella amaba a Jesús. Y al recibirla como un sagrado cometido, Juan recibía una gran bendición. Le recordaba constantemente a su amado Maestro.


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