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Lunes 22 de Septiembre de 2025.

  • daniela0780
  • 22 sept 2025
  • 6 Min. de lectura

Deuteronomio 6 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



El gran mandamiento

1 Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que Jehová vuestro Dios mandó que os enseñase, para que los pongáis por obra en la tierra a la cual pasáis vosotros para tomarla; 2 para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados. 3 Oye, pues, oh Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Dios de tus padres.


4 Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. 5 Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. 6 Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; 7 y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. 8 Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; 9 y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.


Exhortaciones a la obediencia

10 Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, 11 y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, 12 cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. 13 A Jehová tu Dios temerás, y a él sólo servirás, y por su nombre jurarás. 14 No andaréis en pos de dioses ajenos, de los dioses de los pueblos que están en vuestros contornos; 15 porque el Dios celoso, Jehová tu Dios, en medio de ti está; para que no se inflame el furor de Jehová tu Dios contra ti, y te destruya de sobre la tierra.


16 No tentaréis a Jehová vuestro Dios, como lo tentasteis en Masah. 17 Guardad cuidadosamente los mandamientos de Jehová vuestro Dios, y sus testimonios y sus estatutos que te ha mandado. 18 Y haz lo recto y bueno ante los ojos de Jehová, para que te vaya bien, y entres y poseas la buena tierra que Jehová juró a tus padres; 19 para que él arroje a tus enemigos de delante de ti, como Jehová ha dicho.


20 Mañana cuando te preguntare tu hijo, diciendo: ¿Qué significan los testimonios y estatutos y decretos que Jehová nuestro Dios os mandó? 21 entonces dirás a tu hijo: Nosotros éramos siervos de Faraón en Egipto, y Jehová nos sacó de Egipto con mano poderosa. 22 Jehová hizo señales y milagros grandes y terribles en Egipto, sobre Faraón y sobre toda su casa, delante de nuestros ojos; 23 y nos sacó de allá, para traernos y darnos la tierra que juró a nuestros padres. 24 Y nos mandó Jehová que cumplamos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová nuestro Dios, para que nos vaya bien todos los días, y para que nos conserve la vida, como hasta hoy. 25 Y tendremos justicia cuando cuidemos de poner por obra todos estos mandamientos delante de Jehová nuestro Dios, como él nos ha mandado.


Comentario del Capitulo




Capítulo 29 La enemistad de Satanás hacia la ley


Satanás empezó en seguida a tender sus lazos para seducir y destruir a este pueblo. Los hijos de Jacob fueron inducidos a contraer matrimonio con gentiles y a adorar sus ídolos. Pero José fue fiel a Dios, y su fidelidad fue un testimonio constante de la verdadera fe. Para apagar esta luz, Satanás trabajó mediante la envidia de los hermanos de José, quienes lo vendieron como esclavo a un pueblo pagano. Sin embargo, Dios dirigió los acontecimientos para que su luz fuera comunicada al pueblo egipcio. Tanto en la casa de Potifar como en la cárcel, José recibió una educación y un adiestramiento que, con el temor de Dios, lo prepararon para su alta posición como primer ministro de la nación. Desde el palacio del faraón, se sintió su influencia por todo el país, y por todas partes se divulgó el conocimiento de Dios. En Egipto los israelitas alcanzaron prosperidad y riqueza y, hasta donde fueron fieles a Dios, ejercieron una amplia influencia. Los sacerdotes idólatras se alarmaron al ver que la nueva religión ganaba favor. Satanás les inspiró su propia enemistad contra el Dios del cielo y se propusieron apagar aquella luz. Los sacerdotes eran los encargados de la educación del heredero del trono, y fue el espíritu de terca oposición a Dios y el celo por la idolatría lo que modeló el carácter del futuro monarca, y lo llevó a oprimir cruelmente a los hebreos.


Durante los cuarenta años que siguieron a la huida de Moisés de la tierra de Egipto, la idolatría pareció haber vencido en la lucha. Año tras año las esperanzas de los israelitas iban desfalleciendo. Tanto el rey como el pueblo se regocijaban de su poder y se burlaban del Dios de Israel. Este espíritu creció hasta llegar a su mayor exaltación en el faraón a quien enfrentó Moisés. Cuando el caudillo hebreo se presentó ante el rey con un mensaje de “Jehová, el Dios de Israel”, no fue su ignorancia acerca del Dios verdadero la que le sugirió la respuesta, sino que desafió el poder de Dios al responder: “¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz? Yo no conozco a Jehová”. Desde el principio hasta el fin, la oposición del faraón al mandato divino no fue resultado de la ignorancia, sino del odio y de un espíritu de desafío.


Aunque las egipcios habían rechazado durante tanto tiempo el conocimiento de Dios, el Señor todavía les ofreció la oportunidad de arrepentirse. En los días de José, Egipto había servido de asilo para Israel; Dios había sido honrado en la bondad mostrada a su pueblo; por lo tanto, el Paciente, tardo para la ira y lleno de compasión, dio a cada castigo tiempo para realizar su obra; los egipcios, maldecidos por las mismas cosas que adoraban, tuvieron evidencia del poder de Jehová, y todos los que quisieron, pudieron someterse a Dios y escapar a sus azotes. El fanatismo y la terquedad del rey dieron por resultado la divulgación del conocimiento de Dios y muchos egipcios, atraídos a él, se dedicaron a servirle.


Fue porque los israelitas estaban tan dispuestos a unirse con los paganos y a imitar su idolatría por lo que Dios les había permitido ir a Egipto, donde la influencia de José era grande y donde las circunstancias eran favorables para permanecer en calidad de pueblo diferente. Allí, además, la burda idolatría de los egipcios, y su crueldad y opresión durante la última parte de la estada de los hebreos entre ellos, debieron inspirar en los israelitas odio hacia la idolatría, y llevarlos a buscar refugio en el Dios de sus padres. Pero esas mismas circunstancias fueron convertidas por Satanás en instrumento para lograr sus fines, pues ofuscó la mente de los israelitas y los indujo a imitar las costumbres paganas. A causa de la supersticiosa veneración que los egipcios rendían a los animales, no se les permitió a los hebreos ofrecer sacrificios. Así sus pensamientos no fueron dirigidos al gran Sacrificio por medio de este culto, y su fe se debilitó.


Cuando llegó la hora de la liberación de Israel, Satanás se propuso resistir los propósitos de Dios. Se empeñó en que aquel gran pueblo, que contaba más de dos millones de personas, se mantuviera en la ignorancia y la superstición. Al pueblo a quien Dios había prometido bendecir y multiplicar, para hacerlo un poder sobre la tierra, y por cuyo medio iba a revelar el conocimiento de su voluntad, al pueblo que iba a ser el depositario de su ley, procuró Satanás mantenerlo en la oscuridad y la servidumbre, con el fin de borrar de su memoria el recuerdo de Dios.


Cuando se hicieron los milagros delante del rey, Satanás estuvo presente para contrarrestar la influencia que podrían ejercer, e impedir que el rey reconociera la soberanía de Dios y que obedeciera su mandato. Satanás trabajó hasta el límite de su poder para falsificar la obra de Dios y resistir la voluntad divina. Lo único que obtuvo fue preparar el camino para mayores manifestaciones del poder y de la gloria del Señor, y hacer aún más evidente la existencia y soberanía del Dios verdadero y viviente, tanto ante los israelitas como ante todo el pueblo egipcio.





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