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Lunes 8 de Diciembre de 2025.

  • daniela0780
  • 8 dic 2025
  • 7 Min. de lectura

Rut 4 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



Booz se casa con Rut

1 Booz subió a la puerta y se sentó allí; y he aquí pasaba aquel pariente de quien Booz había hablado, y le dijo: Eh, fulano, ven acá y siéntate. Y él vino y se sentó. 2 Entonces él tomó a diez varones de los ancianos de la ciudad, y dijo: Sentaos aquí. Y ellos se sentaron. 3 Luego dijo al pariente: Noemí, que ha vuelto del campo de Moab, vende una parte de las tierras que tuvo nuestro hermano Elimelec. 4 Y yo decidí hacértelo saber, y decirte que la compres en presencia de los que están aquí sentados, y de los ancianos de mi pueblo. Si tú quieres redimir, redime; y si no quieres redimir, decláramelo para que yo lo sepa; porque no hay otro que redima sino tú, y yo después de ti. Y él respondió: Yo redimiré.


5 Entonces replicó Booz: El mismo día que compres las tierras de mano de Noemí, debes tomar también a Rut la moabita, mujer del difunto, para que restaures el nombre del muerto sobre su posesión. 6 Y respondió el pariente: No puedo redimir para mí, no sea que dañe mi heredad. Redime tú, usando de mi derecho, porque yo no podré redimir.


7 Había ya desde hacía tiempo esta costumbre en Israel tocante a la redención y al contrato, que para la confirmación de cualquier negocio, el uno se quitaba el zapato y lo daba a su compañero; y esto servía de testimonio en Israel. 8 Entonces el pariente dijo a Booz: Tómalo tú. Y se quitó el zapato. 9 Y Booz dijo a los ancianos y a todo el pueblo: Vosotros sois testigos hoy, de que he adquirido de mano de Noemí todo lo que fue de Elimelec, y todo lo que fue de Quelión y de Mahlón. 10 Y que también tomo por mi mujer a Rut la moabita, mujer de Mahlón, para restaurar el nombre del difunto sobre su heredad, para que el nombre del muerto no se borre de entre sus hermanos y de la puerta de su lugar. Vosotros sois testigos hoy. 11 Y dijeron todos los del pueblo que estaban a la puerta con los ancianos: Testigos somos. Jehová haga a la mujer que entra en tu casa como a Raquel y a Lea, las cuales edificaron la casa de Israel; y tú seas ilustre en Efrata, y seas de renombre en Belén. 12 Y sea tu casa como la casa de Fares, el que Tamar dio a luz a Judá, por la descendencia que de esa joven te dé Jehová.


13 Booz, pues, tomó a Rut, y ella fue su mujer; y se llegó a ella, y Jehová le dio que concibiese y diese a luz un hijo. 14 Y las mujeres decían a Noemí: Loado sea Jehová, que hizo que no te faltase hoy pariente, cuyo nombre será celebrado en Israel; 15 el cual será restaurador de tu alma, y sustentará tu vejez; pues tu nuera, que te ama, lo ha dado a luz; y ella es de más valor para ti que siete hijos. 16 Y tomando Noemí el hijo, lo puso en su regazo, y fue su aya. 17 Y le dieron nombre las vecinas, diciendo: Le ha nacido un hijo a Noemí; y lo llamaron Obed. Este es padre de Isaí, padre de David.


18 Estas son las generaciones de Fares: Fares engendró a Hezrón, 19 Hezrón engendró a Ram, y Ram engendró a Aminadab, 20 Aminadab engendró a Naasón, y Naasón engendró a Salmón, 21 Salmón engendró a Booz, y Booz engendró a Obed, 22 Obed engendró a Isaí, e Isaí engendró a David.



Comentario del Capitulo




Capítulo 47-48 La alianza con los Gabaonitas


“Como a uno de vosotros trataréis al extranjero que habite entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo”. Levítico 19:33, 34. Con respecto a la pascua y al ofrecimiento de sacrificios se había ordenado: “Un mismo estatuto tendréis en la congregación para vosotros y para el extranjero que con vosotros vive, [...] igual que vosotros, así será el extranjero delante de Jehová”. Números 15:15.


Estas eran las condiciones en las cuales los gabaonitas podrían haber sido recibidos de no haber mediado el engaño al cual habían recurrido. Ser hechos leñadores y aguadores por todas las generaciones no era poca humillación para aquellos ciudadanos de una ciudad real, donde todos los hombres eran “valientes”. Pero habían adoptado el manto de la pobreza con fines de engaño, y les quedó como insignia de servidumbre perpetua. A través de todas las generaciones, esta servidumbre iba a atestiguar el aborrecimiento en que Dios tiene la mentira.


La sumisión de Gabaón a los israelitas desalentó a los reyes de Canaán. Tomaron inmediatamente medidas para vengarse de los que habían hecho la paz con los invasores. Bajo la dirección de Adonisedec, rey de Jerusalén, cinco de los reyes cananeos se confederaron contra Gabaón. Sus movimientos fueron rápidos. Los gabaonitas no estaban preparados para defenderse y enviaron un mensaje a Josué que estaba en Gilgal: “No niegues ayuda a tus siervos; sube rápidamente a defendernos y ayudarnos, porque todos los reyes amorreos que habitan en las montañas se han unido contra nosotros”. El peligro no solo amenazaba al pueblo de Gabaón, sino también a Israel. La ciudad dominaba los pasos que daban acceso al centro y al sur de Palestina, y había que conservarla si se quería conquistar el país.


Josué se preparó en seguida para acudir en auxilio de Gabaón. Los habitantes de la ciudad sitiada temían que a causa del fraude que habían cometido, Josué rechazara su pedido de ayuda. Pero en vista de que se habían sometido al dominio de Israel, y habían aceptado adorar a Dios, Josué se sintió obligado a protegerlos. No actuó esta vez sin consultar a Dios, y el Señor le alentó en la empresa. “No tengas temor -fue el mensaje divino-: porque yo los he entregado en tus manos, y ninguno de ellos prevalecerá delante de ti”. Así que “Josué subió desde Gilgal junto con toda la gente de guerra y con todos los hombres valientes”.


Marchando toda la noche, tuvo sus fuerzas frente a Gabaón por la mañana. Apenas habían colocado los príncipes aliados sus ejércitos alrededor de la ciudad cuando Josué cayó sobre ellos. El ataque resultó una derrota total para los sitiadores. El inmenso ejército invasor huyó ante Josué montaña arriba por el desfiladero de Bet-horón; y habiendo ganado las alturas, se precipitaron montaña abajo al otro lado. Allí estalló sobre ellos terrible tempestad de granizo. “Jehová arrojó sobre ellos desde el cielo grandes piedras. [...] Fueron más los que murieron por las piedras del granizo, que los que los hijos de Israel mataron a espada”.


Mientras los amorreos continuaban huyendo precipitadamente, procurando hallar refugio en las fortalezas de la montaña, Josué, mirando hacia abajo desde la altura, vio que el día iba a resultar corto para completar su obra. Si sus enemigos no quedaban completamente derrotados, se reunirían y reanudarían la lucha. “Entonces Josué habló a Jehová, [...] y dijo en presencia de los israelitas: “Sol, detente en Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ajalón”. Y el sol se detuvo, y la luna se paró, hasta que la gente se vengó de sus enemigos. [...] El sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día entero”.


Antes de que anocheciera, la promesa que Dios hizo a Josué se había cumplido. Todo el ejército enemigo había sido entregado en sus manos. Israel iba a recordar durante mucho tiempo los acontecimientos de aquel día. “No hubo un día como aquel, ni antes ni después de él, en que Jehová haya obedecido a la voz de un hombre, porque Jehová peleaba por Israel”. “El sol y la luna se detienen en su lugar, a la luz de tus saetas que cruzan, al resplandor de tu refulgente lanza. Con ira pisas la tierra, con furor pisoteas las naciones. Has salido para socorrer a tu pueblo”. Habacuc 3:11-13.


El Espíritu de Dios inspiró la oración de Josué, para que se manifestara otra vez el poder del Dios de Israel. Por consiguiente, la petición no evidenciaba presunción por parte del gran caudillo. Aunque Josué había recibido la promesa de que Dios derrocaría ciertamente a los enemigos de Israel, realizó un esfuerzo tan ardoroso como si el éxito de la empresa dependiera solamente de los ejércitos de Israel. Hizo todo lo que era posible para la energía humana, y luego pidió con fe la ayuda divina. El secreto del éxito estriba en la unión del poder divino con el esfuerzo humano. Los que logran los mayores resultados son los que confían más implícitamente en el Brazo todopoderoso. El hombre que exclamó: “Sol, detente en Gabaón, y tú, Luna, en el valle de Ajalón”, es el mismo que durante muchas horas permanecía postrado en tierra, en ferviente oración, en el campamento de Gilgal. Los hombres que oran son los hombres fuertes.


Este gran milagro atestigua que toda la creación está bajo el dominio del Creador. Satanás procura impedir a los hombres que vean la intervención divina en el mundo físico y quiere ocultarles la obra incansable de la gran Causa primera. Este milagro reprende a todos los que ensalzan a la naturaleza sobre el Dios de la naturaleza.



Por su propia voluntad, Dios convoca las fuerzas de la naturaleza y les ordena que exterminen el poderío de sus enemigos; “el fuego y el granizo, la nieve y el vapor, y el viento de tempestad que ejecuta su palabra”. Salmos 148:8. Cuando los paganos amorreos se empecinaron en su oposición a los propósitos de él, Dios intervino y lanzó “desde cielo grandes piedras” sobre los enemigos de Israel. Se nos dice que durante las escenas finales de la historia de este mundo, habrá una batalla más grande aún, cuando abrirá “Jehová su armería” y sacará “las armas de su indignación”. Pregunta: “¿Has penetrado tú hasta los depósitos de la nieve? ¿Has visto los depósitos del granizo, que tengo reservados para el tiempo de angustia, para el día de la guerra y de la batalla?” Jeremías 50:25 (VM); Job 38:22, 23.


El revelador describe la destrucción que se producirá cuando salga “una gran voz del santuario del cielo, desde el trono, que decía: “¡Ya está hecho!””. Dice él: “Del cielo cayó sobre los hombres un enorme granizo como del peso de un talento”. Apocalipsis 16:17, 21.







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