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Martes 15 de Julio de 2025.

  • daniela0780
  • 15 jul 2025
  • 6 Min. de lectura

Éxodo 40 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



Moisés erige el tabernáculo

1 Luego Jehová habló a Moisés, diciendo: 2 En el primer día del mes primero harás levantar el tabernáculo, el tabernáculo de reunión; 3 y pondrás en él el arca del testimonio, y la cubrirás con el velo. 4 Meterás la mesa y la pondrás en orden; meterás también el candelero y encenderás sus lámparas, 5 y pondrás el altar de oro para el incienso delante del arca del testimonio, y pondrás la cortina delante a la entrada del tabernáculo. 6 Después pondrás el altar del holocausto delante de la entrada del tabernáculo, del tabernáculo de reunión. 7 Luego pondrás la fuente entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás agua en ella. 8 Finalmente pondrás el atrio alrededor, y la cortina a la entrada del atrio. 9 Y tomarás el aceite de la unción y ungirás el tabernáculo, y todo lo que está en él; y lo santificarás con todos sus utensilios, y será santo. 10 Ungirás también el altar del holocausto y todos sus utensilios; y santificarás el altar, y será un altar santísimo. 11 Asimismo ungirás la fuente y su base, y la santificarás. 12 Y llevarás a Aarón y a sus hijos a la puerta del tabernáculo de reunión, y los lavarás con agua. 13 Y harás vestir a Aarón las vestiduras sagradas, y lo ungirás, y lo consagrarás, para que sea mi sacerdote. 14 Después harás que se acerquen sus hijos, y les vestirás las túnicas; 15 y los ungirás, como ungiste a su padre, y serán mis sacerdotes, y su unción les servirá por sacerdocio perpetuo, por sus generaciones. 16 Y Moisés hizo conforme a todo lo que Jehová le mandó; así lo hizo. 17 Así, en el día primero del primer mes, en el segundo año, el tabernáculo fue erigido. 18 Moisés hizo levantar el tabernáculo, y asentó sus basas, y colocó sus tablas, y puso sus barras, e hizo alzar sus columnas. 19 Levantó la tienda sobre el tabernáculo, y puso la sobrecubierta encima del mismo, como Jehová había mandado a Moisés. 20 Y tomó el testimonio y lo puso dentro del arca, y colocó las varas en el arca, y encima el propiciatorio sobre el arca. 21 Luego metió el arca en el tabernáculo, y puso el velo extendido, y ocultó el arca del testimonio, como Jehová había mandado a Moisés. 22 Puso la mesa en el tabernáculo de reunión, al lado norte de la cortina, fuera del velo, 23 y sobre ella puso por orden los panes delante de Jehová, como Jehová había mandado a Moisés. 24 Puso el candelero en el tabernáculo de reunión, enfrente de la mesa, al lado sur de la cortina, 25 y encendió las lámparas delante de Jehová, como Jehová había mandado a Moisés. 26 Puso también el altar de oro en el tabernáculo de reunión, delante del velo, 27 y quemó sobre él incienso aromático, como Jehová había mandado a Moisés. 28 Puso asimismo la cortina a la entrada del tabernáculo. 29 Y colocó el altar del holocausto a la entrada del tabernáculo, del tabernáculo de reunión, y sacrificó sobre él holocausto y ofrenda, como Jehová había mandado a Moisés. 30 Y puso la fuente entre el tabernáculo de reunión y el altar, y puso en ella agua para lavar. 31 Y Moisés y Aarón y sus hijos lavaban en ella sus manos y sus pies. 32 Cuando entraban en el tabernáculo de reunión, y cuando se acercaban al altar, se lavaban, como Jehová había mandado a Moisés. 33 Finalmente erigió el atrio alrededor del tabernáculo y del altar, y puso la cortina a la entrada del atrio. Así acabó Moisés la obra.


La nube sobre el tabernáculo

(Nm. 9.15-23)

34 Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo. 35 Y no podía Moisés entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él, y la gloria de Jehová lo llenaba. 36 Y cuando la nube se alzaba del tabernáculo, los hijos de Israel se movían en todas sus jornadas; 37 pero si la nube no se alzaba, no se movían hasta el día en que ella se alzaba. 38 Porque la nube de Jehová estaba de día sobre el tabernáculo, y el fuego estaba de noche sobre él, a vista de toda la casa de Israel, en todas sus jornadas.


Comentario del Capitulo




Capítulo 17 Huida y destierro de Jacob


“Se levantó Jacob de mañana, y tomando la piedra que había puesto de cabecera, la alzó por señal y derramó aceite encima de ella”. Siguiendo la costumbre de conmemorar los acontecimientos de importancia, Jacob levantó un monumento a la misericordia de Dios, para que siempre que pasara por aquel camino, pudiera detenerse en ese lugar sagrado para adorar al Señor. Y llamó aquel lugar Bet-el; o sea, “casa de Dios”. Con profunda gratitud repitió la promesa que le aseguraba que la presencia de Dios estaría con él; y luego hizo el solemne voto: “Si va Dios conmigo y me guarda en este viaje en que estoy, si me da pan para comer y vestido para vestir y si vuelvo en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios. Y esta piedra que he puesto por señal será casa de Dios; y de todo lo que me des, el diezmo apartaré para ti”. Génesis 28:20-22.


Jacob no estaba tratando de ponerle condiciones a Dios. El Señor ya le había prometido prosperidad, y este voto era la expresión de un corazón lleno de gratitud por la seguridad del amor y la misericordia de Dios. Jacob comprendía que Dios tenía sobre él derechos que estaba en el deber de reconocer, y que las señales especiales de la gracia divina que se le habían concedido, le exigían reciprocidad. Cada bendición que se nos concede demanda una respuesta hacia el Autor de todos los dones de la gracia. El cristiano ha de repasar muchas veces su vida pasada, y recordar con gratitud las preciosas obras que Dios ha realizado en su favor, sosteniéndole en la tentación, abriéndole caminos cuando todo parecía tinieblas y obstáculos, y dándole nuevas fuerzas cuando estaba por desmayar. Debe reconocer todo esto como pruebas de la protección de los ángeles celestiales. En vista de estas innumerables bendiciones debe preguntarse muchas veces con corazón humilde y agradecido: “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?” Salmos 116:12.


Nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestros bienes tienen que dedicarse en forma sagrada al que nos confió estas bendiciones. Cada vez que se realiza en nuestro favor una liberación especial, o recibimos nuevos e inesperados favores, debemos reconocer la bondad de Dios, expresando nuestra gratitud no solo en palabras, sino, como Jacob, mediante ofrendas y dones para su causa. Así como recibimos constantemente las bendiciones de Dios, también hemos de dar sin cesar.


“Y de todo lo que me des el diezmo apartaré para ti”. Nosotros que gozamos de la clara luz y de los privilegios del evangelio, ¿nos contentaremos con darle a Dios menos de lo que daban aquellos que vivieron en la dispensación anterior menos favorecida que la nuestra? De ninguna manera. A medida que aumentan las bendiciones de que gozamos, ¿no aumentan nuestras obligaciones, en forma correspondiente? Pero ¡cuán en poco las tenemos! ¡Cuán imposible es el esfuerzo de medir con reglas matemáticas lo que le debemos en tiempo, dinero y afecto, en respuesta a un amor tan inconmensurable y a una dádiva de valor tan inconcebible! ¡Los diezmos para Cristo! ¡Oh, mezquina limosna, pobre recompensa para lo que ha costado tanto! Desde la cruz del Calvario, Cristo nos pide una consagración sin reservas. Todo lo que tenemos y todo lo que somos, lo debemos dedicar a Dios.


Con nueva y duradera fe en las promesas divinas, y seguro de la presencia y la protección de los ángeles celestiales, prosiguió Jacob su jornada “a la tierra de los orientales”. Pero ¡qué diferencia entre su llegada y la del mensajero de Abraham, casi cien años antes! El servidor había venido con un séquito montado en camellos, y con ricos regalos de oro y plata; Jacob llegaba solo, con los pies lastimados, sin más posesión que su cayado. Como el siervo de Abraham, Jacob se detuvo cerca de un pozo, y allí conoció a Raquel, la hija menor de Labán. Ahora fue Jacob quien prestó sus servicios, quitando la piedra de la boca del pozo y dando de beber al ganado. Después de haber manifestado su parentesco, fue recibido en casa de Labán. Aunque llegó sin herencia ni acompañamiento, pocas semanas bastaron para mostrar el valor de su diligencia y capacidad, y se le exhortó a quedarse. Convinieron en que serviría a Labán siete años por la mano de Raquel.






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