Martes 17 de Marzo de 2026.
- 17 mar
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2 Reyes 22 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Reinado de Josías
(2 Cr. 34.1-2)
1 Cuando Josías comenzó a reinar era de ocho años, y reinó en Jerusalén treinta y un años. El nombre de su madre fue Jedida hija de Adaía, de Boscat. 2 E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse a derecha ni a izquierda.
Hallazgo del libro de la ley
(2 Cr. 34.8-33)
3 A los dieciocho años del rey Josías, envió el rey a Safán hijo de Azalía, hijo de Mesulam, escriba, a la casa de Jehová, diciendo: 4 Ve al sumo sacerdote Hilcías, y dile que recoja el dinero que han traído a la casa de Jehová, que han recogido del pueblo los guardianes de la puerta, 5 y que lo pongan en manos de los que hacen la obra, que tienen a su cargo el arreglo de la casa de Jehová, y que lo entreguen a los que hacen la obra de la casa de Jehová, para reparar las grietas de la casa; 6 a los carpinteros, maestros y albañiles, para comprar madera y piedra de cantería para reparar la casa; 7 y que no se les tome cuenta del dinero cuyo manejo se les confiare, porque ellos proceden con honradez.
8 Entonces dijo el sumo sacerdote Hilcías al escriba Safán: He hallado el libro de la ley en la casa de Jehová. E Hilcías dio el libro a Safán, y lo leyó. 9 Viniendo luego el escriba Safán al rey, dio cuenta al rey y dijo: Tus siervos han recogido el dinero que se halló en el templo, y lo han entregado en poder de los que hacen la obra, que tienen a su cargo el arreglo de la casa de Jehová. 10 Asimismo el escriba Safán declaró al rey, diciendo: El sacerdote Hilcías me ha dado un libro. Y lo leyó Safán delante del rey.
11 Y cuando el rey hubo oído las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestidos. 12 Luego el rey dio orden al sacerdote Hilcías, a Ahicam hijo de Safán, a Acbor hijo de Micaías, al escriba Safán y a Asaías siervo del rey, diciendo: 13 Id y preguntad a Jehová por mí, y por el pueblo, y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito.
14 Entonces fueron el sacerdote Hilcías, y Ahicam, Acbor, Safán y Asaías, a la profetisa Hulda, mujer de Salum hijo de Ticva, hijo de Harhas, guarda de las vestiduras, la cual moraba en Jerusalén en la segunda parte de la ciudad, y hablaron con ella. 15 Y ella les dijo: Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Decid al varón que os envió a mí: 16 Así dijo Jehová: He aquí yo traigo sobre este lugar, y sobre los que en él moran, todo el mal de que habla este libro que ha leído el rey de Judá; 17 por cuanto me dejaron a mí, y quemaron incienso a dioses ajenos, provocándome a ira con toda la obra de sus manos; mi ira se ha encendido contra este lugar, y no se apagará. 18 Mas al rey de Judá que os ha enviado para que preguntaseis a Jehová, diréis así: Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Por cuanto oíste las palabras del libro, 19 y tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová, cuando oíste lo que yo he pronunciado contra este lugar y contra sus moradores, que vendrán a ser asolados y malditos, y rasgaste tus vestidos, y lloraste en mi presencia, también yo te he oído, dice Jehová. 20 Por tanto, he aquí yo te recogeré con tus padres, y serás llevado a tu sepulcro en paz, y no verán tus ojos todo el mal que yo traigo sobre este lugar. Y ellos dieron al rey la respuesta.
Comentario del Capitulo

Capítulo68—David en Siclag
Cuando David había invadido el territorio de los amalecitas, había matado por la espada a todos los habitantes que cayeron en sus manos. Si no hubiera sido por el poder refrenador de Dios, los amalecitas habrían tomado represalias destruyendo a la gente de Siclag. Decidieron dejar con vida a los cautivos, para realzar más el honor de su triunfo con un gran número de prisioneros, pero pensaban venderlos después como esclavos. Así, sin quererlo, cumplieron los propósitos de Dios, guardando los prisioneros sin hacerles daño, para ser devueltos a sus maridos y a sus padres.
Todos los poderes terrenales están bajo el dominio del Ser Infinito. Al soberano más poderoso, al opresor más cruel, les dice: “Hasta aquí vendrás, y no pasarás adelante”. Job 38:11. El poder de Dios se ejerce constantemente para contrarrestar los agentes del mal. Trabaja continuamente entre los hombres, no para destruirlos, sino para corregirlos y preservarlos. Con gran regocijo, los vencedores regresaron a sus casas. Al llegar adonde estaban los compañeros que se habían quedado atrás, los más egoístas e indisciplinados de los cuatrocientos insistieron en que aquellos que no habían tomado parte en la batalla no debían compartir el botín; que era suficiente que recobraran a sus esposas e hijos. Pero David no quiso permitir tal arreglo. “No hagáis eso, hermanos míos, con lo que nos ha dado Jehová. [...] Porque conforme a la parte del que desciende a la batalla, así ha de ser la parte del que se queda con el bagaje; les tocará por igual”. Así se arregló el asunto, y llegó a ser desde entonces ordenanza de Israel que todo el que estuviera relacionado honorablemente con una campaña militar debía participar del botín igualmente con los que habían tomado parte activa en el combate.
Además de haber recuperado todo el botín que les había sido tomado en Siclag, David y sus compañeros habían capturado grandes rebaños y manadas que pertenecían a los amalecitas. Estos rebaños y manadas fueron llamados “presa de David”, y al regresar a Siclag, envió de este botín regalos a los ancianos de su propia tribu de Judá. En esta, distribución recordó a todos los que le habían tratado amistosamente a él y a sus compañeros cuando estaban en las montañas y se veían obligados a huir de lugar a lugar para proteger su vida. Así reconoció con agradecimiento la bondad y simpatía que tan preciosas habían sido para el fugitivo perseguido.
Había llegado el tercer día de la vuelta de David y de sus guerreros a Siclag. Mientras trabajaban para reparar las ruinas de sus hogares, esperaban ansiosamente las noticias del resultado de la batalla que, por lo que sabían, debía haberse librado entre Israel y los filisteos. De repente llegó al pueblo un mensajero, “vestidos rotos, y la cabeza cubieta de tierra”. Véase 2 Samuel 1:2-16. Fue llevado en seguida a la presencia de David, ante quien se postró con reverencia, reconociendo en él a un príncipe poderoso cuyo favor deseaba. David inquirió ansiosamente por el resultado de la batalla. El fugitivo le informó de la derrota y muerte de Saúl, y de la muerte de Jonatán. Pero no se conformó con relatar sencillamente los hechos. Suponiendo evidentemente que David debía sentir enemistad hacia su perseguidor implacable, el forastero creyó conseguir honor para sí mismo si se declaraba matador del rey. Con aire jactancioso el hombre prosiguió relatando que durante el curso de la batalla había encontrado al monarca de Israel herido, gravemente apremiado y acorralado por sus enemigos, y que, a pedido del propio Saúl, él mismo, es decir el mensajero, le había dado muerte; y traía a David la corona de la cabeza de Saúl y los brazaletes de oro de su brazo. El mensajero esperaba con toda confianza que estas noticias serían recibidas con regocijo, y que recibiría un premio cuantioso por la parte que había desempeñado.
Pero “entonces David, tirando de sus vestidos, los rasgó, y lo mismo hicieron los hombres que estaban con él. Lloraron, se lamentaron y ayunaron hasta la noche, por Saúl y por su hijo Jonatán, por el pueblo de Jehová y por la casa de Israel, pues habían caído al filo de la espada”.
Pasada la primera impresión de las terribles noticias, los pensamientos de David se volvieron al heraldo extranjero, y al crimen del que era culpable, según su propia declaración. El jefe preguntó al joven: “¿De dónde eres tú? “Soy hijo de un extranjero, amalecita”, respondió él. ¿Cómo no tuviste temor de extender tu mano para matar al ungido de Jehová?” Dos veces había tenido David a Saúl en su poder; pero cuando se le exhortó a que le diera muerte, se negó a levantar la mano contra el que había sido consagrado por orden de Dios para gobernar a Israel. No obstante, el amalecita no temía jactarse de haber dado muerte al rey de Israel. Se había acusado a sí mismo de un crimen digno de muerte, y la pena se ejecutó en seguida. David dijo: “Tu sangre sea sobre tu cabeza, pues tu misma boca atestiguó contra ti, al decir: “Yo maté al ungido de Jehová”.
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