Martes 19 de Agosto de 2025.
- daniela0780
- 19 ago 2025
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Números 8 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Aarón enciende las lámparas
1 Habló Jehová a Moisés, diciendo: 2 Habla a Aarón y dile: Cuando enciendas las lámparas, las siete lámparas alumbrarán hacia adelante del candelero. 3 Y Aarón lo hizo así; encendió hacia la parte anterior del candelero sus lámparas, como Jehová lo mandó a Moisés. 4 Y esta era la hechura del candelero, de oro labrado a martillo; desde su pie hasta sus flores era labrado a martillo; conforme al modelo que Jehová mostró a Moisés, así hizo el candelero.
Consagración de los levitas
5 También Jehová habló a Moisés, diciendo: 6 Toma a los levitas de entre los hijos de Israel, y haz expiación por ellos. 7 Así harás para expiación por ellos: Rocía sobre ellos el agua de la expiación, y haz pasar la navaja sobre todo su cuerpo, y lavarán sus vestidos, y serán purificados. 8 Luego tomarán un novillo, con su ofrenda de flor de harina amasada con aceite; y tomarás otro novillo para expiación. 9 Y harás que los levitas se acerquen delante del tabernáculo de reunión, y reunirás a toda la congregación de los hijos de Israel. 10 Y cuando hayas acercado a los levitas delante de Jehová, pondrán los hijos de Israel sus manos sobre los levitas; 11 y ofrecerá Aarón los levitas delante de Jehová en ofrenda de los hijos de Israel, y servirán en el ministerio de Jehová. 12 Y los levitas pondrán sus manos sobre las cabezas de los novillos; y ofrecerás el uno por expiación, y el otro en holocausto a Jehová, para hacer expiación por los levitas. 13 Y presentarás a los levitas delante de Aarón, y delante de sus hijos, y los ofrecerás en ofrenda a Jehová.
14 Así apartarás a los levitas de entre los hijos de Israel, y serán míos los levitas. 15 Después de eso vendrán los levitas a ministrar en el tabernáculo de reunión; serán purificados, y los ofrecerás en ofrenda. 16 Porque enteramente me son dedicados a mí los levitas de entre los hijos de Israel, en lugar de todo primer nacido; los he tomado para mí en lugar de los primogénitos de todos los hijos de Israel. 17 Porque mío es todo primogénito de entre los hijos de Israel, así de hombres como de animales; desde el día que yo herí a todo primogénito en la tierra de Egipto, los santifiqué para mí. 18 Y he tomado a los levitas en lugar de todos los primogénitos de los hijos de Israel. 19 Y yo he dado en don los levitas a Aarón y a sus hijos de entre los hijos de Israel, para que ejerzan el ministerio de los hijos de Israel en el tabernáculo de reunión, y reconcilien a los hijos de Israel; para que no haya plaga en los hijos de Israel, al acercarse los hijos de Israel al santuario.
20 Y Moisés y Aarón y toda la congregación de los hijos de Israel hicieron con los levitas conforme a todas las cosas que mandó Jehová a Moisés acerca de los levitas; así hicieron con ellos los hijos de Israel. 21 Y los levitas se purificaron, y lavaron sus vestidos; y Aarón los ofreció en ofrenda delante de Jehová, e hizo Aarón expiación por ellos para purificarlos. 22 Así vinieron después los levitas para ejercer su ministerio en el tabernáculo de reunión delante de Aarón y delante de sus hijos; de la manera que mandó Jehová a Moisés acerca de los levitas, así hicieron con ellos.
23 Luego habló Jehová a Moisés, diciendo: 24 Los levitas de veinticinco años arriba entrarán a ejercer su ministerio en el servicio del tabernáculo de reunión. 25 Pero desde los cincuenta años cesarán de ejercer su ministerio, y nunca más lo ejercerán. 26 Servirán con sus hermanos en el tabernáculo de reunión, para hacer la guardia, pero no servirán en el ministerio. Así harás con los levitas en cuanto a su ministerio.
Comentario del Capitulo

Capítulo 23 Las plagas de Egipto
El Señor le indicó a Moisés que volviera ante el pueblo y le repitiera la promesa de la liberación, con nuevas garantías del favor divino. Hizo lo que se le mandó; pero ellos no quisieron prestarle atención. Dice la Escritura: “Pero ellos no escuchaban [...], debido al desaliento que los embargaba a causa de la dura servidumbre”. De nuevo llegó el mensaje divino a Moisés: “Entra y dile al faraón, rey de Egipto, que deje ir de su tierra a los hijos de Israel”. Desalentado contestó: “Los hijos de Israel no me escuchan, ¿cómo me escuchará el faraón?”. Se le dijo que llevara a Aarón consigo, y que se presentara ante el faraón, para pedir otra vez “que deje ir de su tierra a los hijos de Israel”.
Se le dijo que el monarca no cedería hasta que Dios visitara con sus juicios a Egipto y sacara a Israel mediante una poderosa manifestación de su poder. Antes de enviar cada plaga, Moisés había de describir su naturaleza y sus efectos, para que el rey se salvara de ella si quería. Todo castigo despreciado sería seguido de uno más severo, hasta que su orgulloso corazón se humillara, y reconociera al Creador del cielo y de la tierra como el Dios verdadero y viviente. El Señor iba a dar a los egipcios la oportunidad de ver cuán vana era la sabiduría de sus hombres fuertes, cuán débil el poder de sus dioses, que se oponían a los mandamientos de Jehová. Castigaría al pueblo egipcio por su idolatría, y anularía las supuestas bendiciones que decían recibir de sus dioses inanimados. Dios glorificaría su propio nombre para que otras naciones oyeran de su poder y temblaran ante sus prodigios, y para que su pueblo se apartara de la idolatría y le tributara verdadera adoración.
Otra vez Moisés y Aarón entraron en los señoriales salones del rey de Egipto. Allí, rodeados de altas columnas y relucientes adornos, de bellas pinturas y esculturas de los dioses paganos, ante el monarca del reino más poderoso de aquel entonces, estaban de pie los dos representantes de la raza esclavizada, con el objeto de repetir el mandato de Dios que requería que Israel fuera librado. El rey exigió un milagro, como evidencia de su divina comisión. Moisés y Aarón habían sido instruidos acerca de cómo proceder en caso de que se hiciera semejante demanda, de manera que Aarón tomó la vara y la arrojó al suelo ante el faraón. Ella se convirtió en serpiente. El monarca hizo llamar a sus “sabios y hechiceros”, y “cada uno echó su vara, las cuales se volvieron culebras; pero la vara de Aarón devoró las varas de ellos”. Entonces el rey, más decidido que antes, declaró que sus magos eran iguales en poder a Moisés y Aarón; denuncio a los siervos del Señor como impostores, y se sintió seguro al resistir sus demandas. Sin embargo, aunque menospreció su mensaje, el poder divino le impidió hacerles daño.
Fue la mano de Dios, y no la influencia ni el poder de origen humano que poseyeran Moisés y Aarón, lo que obró los milagros hechos ante el faraón. Aquellas señales y maravillas tenían el propósito de convencer al faraón de que el gran “Yo SOY” había enviado a Moisés, y que era deber del rey permitir a Israel que saliera para servir al Dios viviente. Los magos también hicieron señales y maravillas; pues no actuaban por su propia habilidad solamente, sino mediante el poder de su dios, Satanás, quien les ayudaba a falsificar la obra de Jehová.
Los magos no convirtieron sus varas en verdaderas serpientes; ayudados por el gran engañador, produjeron esa apariencia mediante la magia. Estaba más allá del poder de Satanás cambiar las varas en serpientes vivas. El príncipe del mal, aunque posee toda la sabiduría y el poder de un ángel caído, no puede crear o dar vida; esta prerrogativa pertenece únicamente a Dios. Pero Satanás hizo todo lo que estaba a su alcance. Produjo una falsificación. Para la vista humana las varas se convirtieron en serpientes. Así lo creyeron el faraón y su corte. Nada había en su apariencia que las diferenciara de la serpiente producida por Moisés. Aunque el Señor hizo que la serpiente verdadera se tragara a las falsas, el faraón no lo consideró como obra del poder de Dios, sino como resultado de una magia superior a la de sus siervos.
El faraón deseaba justificar la terquedad que manifestaba al resistirse al mandato divino, y buscó algún pretexto para menospreciar los milagros que Dios había hecho por medio de Moisés. Satanás le dio exactamente lo que quería. Mediante la obra que realizó por intermedio de los magos, hizo aparecer ante los egipcios a Moisés y Aarón como simples magos y hechiceros, y dio así a entender que su demanda no merecía el debido respeto al mensaje de un ser superior. De esta manera la falsificación satánica logró su propósito; envalentonó a los egipcios en su rebelión y provocó el endurecimiento del corazón de el faraón contra la convicción del Espíritu Santo. Satanás también esperaba turbar la fe de Moisés y de Aarón en el origen divino de su misión, a fin de que sus propios instrumentos prevaleciesen. No quería que los hijos de Israel fueran libertados de su servidumbre, para servir al Dios viviente.
Pero el príncipe del mal tenía todavía un objeto más profundo al hacer sus maravillas por medio de los magos. Él sabía muy bien que Moisés, al romper el yugo de la servidumbre de los hijos de Israel, prefiguraba a Cristo, quien había de quitar el yugo del pecado de sobre la familia humana. Sabía que cuando Cristo apareciera, haría grandes milagros para mostrar al mundo que Dios lo había enviado. Satanás tembló por su poder. Falsificando la obra que Dios hacía por medio de Moisés, esperaba no tan solo impedir la liberación de Israel, sino ejercer además una influencia que a través de las edades venideras destruiría la fe en los milagros de Cristo. Satanás trata constantemente de falsificar la obra de Jesús, para establecer su propio poder y sus pretensiones. Induce a los hombres a explicar los milagros de Cristo como si fueran resultado de la capacidad y del poder humanos. De esa manera destruye en muchas mentes la fe en Cristo como Hijo de Dios, y las lleva a rechazar los bondadosos ofrecimientos de misericordia hechos mediante el plan de redención.
A Moisés y Aarón se les indicó que a la mañana siguiente se dirigieran a la ribera del río, adonde solía ir el rey. Como las crecientes del Nilo eran la fuente del alimento y la riqueza de todo Egipto, se adoraba a este río como a un dios, y el monarca iba allá diariamente a cumplir sus devociones. En ese lugar los dos hermanos le repitieron su mensaje, y después, alargando la vara, hirieron el agua. La sagrada corriente se convirtió en sangre, los peces murieron, y el río se tornó hediondo. El agua que estaba en las casas, y la provisión que se guardaba en las cisternas también se transformó en sangre. Pero “los encantadores de Egipto hicieron lo mismo”. “El faraón se volvió y regresó a su casa, sin prestar atención tampoco a esto”. La plaga duró siete días, pero sin efecto alguno.
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