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Martes 2 de Diciembre de 2025.

  • daniela0780
  • 2 dic 2025
  • 7 Min. de lectura

Jueces 19 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



El levita y su concubina

1 En aquellos días, cuando no había rey en Israel, hubo un levita que moraba como forastero en la parte más remota del monte de Efraín, el cual había tomado para sí mujer concubina de Belén de Judá. 2 Y su concubina le fue infiel, y se fue de él a casa de su padre, a Belén de Judá, y estuvo allá durante cuatro meses. 3 Y se levantó su marido y la siguió, para hablarle amorosamente y hacerla volver; y llevaba consigo un criado, y un par de asnos; y ella le hizo entrar en la casa de su padre. 4 Y viéndole el padre de la joven, salió a recibirle gozoso; y le detuvo su suegro, el padre de la joven, y quedó en su casa tres días, comiendo y bebiendo y alojándose allí. 5 Al cuarto día, cuando se levantaron de mañana, se levantó también el levita para irse; y el padre de la joven dijo a su yerno: Conforta tu corazón con un bocado de pan, y después os iréis. 6 Y se sentaron ellos dos juntos, y comieron y bebieron. Y el padre de la joven dijo al varón: Yo te ruego que quieras pasar aquí la noche, y se alegrará tu corazón. 7 Y se levantó el varón para irse, pero insistió su suegro, y volvió a pasar allí la noche. 8 Al quinto día, levantándose de mañana para irse, le dijo el padre de la joven: Conforta ahora tu corazón, y aguarda hasta que decline el día. Y comieron ambos juntos. 9 Luego se levantó el varón para irse, él y su concubina y su criado. Entonces su suegro, el padre de la joven, le dijo: He aquí ya el día declina para anochecer, te ruego que paséis aquí la noche; he aquí que el día se acaba, duerme aquí, para que se alegre tu corazón; y mañana os levantaréis temprano a vuestro camino y te irás a tu casa.


10 Mas el hombre no quiso pasar allí la noche, sino que se levantó y se fue, y llegó hasta enfrente de Jebús, que es Jerusalén, con su par de asnos ensillados, y su concubina. 11 Y estando ya junto a Jebús, el día había declinado mucho; y dijo el criado a su señor: Ven ahora, y vámonos a esta ciudad de los jebuseos, para que pasemos en ella la noche. 12 Y su señor le respondió: No iremos a ninguna ciudad de extranjeros, que no sea de los hijos de Israel, sino que pasaremos hasta Gabaa. Y dijo a su criado: 13 Ven, sigamos hasta uno de esos lugares, para pasar la noche en Gabaa o en Ramá. 14 Pasando, pues, caminaron, y se les puso el sol junto a Gabaa que era de Benjamín. 15 Y se apartaron del camino para entrar a pasar allí la noche en Gabaa; y entrando, se sentaron en la plaza de la ciudad, porque no hubo quien los acogiese en casa para pasar la noche.


16 Y he aquí un hombre viejo que venía de su trabajo del campo al anochecer, el cual era del monte de Efraín, y moraba como forastero en Gabaa; pero los moradores de aquel lugar eran hijos de Benjamín. 17 Y alzando el viejo los ojos, vio a aquel caminante en la plaza de la ciudad, y le dijo: ¿A dónde vas, y de dónde vienes? 18 Y él respondió: Pasamos de Belén de Judá a la parte más remota del monte de Efraín, de donde soy; y había ido a Belén de Judá; mas ahora voy a la casa de Jehová, y no hay quien me reciba en casa. 19 Nosotros tenemos paja y forraje para nuestros asnos, y también tenemos pan y vino para mí y para tu sierva, y para el criado que está con tu siervo; no nos hace falta nada. 20 Y el hombre anciano dijo: Paz sea contigo; tu necesidad toda quede solamente a mi cargo, con tal que no pases la noche en la plaza. 21 Y los trajo a su casa, y dio de comer a sus asnos; y se lavaron los pies, y comieron y bebieron.


22 Pero cuando estaban gozosos, he aquí que los hombres de aquella ciudad, hombres perversos, rodearon la casa, golpeando a la puerta; y hablaron al anciano, dueño de la casa, diciendo: Saca al hombre que ha entrado en tu casa, para que lo conozcamos. 23 Y salió a ellos el dueño de la casa y les dijo: No, hermanos míos, os ruego que no cometáis este mal; ya que este hombre ha entrado en mi casa, no hagáis esta maldad. 24 He aquí mi hija virgen, y la concubina de él; yo os las sacaré ahora; humilladlas y haced con ellas como os parezca, y no hagáis a este hombre cosa tan infame. 25 Mas aquellos hombres no le quisieron oír; por lo que tomando aquel hombre a su concubina, la sacó; y entraron a ella, y abusaron de ella toda la noche hasta la mañana, y la dejaron cuando apuntaba el alba. 26 Y cuando ya amanecía, vino la mujer, y cayó delante de la puerta de la casa de aquel hombre donde su señor estaba, hasta que fue de día.


27 Y se levantó por la mañana su señor, y abrió las puertas de la casa, y salió para seguir su camino; y he aquí la mujer su concubina estaba tendida delante de la puerta de la casa, con las manos sobre el umbral. 28 Él le dijo: Levántate, y vámonos; pero ella no respondió. Entonces la levantó el varón, y echándola sobre su asno, se levantó y se fue a su lugar. 29 Y llegando a su casa, tomó un cuchillo, y echó mano de su concubina, y la partió por sus huesos en doce partes, y la envió por todo el territorio de Israel. 30 Y todo el que veía aquello, decía: Jamás se ha hecho ni visto tal cosa, desde el tiempo en que los hijos de Israel subieron de la tierra de Egipto hasta hoy. Considerad esto, tomad consejo, y hablad.


Comentario del Capitulo




Capítulo 45-46 La caída de Jericó


Dios hará cosas maravillosas por los que confían en él. El motivo porque los que profesan ser sus hijos no tienen más fuerza consiste en que confían demasiado en su propia sabiduría, y no le dan al Señor la oportunidad de revelar su poder en favor de ellos. Él ayudará a sus hijos creyentes en toda emergencia, si ponen toda su confianza en él y le obedecen fielmente.


Poco después de la caída de Jericó, Josué decidió atacar a Hai, ciudad pequeña situada entre las hondonadas a pocos kilómetros al oeste del valle del Jordán. Los espías que se enviaron a este sitio trajeron el informe de que los habitantes eran pocos, y que bastaría una pequeña cantidad de hombre para conquistarla.


La gran victoria que Dios había ganado por ellos había llenado de confianza propia a los israelitas. Por el hecho de que les había prometido la tierra de Canaán, se sentían seguros y perdieron de vista que solo la divina ayuda podía darles éxito. Aun Josué hizo sus planes para la conquista de Hai sin pedir el consejo de Dios.


Los israelitas habían comenzado a ensalzar su propia fuerza y a mirar despectivamente a sus enemigos. Esperaban obtener la victoria con facilidad, y creyeron que bastarían tres mil hombres para tomar el lugar. Estos se precipitaron al ataque sin tener la seguridad de que Dios estaría con ellos. Avanzaron hasta muy cerca de las puertas de la ciudad, tan solo para encontrarse con la más resuelta resistencia. Dominados por el pánico que les infundieron el crecido número y la preparación esmerada de sus enemigos, huyeron confusamente por la escarpada bajada. Los cananeos los persiguieron vivamente; “y los persiguieron desde la puerta, [...] y los derrotaron en la bajada”. Aunque la pérdida fue pequeña en cuanto al número de hombres, pues solo treinta y seis hombres perecieron, la derrota descorazonó a toda la congregación. “por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y se volvió como agua”. Era la primera vez que se habían encontrado con los cananeos en batalla campal, y si habían huido ante los defensores de esa ciudad pequeña, ¿cuál sería el resultado de las grandes batallas que les esperaban? Josué consideró su fracaso como una expresión del desagrado de Dios, y con angustia y aprensión “rompió sus vestidos y se postró en tierra sobre su rostro delante del Arca de Jehová hasta caer la tarde, junto con los ancianos de Israel, y se echaron polvo sobre sus cabezas”.


“¡Ah, Señor Jehová! -exclamaba- ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en manos de los amorreos y que nos destruyan? [...]. Ay, Señor! ¿Qué diré, ahora que Israel le ha vuelto la espalda a sus enemigos? Porque los cananeos y todos los habitantes de la tierra se enterarán, nos rodearán y borrarán nuestro nombre de encima de la tierra. ¿Qué harás tú entonces por tu gran nombre?”


La contestación que recibió de Jehová fue: “¡Levántate! ¿Por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha [...] quebrantado mi pacto que yo les había mandado”. El momento requería medidas rápidas y resueltas, y no desesperación y lamentos. Había un pecado secreto en el campamento, y era preciso buscarlo y eliminarlo antes que la presencia y la bendición del Señor pudieran acompañar a su pueblo. “No estaré más con vosotros, si no hacéis desaparecer el anatema de en medio de vosotros”.


Uno de los designados para ejecutar los juicios de Dios había desobedecido su mandamiento y toda la nación era responsable de la culpa del transgresor: “Pues aun han tomado algo del anatema, y hasta lo han robado, han mentido”. Se le indicó a Josué cómo había de descubrir y castigar al criminal. Este se había de determinar por medio de la suerte. No se indicó directamente al pecador, sino que el asunto permaneció en duda por algún tiempo, a fin de que el pueblo se percatase de su responsabilidad por los pecados que existían en su medio, y se sintiese inducido a escudriñar sus corazones y a humillarse delante de Dios.








Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.







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