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Martes 2 de Junio de 2026.

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Esdras 9 (RVR1960) Profetas y Reyes



Oración de confesión de Esdras

1 Acabadas estas cosas, los príncipes vinieron a mí, diciendo: El pueblo de Israel y los sacerdotes y levitas no se han separado de los pueblos de las tierras, de los cananeos, heteos, ferezeos, jebuseos, amonitas, moabitas, egipcios y amorreos, y hacen conforme a sus abominaciones. 2 Porque han tomado de las hijas de ellos para sí y para sus hijos, y el linaje santo ha sido mezclado con los pueblos de las tierras; y la mano de los príncipes y de los gobernadores ha sido la primera en cometer este pecado. 3 Cuando oí esto, rasgué mi vestido y mi manto, y arranqué pelo de mi cabeza y de mi barba, y me senté angustiado en extremo. 4 Y se me juntaron todos los que temían las palabras del Dios de Israel, a causa de la prevaricación de los del cautiverio; mas yo estuve muy angustiado hasta la hora del sacrificio de la tarde. 5 Y a la hora del sacrificio de la tarde me levanté de mi aflicción, y habiendo rasgado mi vestido y mi manto, me postré de rodillas, y extendí mis manos a Jehová mi Dios, 6 y dije:


Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo. 7 Desde los días de nuestros padres hasta este día hemos vivido en gran pecado; y por nuestras iniquidades nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes hemos sido entregados en manos de los reyes de las tierras, a espada, a cautiverio, a robo, y a vergüenza que cubre nuestro rostro, como hoy día. 8 Y ahora por un breve momento ha habido misericordia de parte de Jehová nuestro Dios, para hacer que nos quedase un remanente libre, y para darnos un lugar seguro en su santuario, a fin de alumbrar nuestro Dios nuestros ojos y darnos un poco de vida en nuestra servidumbre. 9 Porque siervos somos; mas en nuestra servidumbre no nos ha desamparado nuestro Dios, sino que inclinó sobre nosotros su misericordia delante de los reyes de Persia, para que se nos diese vida para levantar la casa de nuestro Dios y restaurar sus ruinas, y darnos protección en Judá y en Jerusalén.


10 Pero ahora, ¿qué diremos, oh Dios nuestro, después de esto? Porque nosotros hemos dejado tus mandamientos, 11 que prescribiste por medio de tus siervos los profetas, diciendo: La tierra a la cual entráis para poseerla, tierra inmunda es a causa de la inmundicia de los pueblos de aquellas regiones, por las abominaciones de que la han llenado de uno a otro extremo con su inmundicia. 12 Ahora, pues, no daréis vuestras hijas a los hijos de ellos, ni sus hijas tomaréis para vuestros hijos, ni procuraréis jamás su paz ni su prosperidad; para que seáis fuertes y comáis el bien de la tierra, y la dejéis por heredad a vuestros hijos para siempre. 13 Mas después de todo lo que nos ha sobrevenido a causa de nuestras malas obras, y a causa de nuestro gran pecado, ya que tú, Dios nuestro, no nos has castigado de acuerdo con nuestras iniquidades, y nos diste un remanente como este, 14 ¿hemos de volver a infringir tus mandamientos, y a emparentar con pueblos que cometen estas abominaciones? ¿No te indignarías contra nosotros hasta consumirnos, sin que quedara remanente ni quien escape? 15 Oh Jehová Dios de Israel, tú eres justo, puesto que hemos quedado un remanente que ha escapado, como en este día. Henos aquí delante de ti en nuestros delitos; porque no es posible estar en tu presencia a causa de esto.



Comentario del Capitulo





Capítulo 10—Una severa reprensión


Había transcurrido más o menos un siglo desde que, bajo el gobierno del rey David, Israel había unido gozosamente sus voces para elevar himnos de alabanza al Altísimo en reconocimiento de la forma absoluta en que dependía de Dios por sus mercedes diarias. Podemos escuchar sus palabras de adoración mientras cantaban:


“Oh Dios de nuestra salud, ...

Tú haces alegrar las salidas de la mañana y de la tarde.

Visitas la tierra, y la riegas:

En gran manera la enriqueces

Con el río de Dios, lleno de aguas.

Preparas el grano de ellos, cuando así la dispones.

Haces se empapen sus surcos,

Haces descender sus canales:

Ablándasla con lluvias,

Bendices sus renuevos.

Tú coronas el año de tus bienes;

Y tus nubes destilan grosura.

Destilan sobre las estancias del desierto;

Y los collados se ciñen de alegría.

Vístense los llanos de manadas, Y los valles se cubren de grano:

Dan voces de júbilo, y aun cantan.” Salmos 65:5, 8-13.


Israel había reconocido entonces a Dios como el que “fundó la tierra sobre sus basas.” Al expresar su fe había elevado este canto:


“Con el abismo, como con vestido, la cubriste;

Sobre los montes estaban las aguas.

A tu reprensión huyeron;

Al sonido de tu trueno se apresuraron;

Subieron los montes, descendieron los valles,

Al lugar que tú les fundaste.

Pusísteles término, el cual no traspasarán;

Ni volverán a cubrir la tierra.” Salmos 104:5-9.


Es el gran poder del ser Infinito el que mantiene dentro de sus límites los elementos de la naturaleza en la tierra, el mar y el cielo. Y él usa estos elementos para dar felicidad a sus criaturas. Emplea liberalmente “su buen depósito, el cielo, para dar lluvia” a la “tierra en su tiempo, y para bendecir toda obra” de las manos de los hombres. Deuteronomio 28:12.


“Tú eres el que envías las fuentes por los arroyos;

Van entre los montes.

Abrevan a todas las bestias del campo:

Quebrantan su sed los asnos montaraces.

Junto a aquéllos habitarán las aves de los cielos;

Entre las ramas dan voces...

El que hace producir el heno para las bestias,

Y la hierba para el servicio del hombre;

Sacando el pan de la tierra.

Y el vino que alegra el corazón del hombre,

Y el aceite que hace lucir el rostro,

Y el pan que sustenta el corazón del hombre...


“¡Cuán muchas son tus obras, oh Jehová!

Hiciste todas ellas con sabiduría:

La tierra está llena de tus beneficios.

Asimismo esta gran mar y ancha de términos:

En ella pescados sin número,

Animales pequeños y grandes...

Todos ellos esperan en ti, Para que les des su comida a su tiempo.

Les das, recogen;

Abres tu mano, hártanse de bien.” Salmos 104:10-15, 24-28.









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