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Martes 25 de Noviembre de 2025.

  • daniela0780
  • 25 nov 2025
  • 5 Min. de lectura

Jueces 12 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



1 Entonces se reunieron los varones de Efraín, y pasaron hacia el norte, y dijeron a Jefté: ¿Por qué fuiste a hacer guerra contra los hijos de Amón, y no nos llamaste para que fuéramos contigo? Nosotros quemaremos tu casa contigo. 2 Y Jefté les respondió: Yo y mi pueblo teníamos una gran contienda con los hijos de Amón, y os llamé, y no me defendisteis de su mano. 3 Viendo, pues, que no me defendíais, arriesgué mi vida, y pasé contra los hijos de Amón, y Jehová me los entregó; ¿por qué, pues, habéis subido hoy contra mí para pelear conmigo? 4 Entonces reunió Jefté a todos los varones de Galaad, y peleó contra Efraín; y los de Galaad derrotaron a Efraín, porque habían dicho: Vosotros sois fugitivos de Efraín, vosotros los galaaditas, en medio de Efraín y de Manasés. 5 Y los galaaditas tomaron los vados del Jordán a los de Efraín; y aconteció que cuando decían los fugitivos de Efraín: Quiero pasar, los de Galaad les preguntaban: ¿Eres tú efrateo? Si él respondía: No, 6 entonces le decían: Ahora, pues, di Shibolet. Y él decía Sibolet; porque no podía pronunciarlo correctamente. Entonces le echaban mano, y le degollaban junto a los vados del Jordán. Y murieron entonces de los de Efraín cuarenta y dos mil. 7 Y Jefté juzgó a Israel seis años; y murió Jefté galaadita, y fue sepultado en una de las ciudades de Galaad.


Ibzán, Elón y Abdón, jueces de Israel

8 Después de él juzgó a Israel Ibzán de Belén, 9 el cual tuvo treinta hijos y treinta hijas, las cuales casó fuera, y tomó de fuera treinta hijas para sus hijos; y juzgó a Israel siete años. 10 Y murió Ibzán, y fue sepultado en Belén. 11 Después de él juzgó a Israel Elón zabulonita, el cual juzgó a Israel diez años. 12 Y murió Elón zabulonita, y fue sepultado en Ajalón en la tierra de Zabulón. 13 Después de él juzgó a Israel Abdón hijo de Hilel, piratonita. 14 Este tuvo cuarenta hijos y treinta nietos, que cabalgaban sobre setenta asnos; y juzgó a Israel ocho años. 15 Y murió Abdón hijo de Hilel piratonita, y fue sepultado en Piratón, en la tierra de Efraín, en el monte de Amalec.


Comentario del Capitulo




Capítulo 43-44 La muerte de Moisés


Mientras repasaba lo que había experimentado como jefe del pueblo de Dios, veía que un solo acto malo manchaba su foja de servicios. Sentía que si tan solo se pudiera borrar esa transgresión, ya no rehuiría la muerte. Se le aseguró que todo lo que Dios pedía era arrepentimiento y fe en el sacrificio prometido, y nuevamente Moisés confesó su pecado e imploró perdón en el nombre de Jesús.


Se le presentó luego una visión panorámica de la tierra prometida. Cada parte del país quedó desplegada ante sus ojos, no en realce débil e incierto en la vaga lejanía, sino en lineamientos claros y bellos que se destacaban ante sus ojos encantados. En esta escena se le presentó esa tierra, no con el aspecto que tenía entonces sino como había de llegar a ser bajo la bendición de Dios cuando sea posesión de Israel. Le pareció estar contemplando un segundo Edén. Había allí montañas cubiertas de cedros del Líbano, colinas que asumían el color gris de sus olivares y la fragancia agradable de la viña, extensas y verdes planicies esmaltadas de flores y fructíferas; aquí se veían las palmeras de los trópicos, allá los undosos campos de trigo y cebada, valles asoleados en los que se oía la música del murmullo armonioso de los arroyos y los dulces trinos de las aves, buenas ciudades y bellos jardines, lagos ricos en “la abundancia de los mares”, rebaños que pacían en las laderas de las colinas, y hasta entre las rocas los dulces tesoros de las abejas silvestres. Era ciertamente una tierra semejante a la que Moisés, inspirado por el Espíritu de Dios, le había descrito a Israel: “Bendita de Jehová sea tu tierra, con lo mejor de los cielos, con el rocío y con el abismo que está abajo. Con los más escogidos frutos del sol [...], con el fruto más fino de los montes antiguos [...], con las mejores dádivas de la tierra y su plenitud”. Deuteronomio 33:13-16.


Moisés vio al pueblo escogido establecido en Canaán, cada tribu en posesión de su propia heredad. Alcanzó a divisar su historia después que se establecieran en la tierra prometida; la larga y triste historia de su apostasía y castigo se extendió ante él. Vio a esas tribus dispersadas entre los paganos a causa de sus pecados, y a Israel privado de la gloria, con su bella ciudad en ruinas, y su pueblo cautivo en tierras extrañas. Los vio restablecidos en la tierra de sus mayores, y por último, dominados por Roma.


Se le permitió mirar a través de los tiempos futuros y contemplar el primer advenimiento de nuestro Salvador. Vio al niño Jesús en Belén. Oyó las voces de la hueste angélica prorrumpir en gozosa canción de alabanza a Dios y de paz en la tierra. Divisó en el firmamento la estrella que guiaba a los magos del oriente hacia Jesús, y un torrente de luz inundó su mente cuando recordó aquellas palabras proféticas: “Saldrá Estrella de Jacob, y se levantará cetro de Israel”. Números 24:17. Contempló la vida humilde de Cristo en Nazaret; su ministerio de amor, simpatía y sanidades, y cómo le rechazaba y despreciaba una nación orgullosa e incrédula. Atónito escuchó como ensalzaban jactanciosamente la ley de Dios mientras que menospreciaban y desechaban a Aquel que había dado la ley. Vio cómo en el Monte de los Olivos, Jesús se despedía llorando de la ciudad de su amor. Mientras Moisés veía cómo era finalmente rechazado aquel pueblo tan altamente bendecido del cielo, aquel pueblo en favor del cual él había trabajado, orado y hecho sacrificios, por el cual él había estado dispuesto a que se borrara su nombre del libro de la vida; mientras oía las tristes palabras: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta” (Mateo 23:38), el corazón se le llenó de angustia, y su identificación con el pesar del Hijo de Dios hizo caer amargas lágrimas de sus ojos.


Siguió al Salvador a Getsemaní y contempló su agonía en el huerto, y cómo sería entregado, escarnecido, flagelado y crucificado. Moisés vio que así como él había alzado la serpiente en el desierto, habría de ser levantado el Hijo de Dios, para que todo aquel que en él crea “no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Juan 3:15. El dolor, la indignación y el horror embargaron el corazón de Moisés cuando vio la hipocresía y el odio satánico que la nación judía manifestaba contra su Redentor, el poderoso Angel que había ido delante de sus mayores. Oyó el grito agonizante de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Lo vio cuando yacía en la tumba nueva de José de Arimatea. Las tinieblas de la desesperación parecían envolver el mundo, pero miró otra vez, y lo vio salir vencedor de la tumba y ascender a los cielos escoltado por los ángeles que lo adoraban, y encabezando una multitud de cautivos. Vio las relucientes puertas abrirse para recibirlo, y la hueste celestial dar en canciones de triunfo la bienvenida a su Jefe supremo. Y allí se le reveló que él mismo sería uno de los que servirían al Salvador y le abriría las puertas eternas. Mientras miraba la escena, su semblante irradiaba un santo resplandor. ¡Cuán insignificantes le parecían las pruebas y los sacrificios de su vida, cuando los comparaba con los del Hijo de Dios! ¡Cuán ligeros en contraste con el “sobremanera alto y eterno peso de gloria”! 2 Corintios 4:17. Se regocijó porque se le había permitido participar, aunque fuera en pequeño grado, de los sufrimientos de Cristo.







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