Martes 3 de Marzo de 2026.
- 3 mar
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2 Reyes 8 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Los bienes de la sunamita devueltos
1 Habló Eliseo a aquella mujer a cuyo hijo él había hecho vivir, diciendo: Levántate, vete tú y toda tu casa a vivir donde puedas; porque Jehová ha llamado el hambre, la cual vendrá sobre la tierra por siete años. 2 Entonces la mujer se levantó, e hizo como el varón de Dios le dijo; y se fue ella con su familia, y vivió en tierra de los filisteos siete años. 3 Y cuando habían pasado los siete años, la mujer volvió de la tierra de los filisteos; después salió para implorar al rey por su casa y por sus tierras. 4 Y había el rey hablado con Giezi, criado del varón de Dios, diciéndole: Te ruego que me cuentes todas las maravillas que ha hecho Eliseo. 5 Y mientras él estaba contando al rey cómo había hecho vivir a un muerto, he aquí que la mujer, a cuyo hijo él había hecho vivir, vino para implorar al rey por su casa y por sus tierras. Entonces dijo Giezi: Rey señor mío, esta es la mujer, y este es su hijo, al cual Eliseo hizo vivir. 6 Y preguntando el rey a la mujer, ella se lo contó. Entonces el rey ordenó a un oficial, al cual dijo: Hazle devolver todas las cosas que eran suyas, y todos los frutos de sus tierras desde el día que dejó el país hasta ahora.
Hazael reina en Siria
7 Eliseo se fue luego a Damasco; y Ben-adad rey de Siria estaba enfermo, al cual dieron aviso, diciendo: El varón de Dios ha venido aquí. 8 Y el rey dijo a Hazael: Toma en tu mano un presente, y ve a recibir al varón de Dios, y consulta por él a Jehová, diciendo: ¿Sanaré de esta enfermedad? 9 Tomó, pues, Hazael en su mano un presente de entre los bienes de Damasco, cuarenta camellos cargados, y fue a su encuentro, y llegando se puso delante de él, y dijo: Tu hijo Ben-adad rey de Siria me ha enviado a ti, diciendo: ¿Sanaré de esta enfermedad? 10 Y Eliseo le dijo: Ve, dile: Seguramente sanarás. Sin embargo, Jehová me ha mostrado que él morirá ciertamente. 11 Y el varón de Dios le miró fijamente, y estuvo así hasta hacerlo ruborizarse; luego lloró el varón de Dios. 12 Entonces le dijo Hazael: ¿Por qué llora mi señor? Y él respondió: Porque sé el mal que harás a los hijos de Israel; a sus fortalezas pegarás fuego, a sus jóvenes matarás a espada, y estrellarás a sus niños, y abrirás el vientre a sus mujeres que estén encintas. 13 Y Hazael dijo: Pues, ¿qué es tu siervo, este perro, para que haga tan grandes cosas? Y respondió Eliseo: Jehová me ha mostrado que tú serás rey de Siria. 14 Y Hazael se fue, y vino a su señor, el cual le dijo: ¿Qué te ha dicho Eliseo? Y él respondió: Me dijo que seguramente sanarás. 15 El día siguiente, tomó un paño y lo metió en agua, y lo puso sobre el rostro de Ben-adad, y murió; y reinó Hazael en su lugar.
Reinado de Joram de Judá
(2 Cr. 21.1-20)
16 En el quinto año de Joram hijo de Acab, rey de Israel, y siendo Josafat rey de Judá, comenzó a reinar Joram hijo de Josafat, rey de Judá. 17 De treinta y dos años era cuando comenzó a reinar, y ocho años reinó en Jerusalén. 18 Y anduvo en el camino de los reyes de Israel, como hizo la casa de Acab, porque una hija de Acab fue su mujer; e hizo lo malo ante los ojos de Jehová. 19 Con todo eso, Jehová no quiso destruir a Judá, por amor a David su siervo, porque había prometido darle lámpara a él y a sus hijos perpetuamente.
20 En el tiempo de él se rebeló Edom contra el dominio de Judá, y pusieron rey sobre ellos. 21 Joram, por tanto, pasó a Zair, y todos sus carros con él; y levantándose de noche atacó a los de Edom, los cuales le habían sitiado, y a los capitanes de los carros; y el pueblo huyó a sus tiendas. 22 No obstante, Edom se libertó del dominio de Judá, hasta hoy. También se rebeló Libna en el mismo tiempo. 23 Los demás hechos de Joram, y todo lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá? 24 Y durmió Joram con sus padres, y fue sepultado con ellos en la ciudad de David; y reinó en lugar suyo Ocozías, su hijo.
Reinado de Ocozías de Judá
(2 Cr. 22.1-6)
25 En el año doce de Joram hijo de Acab, rey de Israel, comenzó a reinar Ocozías hijo de Joram, rey de Judá. 26 De veintidós años era Ocozías cuando comenzó a reinar, y reinó un año en Jerusalén. El nombre de su madre fue Atalía, hija de Omri rey de Israel. 27 Anduvo en el camino de la casa de Acab, e hizo lo malo ante los ojos de Jehová, como la casa de Acab; porque era yerno de la casa de Acab.
28 Y fue a la guerra con Joram hijo de Acab a Ramot de Galaad, contra Hazael rey de Siria; y los sirios hirieron a Joram. 29 Y el rey Joram se volvió a Jezreel para curarse de las heridas que los sirios le hicieron frente a Ramot, cuando peleó contra Hazael rey de Siria. Y descendió Ocozías hijo de Joram rey de Judá, a visitar a Joram hijo de Acab en Jezreel, porque estaba enfermo.
Comentario del Capitulo

Capítulo 65 La magnanimidad de David
Saúl se levantó y salió de la cueva para continuar su búsqueda, cuando sus oídos sorprendidos oyeron una voz que le decía: “¡Mi Señor, el rey!” Se volvió para ver quién se dirigía a él, y he aquí que era el hijo de Isaí, el hombre a quien por tanto tiempo había deseado tener en su poder para matarlo. David se postró ante el rey, reconociéndolo como su señor. Dirigió luego estas palabras a Saul: “¿Por qué escuchas las palabras de los que dicen: “Mira que David procura tu mal”? Hoy han visto tus ojos cómo Jehová te ha puesto en mis manos en la cueva. Me dijeron que te matara, pero te perdoné, pues me dije: “No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido de Jehová”. Mira, padre mío, mira la orilla de tu manto en mi mano; porque yo corté la orilla de tu manto y no te maté. Reconoce, pues, que no hay mal ni traición en mis manos, ni he pecado contra ti; sin embargo, tú andas a caza de mi vida para quitármela”.
Cuando Saúl oyó las palabras de David, se humilló, y no pudo menos de admitir su veracidad. Sus sentimientos se conmovieron profundamente al darse cuenta de que había estado completamente él en el poder del hombre cuya vida buscaba. David estaba en pie ante él, consciente de su inocencia. Con ánimo enternecido, Saúl exclamó: “Más justo eres tú que yo, que me has pagado con bien, habiéndote yo pagado con mal. [...] Porque ¿quién encuentra a su enemigo y lo deja ir sano y salvo? Jehová te pague con bien lo que en este día has hecho conmigo. Ahora tengo por cierto que tú has de reinar, y que el reino de Israel se mantendrá firme y estable en tus manos”. Y David hizo un pacto con Saúl, a saber, que cuando esto sucediera, miraría con favor la casa de Saúl, y no raería su nombre.
Conociendo la conducta pasada de Saúl como la conocía, David no podía depositar ninguna confianza en las seguridades que el rey le había dado, ni esperar que su arrepentimiento continuara por mucho tiempo. Así que cuando Saúl regresó a su casa, David se quedó en las fortalezas de las montañas.
La enemistad que alimentan hacia los siervos de Dios los que han cedido al poder de Satanás se trueca a veces en sentimiento de reconciliación y favor; pero este cambio no siempre resulta duradero. A veces, después que los hombres de mente corrompida se dedicaron a hacer y decir cosas inicuas contra los siervos del Señor, se arraiga en su mente la convicción de que actuaban mal. El Espíritu del Señor contiende con ellos, y humillan su corazón ante Dios y ante aquellos cuya influencia procuraron destruir, y es posible que cambien de conducta con ellos. Pero cuando vuelven a abrir las puertas a las sugestiones del maligno, reviven las antiguas dudas, la vieja enemistad se despierta, y vuelven a dedicarse a la misma obra de la cual se habían arrepentido, y que por algún tiempo abandonaron. Vuelven a entregarse a la maledicencia, acusando y condenando en forma acérrima a los mismos a quienes habían hecho la más humilde confesión. A semejantes personas Satanás puede usarlas, después que adoptaron esa conducta, con mucho más poder que antes, porque han pecado contra una luz mayor.
“Por entonces murió Samuel. Todo Israel se congregó para llorarlo y lo sepultaron en su casa, en Rama”. La nación de Israel consideró la muerte de Samuel como una pérdida irreparable. Había caído un profeta grande y bueno, y un juez eminente; y el dolor del pueblo era profundo y sincero. Desde su juventud, Samuel había caminado ante Israel con corazón íntegro. Aun cuando Saúl había sido el rey reconocido, Samuel había ejercido una influencia mucho más poderosa que él, porque tenía en su haber una vida de fidelidad, obediencia y devoción. Leemos que juzgó a Israel todos los días de su vida.
Cuando el pueblo comparaba la conducta de Saúl con la de Samuel, veía el error que había cometido al desear un rey para no ser diferente de las naciones que lo circundaban. Muchos veían con alarma las condiciones imperantes en la sociedad, la cual se impregnaba rápidamente de irreligión e iniquidad. El ejemplo de su soberano ejercía una vasta influencia, y muy bien podía Israel lamentar el hecho de que había muerto Samuel, el profeta de Jehová.
La nación había perdido al fundador y presidente de las escuelas sagradas; pero eso no era todo. Había perdido al hombre a quien el pueblo solía acudir con sus grandes aflicciones, había perdido al que constantemente intercedía ante Dios en beneficio de los mejores intereses de su pueblo. La intercesión de Samuel le había impartido un sentimiento de seguridad, pues “la oración eficaz del justo puede mucho”. Santiago 5:16. El pueblo creyó ahora que Dios lo abandonaba. El rey no le parecía sino un poco menos que un loco. La justicia se había pervertido, y el orden se había convertido en confusión.
Dios llamó al descanso a su anciano siervo precisamente cuando la nación estaba agobiada por luchas internas, y parecía más necesario que nunca el consejo sereno y piadoso de Samuel. El pueblo se hacía amargas reflexiones cuando miraba el silencioso sepulcro del profeta y recordaba cuán insensato había sido al rechazarlo como gobernante; porque había estado tan estrechamente relacionado con el cielo, que parecía vincular a todo Israel ante el trono de Jehová. Samuel era quien les había enseñado a amar y obedecer a Dios; pero ahora que había muerto, el pueblo se veía abandonado a la merced de un rey unido a Satanás, que iba separándolo de Dios y del cielo.
David no pudo asistir al entierro de Samuel; pero lloró por él tan profunda y tiernamente como un hijo fiel habría llorado por un padre amante. Sabía que la muerte de Samuel había roto otra ligadura que refrenaba las acciones de Saúl, y se sintió menos seguro que cuando el profeta vivía. Mientras Saúl dedicaba su atención a lamentar la muerte de Samuel, David aprovechó la ocasión para buscar un sitio más seguro, y huyó al desierto de Parán. Allí fue donde compuso el salmo 120 y el salmo 121.
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