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Martes 5 de Agosto de 2025.

  • daniela0780
  • 5 ago 2025
  • 7 Min. de lectura

Levítico 21 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



Santidad de los sacerdotes

1 Jehová dijo a Moisés: Habla a los sacerdotes hijos de Aarón, y diles que no se contaminen por un muerto en sus pueblos. 2 Mas por su pariente cercano, por su madre o por su padre, o por su hijo o por su hermano, 3 o por su hermana virgen, a él cercana, la cual no haya tenido marido, por ella se contaminará. 4 No se contaminará como cualquier hombre de su pueblo, haciéndose inmundo. 5 No harán tonsura en su cabeza, ni raerán la punta de su barba, ni en su carne harán rasguños. 6 Santos serán a su Dios, y no profanarán el nombre de su Dios, porque las ofrendas encendidas para Jehová y el pan de su Dios ofrecen; por tanto, serán santos. 7 Con mujer ramera o infame no se casarán, ni con mujer repudiada de su marido; porque el sacerdote es santo a su Dios. 8 Le santificarás, por tanto, pues el pan de tu Dios ofrece; santo será para ti, porque santo soy yo Jehová que os santifico. 9 Y la hija del sacerdote, si comenzare a fornicar, a su padre deshonra; quemada será al fuego.


10 Y el sumo sacerdote entre sus hermanos, sobre cuya cabeza fue derramado el aceite de la unción, y que fue consagrado para llevar las vestiduras, no descubrirá su cabeza, ni rasgará sus vestidos, 11 ni entrará donde haya alguna persona muerta; ni por su padre ni por su madre se contaminará. 12 Ni saldrá del santuario, ni profanará el santuario de su Dios; porque la consagración por el aceite de la unción de su Dios está sobre él. Yo Jehová. 13 Tomará por esposa a una mujer virgen. 14 No tomará viuda, ni repudiada, ni infame, ni ramera, sino tomará de su pueblo una virgen por mujer, 15 para que no profane su descendencia en sus pueblos; porque yo Jehová soy el que los santifico.


16 Y Jehová habló a Moisés, diciendo: 17 Habla a Aarón y dile: Ninguno de tus descendientes por sus generaciones, que tenga algún defecto, se acercará para ofrecer el pan de su Dios. 18 Porque ningún varón en el cual haya defecto se acercará; varón ciego, o cojo, o mutilado, o sobrado, 19 o varón que tenga quebradura de pie o rotura de mano, 20 o jorobado, o enano, o que tenga nube en el ojo, o que tenga sarna, o empeine, o testículo magullado. 21 Ningún varón de la descendencia del sacerdote Aarón, en el cual haya defecto, se acercará para ofrecer las ofrendas encendidas para Jehová. Hay defecto en él; no se acercará a ofrecer el pan de su Dios. 22 Del pan de su Dios, de lo muy santo y de las cosas santificadas, podrá comer. 23 Pero no se acercará tras el velo, ni se acercará al altar, por cuanto hay defecto en él; para que no profane mi santuario, porque yo Jehová soy el que los santifico. 24 Y Moisés habló esto a Aarón, y a sus hijos, y a todos los hijos de Israel.



Comentario del Capitulo




Capítulo 21 José y sus hermanos


En seguida se inició la búsqueda. “Ellos entonces se dieron prisa, bajó cada uno su costal a tierra y cada cual abrió el suyo”. Y el mayordomo los examinó a todos; comenzando con Rubén, siguió en orden hasta llegar al menor. La copa se encontró en el saco de Benjamín.


Los hermanos desgarraron su ropa en señal de profundo dolor, y regresaron lentamente a la ciudad. De acuerdo con su propia promesa, Benjamín estaba condenado a una vida de esclavitud. Siguieron al mayordomo hasta el palacio, y encontrando al gobernador todavía allí, se postraron ante él. “¿Qué acción es esta que habéis hecho? -dijo- ¿No sabéis que un hombre como yo sabe adivinar?” José se proponía obtener de ellos un reconocimiento de su pecado. Jamás había pretendido poseer el poder de adivinar, pero quería hacerles creer que podía leer los secretos de su vida.


Judá contestó: “¿Qué diremos a mi señor? ¿Qué hablaremos o con qué nos justificaremos? Dios ha hallado la maldad de tus siervos. Nosotros somos siervos de mi señor, nosotros y también aquel en cuyo poder se halló la copa”.


“Nunca haga yo tal cosa -fue la respuesta-. El hombre en cuyo poder se halló la copa, ese será mi siervo; vosotros id en paz junto a vuestro padre”.


En su profundo dolor, Judá se acercó al gobernador y exclamó: “¡Ay, señor mío!, te ruego que permitas a tu siervo decir una palabra a oídos de mi señor, y no se encienda tu enojo contra tu siervo, pues tú eres como el faraón”. Con palabras de conmovedora elocuencia describió el profundo pesar de su padre por la pérdida de José, y su rechazo a permitir que Benjamín viajara con ellos a Egipto, pues era el único hijo que le quedaba de su madre Raquel, a quien Jacob había amado tan tiernamente. “Ahora, pues, cuando vuelva yo a tu siervo, mi padre, si el joven no va conmigo, como su vida está ligada a la vida de él, sucederá que cuando no vea al joven, morirá; y tus siervos harán que con dolor desciendan al seol las canas de nuestro padre, tu siervo. Como tu siervo salió fiador del joven ante mi padre, diciendo: “Si no te lo traigo de vuelta, entonces yo seré culpable ante mi padre para siempre”, por eso te ruego que se quede ahora tu siervo en lugar del joven como siervo de mi señor, y que el joven vaya con sus hermanos, pues ¿cómo volveré yo a mi padre sin el joven? No podré, por no ver el mal que sobrevendrá a mi padre”.


José estaba satisfecho. Había visto en sus hermanos los frutos del verdadero arrepentimiento. Al oír el noble ofrecimiento de Judá, ordenó que todos excepto estos hombres se retiraran; entonces, llorando en alta voz, exclamó: “Yo soy José: ¿Vive aún mi padre?”


Sus hermanos permanecieron inmóviles, mudos de temor y asombro. ¡El gobernador de Egipto era su hermano José, a quien por envidia habían querido asesinar, y a quien por fin habían vendido como esclavo! Todos los tormentos que le habían hecho sufrir pasaron ante ellos. Recordaron cómo habían menospreciado sus sueños, y cómo habían luchado por evitar que se cumplieran. Sin embargo, habían participado en el cumplimiento de esos sueños; y ahora estaban por completo a merced de él, y sin duda alguna, él se vengaría del daño que había sufrido.


Viendo su confusión, les dijo amablemente: “Acercaos ahora a mí”, y cuando se acercaron, él prosiguió: “Yo soy José vuestro hermano el que vendisteis a los egipcios. Ahora pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para salvar vidas me envió Dios delante de vosotros”. Considerando que ya habían sufrido ellos lo suficiente por su crueldad hacia él, noblemente trató de desvanecer sus temores y de reducir la amargura de su remordimiento.


“Pues ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra, y aún quedan cinco años en los cuales no habrá arada ni siega. Dios me envió delante de vosotros para que podáis sobrevivir sobre la tierra, para daros vida por medio de una gran liberación. Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha puesto por padre del faraón, por señor de toda su casa y por gobernador en toda la tierra de Egipto. Daos prisa, id a mi padre y decidle: “Así dice tu hijo José: Dios me ha puesto por señor de todo Egipto; ven a mí, no te detengas. Habitarás en la tierra de Gosén, y estarás cerca de mí, tú, tus hijos y los hijos de tus hijos, tus ganados y tus vacas, y todo lo que tienes. Allí te alimentaré, pues aún quedan cinco años de hambre, para que no perezcas de pobreza tú, tu casa y todo lo que tienes”. Vuestros ojos ven, y también los ojos de mi hermano Benjamín, que mi boca os habla. Haréis, pues, saber a mi padre toda mi gloria en Egipto, y todo lo que habéis visto. ¡Daos prisa, y traed a mi padre acá! José se echó sobre el cuello de su hermano Benjamín y lloró; también Benjamín lloró sobre su cuello. Luego besó a todos sus hermanos y lloró sobre ellos. Después de esto, sus hermanos hablaron con él”. Confesaron humildemente su pecado, y le pidieron perdón. Durante mucho tiempo habían sufrido ansiedad y remordimiento, y ahora se llenaron de gozo al ver que José estaba vivo.


La noticia de lo que había ocurrido pronto llegó a oídos del rey, quien, anheloso de manifestar su gratitud a José, confirmó la invitación del gobernador a su familia, diciendo: “La riqueza de la tierra de Egipto será vuestra”. Los hermanos de José fueron enviados con gran provisión de alimentos y carruajes, y todo lo necesario para trasladar a Egipto a todas sus familias y las personas que dependían de ellas. José hizo regalos más valiosos a Benjamín que a los otros hermanos. Luego, temiendo que sobrevinieran disputas entre ellos durante el viaje de regreso, cuando estaban por partir les dio el encargo: “No riñáis por el camino”.


Los hijos de Jacob volvieron a su padre con la grata noticia: “¡José aún vive!, y él es señor en toda la tierra de Egipto”. Al principio el anciano se sintió abrumado. No podía creer lo que oía; pero al ver la larga caravana de carros y animales cargados, y a Benjamín otra vez con él, se convenció, y lleno de gozo, exclamó: “Con esto me basta ¡José, mi hijo, vive todavía! Iré y lo veré antes de morir”.


Quedaba otro acto de humillación para los diez hermanos. Confesaron a su padre el engaño y la crueldad que durante tantos años habían amargado la vida de él y la de ellos. Jacob no los había creído capaces de tan vil pecado, pero vio que todo había sido dirigido para bien, y perdonó y bendijo a sus descarriados hijos.







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