Miércoles 14 de Diciembre de 2025.
- daniela0780
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2 Samuel 6 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
David intenta llevar el arca a Jerusalén
(1 Cr. 13.5-14)
1 David volvió a reunir a todos los escogidos de Israel, treinta mil. 2 Y se levantó David y partió de Baala de Judá con todo el pueblo que tenía consigo, para hacer pasar de allí el arca de Dios, sobre la cual era invocado el nombre de Jehová de los ejércitos, que mora entre los querubines. 3 Pusieron el arca de Dios sobre un carro nuevo, y la llevaron de la casa de Abinadab, que estaba en el collado; y Uza y Ahío, hijos de Abinadab, guiaban el carro nuevo. 4 Y cuando lo llevaban de la casa de Abinadab, que estaba en el collado, con el arca de Dios, Ahío iba delante del arca. 5 Y David y toda la casa de Israel danzaban delante de Jehová con toda clase de instrumentos de madera de haya; con arpas, salterios, panderos, flautas y címbalos.
6 Cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió su mano al arca de Dios, y la sostuvo; porque los bueyes tropezaban. 7 Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió allí Dios por aquella temeridad, y cayó allí muerto junto al arca de Dios. 8 Y se entristeció David por haber herido Jehová a Uza, y fue llamado aquel lugar Pérez-uza, hasta hoy. 9 Y temiendo David a Jehová aquel día, dijo: ¿Cómo ha de venir a mí el arca de Jehová? 10 De modo que David no quiso traer para sí el arca de Jehová a la ciudad de David; y la hizo llevar David a casa de Obed-edom geteo. 11 Y estuvo el arca de Jehová en casa de Obed-edom geteo tres meses; y bendijo Jehová a Obed-edom y a toda su casa.
David trae el arca a Jerusalén
(1 Cr. 15.1—16.6)
12 Fue dado aviso al rey David, diciendo: Jehová ha bendecido la casa de Obed-edom y todo lo que tiene, a causa del arca de Dios. Entonces David fue, y llevó con alegría el arca de Dios de casa de Obed-edom a la ciudad de David. 13 Y cuando los que llevaban el arca de Dios habían andado seis pasos, él sacrificó un buey y un carnero engordado. 14 Y David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová; y estaba David vestido con un efod de lino. 15 Así David y toda la casa de Israel conducían el arca de Jehová con júbilo y sonido de trompeta.
16 Cuando el arca de Jehová llegó a la ciudad de David, aconteció que Mical hija de Saúl miró desde una ventana, y vio al rey David que saltaba y danzaba delante de Jehová; y le menospreció en su corazón. 17 Metieron, pues, el arca de Jehová, y la pusieron en su lugar en medio de una tienda que David le había levantado; y sacrificó David holocaustos y ofrendas de paz delante de Jehová. 18 Y cuando David había acabado de ofrecer los holocaustos y ofrendas de paz, bendijo al pueblo en el nombre de Jehová de los ejércitos. 19 Y repartió a todo el pueblo, y a toda la multitud de Israel, así a hombres como a mujeres, a cada uno un pan, y un pedazo de carne y una torta de pasas. Y se fue todo el pueblo, cada uno a su casa.
20 Volvió luego David para bendecir su casa; y saliendo Mical a recibir a David, dijo: ¡Cuán honrado ha quedado hoy el rey de Israel, descubriéndose hoy delante de las criadas de sus siervos, como se descubre sin decoro un cualquiera! 21 Entonces David respondió a Mical: Fue delante de Jehová, quien me eligió en preferencia a tu padre y a toda tu casa, para constituirme por príncipe sobre el pueblo de Jehová, sobre Israel. Por tanto, danzaré delante de Jehová. 22 Y aun me haré más vil que esta vez, y seré bajo a tus ojos; pero seré honrado delante de las criadas de quienes has hablado. 23 Y Mical hija de Saúl nunca tuvo hijos hasta el día de su muerte.
Comentario del Capitulo

Capítulo 56-57 El arca tomada por los filisteos
Este capítulo está basado en 1 Samuel 3 a 7.
Otra advertencia debía ser dada a la casa de Elí. Dios no podía comunicarse con el sumo sacerdote ni con sus hijos; sus pecados, como densa nube, excluían la presencia del Espíritu Santo. Pero en medio de la impiedad el niño Samuel permanecía fiel al cielo, y fue comisionado, como profeta del Altísimo, para dar el mensaje de condenación a la casa de Elí.
“En aquellos días escaseaba la palabra de Jehová y no eran frecuentes las visiones. Un día estaba Elí acostado en su aposento, cuando sus ojos comenzaban a oscurecerse de modo que no podía ver. Samuel estaba durmiendo en el templo de Jehová, donde se encontraba el Arca de Dios; y antes que la lámpara de Dios fuera apagada, Jehová llamó a Samuel”. Véase 1 Samuel 3-7.
Creyendo que la voz era de Elí, el niño se apresuró a ir al lado de la cama del sacerdote, diciéndole: “Heme aquí; ¿para qué me llamaste?” La contestación que recibió fue: “Yo no he llamado; vuelve y acuéstate”. Tres veces fue llamado Samuel, y tres veces contestó de la misma manera. Y entonces Elí se convenció de que la voz misteriosa era la de Dios. El Señor había pasado por alto a su siervo elegido, el anciano canoso, para comunicarse con un niño. Esto era de por sí un reproche amargo, pero bien merecido para Elí y su casa.
Ningún sentimiento de envidia o celos se despertó en el corazón de Elí. Le aconsejó a Samuel que contestara, si se lo llamaba nuevamente: “Habla, Jehová, que tu siervo oye”. Una vez más se oyó la voz, y el niño contestó: “Habla, que tu siervo oye”. Estaba tan asustado al pensar que el gran Dios le hablaba, que no pudo recordar exactamente las palabras que Elí le había mandado decir.
“Dijo Jehová a Samuel: “Yo haré una cosa en Israel que a quien la oiga le zumbarán ambos oídos. Aquel día yo cumpliré contra Elí todas las cosas que he dicho sobre su casa, desde el principio hasta el fin. Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado contra Dios y él no se lo ha impedido. Por tanto, yo he jurado a la casa de Elí que la iniquidad de su casa no será expiada jamás, ni con sacrificios ni con ofrendas””.
Antes de recibir este mensaje de Dios, “Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada”, es decir, que no había experimentado manifestaciones directas de la presencia de Dios como las que se otorgaban a los profetas. El propósito de Dios era revelarse de una manera inesperada, para que Elí oyera hablar de ello por medio de la sorpresa y de las preguntas del joven.
Samuel se llenó de terror y asombro al pensar que se le había encargado tan terrible mensaje. Por la mañana se dedicó a sus quehaceres como lo hacía ordinariamente, pero con una carga pesada en su joven corazón. El Señor no le había ordenado que revelara la temible denuncia; por consiguiente, se llamó a silencio, y evitaba en lo posible la presencia de Elí. Temblaba por temor de que alguna pregunta lo obligara a declarar el juicio divino contra aquel a quien tanto amaba y reverenciaba. Elí estaba seguro de que el mensaje anunciaba alguna gran calamidad para él y su casa. Llamó a Samuel y le ordenó que le relatara fielmente lo que el Señor le había revelado. El joven obedeció, y el anciano se postró en humilde sumisión a la horrenda sentencia. “Él es Jehová; que haga lo que mejor le parezca”. 1 Samuel 3:18.
Sin embargo, Elí no llevó los frutos del arrepentimiento verdadero. Confesó su culpa, pero no renunció al pecado. Año tras año el Señor había postergado los castigos con que lo amenazaba. Mucho pudo haberse hecho en aquellos años para redimir los fracasos del pasado; pero el anciano sacerdote no tomó medidas eficaces para corregir los males que estaban contaminando el santuario de Jehová y llevando a la ruina a miles en Israel. Por el hecho de que Dios tuviera paciencia, Ofni y Finees endurecieron su corazón y permanecieron en la transgresión.
Elí dio a conocer a toda la nación los mensajes de reproche que habían sido dirigidos a su casa. Así esperaba contrarrestar, hasta cierto punto, la influencia maléfica de su negligencia anterior. Pero las advertencias fueron menospreciadas por el pueblo, como lo habían sido por los sacerdotes. También los pueblos de las naciones circunvecinas, que no ignoraban las iniquidades abiertamente practicadas en Israel, se aferraron aun más en su idolatría y en sus crímenes. No sentían la culpabilidad de sus pecados como la habrían sentido si los israelitas hubieran preservado su integridad.
Pero el día de la retribución se aproximaba. La autoridad de Dios había sido puesta a un lado, y su culto descuidado y menospreciado, y se había hecho necesario que él interviniera para sostener el honor de su nombre.
“Por aquel tiempo salió Israel a librar batalla con los filisteos, y acampó junto a Eben-ezer, mientras los filisteos acamparon en Afec”. Esta expedición fue emprendida por los israelitas sin haber consultado previamente a Dios, y sin que concurriera el sumo sacerdote ni profeta alguno. “Los filisteos presentaron batalla a Israel, y trabándose el combate, Israel fue vencido delante de los filisteos, los cuales hirieron en el campo de batalla como a cuatro mil hombres”.
Cuando el ejército regresó a su campamento quebrantado y descorazonado, “los ancianos de Israel dijeron: ¿Por qué nos ha herido hoy Jehová delante de los filisteos?” La nación estaba madura para los castigos de Dios; y sin embargo, no podía ver ni comprender que sus propios pecados habían sido la causa de ese terrible desastre. Y dijeron: “Vayamos a Silo y traigamos el Arca del pacto de Jehová, para que, estando en medio de nosotros, nos salve de manos de nuestros enemigos”. El Señor no había dado orden ni permiso de que el arca fuera llevada al ejército; no obstante, los israelitas se sintieron seguros de que la victoria sería suya, y dejaron oír un gran grito cuando el arca fue traída al campamento por los hijos de Elí.
Los filisteos consideraban el arca como el dios de Israel. Atribuían a su poder todas las grandes obras que Jehová había hecho en beneficio de su pueblo. Cuando oyeron los gritos de regocijo lanzados al aproximarse el arca, dijeron: “¿Qué gritos de júbilo son estos en el campamento de los hebreos? Y supieron que el Arca de Jehová había sido traída al campamento. Entonces los filisteos tuvieron miedo, porque se decían: “Ha venido Dios al campamento”. Y exclamaron: “¡Ay de nosotros!, pues hasta ahora no había sido así. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de manos de estos dioses poderosos? Estos son los dioses que hirieron a Egipto con toda clase de plagas en el desierto. Esforzaos, filisteos, y sed hombres, para que no sirváis a los hebreos, como ellos os han servido a vosotros; sed hombres, y pelead”.
Los filisteos realizaron un asalto feroz, que provocó en la derrota total de Israel, y en una gran carnicería. Treinta mil hombres quedaron muertos en el campo, y el arca de Dios fue tomada; los dos hijos de Elí perecieron mientras luchaban por defenderla. Así quedó en las páginas de la historia un testimonio para todas las edades futuras, a saber, que la iniquidad del pueblo que profesa seguir a Dios no quedará impune. Cuanto mayor sea el conocimiento de la voluntad de Dios, tanto mayor será el pecado de los que la desprecien.
Había caído sobre Israel la calamidad más horrorosa que pudo haberle ocurrido. El arca de Dios había sido tomada, y estaba en posesión del enemigo. La gloria se había apartado ciertamente de Israel cuando fue quitado de su medio el símbolo de la presencia permanente de Jehová y de su poder. Con esta sagrada arca iban asociadas las revelaciones más maravillosas de la verdad y del poder de Dios. En tiempos anteriores se habían logrado victorias milagrosas siempre que ella aparecía. La cubría la sombra de las alas de los querubines de oro; y la gloria indecible de la shekinah, símbolo visible del Dios altísimo, había descansado sobre ella en el lugar santísimo. Pero ahora no había traído la victoria. No había sido una defensa en esta ocasión, y había luto por doquiera en Israel.
No habían comprendido que su fe era tan solo una fe nominal, y que habían perdido su poder de prevalecer con Dios. La ley de Dios, contenida en el arca, era también un símbolo de su presencia; pero ellos habían escarnecido los mandamientos, habían despreciado sus exigencias, y agraviado al Espíritu de Dios, al punto de hacerle alejarse de entre ellos. Mientras el pueblo obedeció los santos preceptos, el Señor estuvo con él para obrar en su beneficio mediante su infinito poder; pero cuando miró al arca sin asociarla con Dios, ni honró su voluntad revelada obedeciendo a su ley, no le fue de más ayuda que un cofre cualquiera. Consideraba el arca como las naciones idólatras consideraban a sus dioses, como si ella poseyera en sí misma los elementos de poder y salvación. Transgredía la ley que ella contenía; pues su misma adoración del arca lo llevó al formalismo, a la hipocresía y a la idolatría. Su pecado lo había separado de Dios, y él no podía darle la victoria antes de que se arrepintiera y abandonara su iniquidad.
Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.



