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Miércoles 20 de Agosto de 2025.

  • 20 ago 2025
  • 6 Min. de lectura

Números 9 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



Celebración de la pascua

1 Habló Jehová a Moisés en el desierto de Sinaí, en el segundo año de su salida de la tierra de Egipto, en el mes primero, diciendo: 2 Los hijos de Israel celebrarán la pascua a su tiempo. 3 El decimocuarto día de este mes, entre las dos tardes, la celebraréis a su tiempo; conforme a todos sus ritos y conforme a todas sus leyes la celebraréis. 4 Y habló Moisés a los hijos de Israel para que celebrasen la pascua. 5 Celebraron la pascua en el mes primero, a los catorce días del mes, entre las dos tardes, en el desierto de Sinaí; conforme a todas las cosas que mandó Jehová a Moisés, así hicieron los hijos de Israel. 6 Pero hubo algunos que estaban inmundos a causa de muerto, y no pudieron celebrar la pascua aquel día; y vinieron delante de Moisés y delante de Aarón aquel día, 7 y le dijeron aquellos hombres: Nosotros estamos inmundos por causa de muerto; ¿por qué seremos impedidos de ofrecer ofrenda a Jehová a su tiempo entre los hijos de Israel? 8 Y Moisés les respondió: Esperad, y oiré lo que ordena Jehová acerca de vosotros.


9 Y Jehová habló a Moisés, diciendo: 10 Habla a los hijos de Israel, diciendo: Cualquiera de vosotros o de vuestros descendientes, que estuviere inmundo por causa de muerto o estuviere de viaje lejos, celebrará la pascua a Jehová. 11 En el mes segundo, a los catorce días del mes, entre las dos tardes, la celebrarán; con panes sin levadura y hierbas amargas la comerán. 12 No dejarán del animal sacrificado para la mañana, ni quebrarán hueso de él; conforme a todos los ritos de la pascua la celebrarán. 13 Mas el que estuviere limpio, y no estuviere de viaje, si dejare de celebrar la pascua, la tal persona será cortada de entre su pueblo; por cuanto no ofreció a su tiempo la ofrenda de Jehová, el tal hombre llevará su pecado. 14 Y si morare con vosotros extranjero, y celebrare la pascua a Jehová, conforme al rito de la pascua y conforme a sus leyes la celebrará; un mismo rito tendréis, tanto el extranjero como el natural de la tierra.


La nube sobre el tabernáculo

(Ex. 40.34-38)

15 El día que el tabernáculo fue erigido, la nube cubrió el tabernáculo sobre la tienda del testimonio; y a la tarde había sobre el tabernáculo como una apariencia de fuego, hasta la mañana. 16 Así era continuamente: la nube lo cubría de día, y de noche la apariencia de fuego. 17 Cuando se alzaba la nube del tabernáculo, los hijos de Israel partían; y en el lugar donde la nube paraba, allí acampaban los hijos de Israel. 18 Al mandato de Jehová los hijos de Israel partían, y al mandato de Jehová acampaban; todos los días que la nube estaba sobre el tabernáculo, permanecían acampados. 19 Cuando la nube se detenía sobre el tabernáculo muchos días, entonces los hijos de Israel guardaban la ordenanza de Jehová, y no partían. 20 Y cuando la nube estaba sobre el tabernáculo pocos días, al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían. 21 Y cuando la nube se detenía desde la tarde hasta la mañana, o cuando a la mañana la nube se levantaba, ellos partían; o si había estado un día, y a la noche la nube se levantaba, entonces partían. 22 O si dos días, o un mes, o un año, mientras la nube se detenía sobre el tabernáculo permaneciendo sobre él, los hijos de Israel seguían acampados, y no se movían; mas cuando ella se alzaba, ellos partían. 23 Al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían, guardando la ordenanza de Jehová como Jehová lo había dicho por medio de Moisés.


Comentario del Capitulo




Capítulo 23 Las plagas de Egipto


Nuevamente se alzó la vara sobre las aguas, y del río salieron ranas que se esparcieron por toda la tierra. Invadieron las casas, donde tomaron posesión de las alcobas, y aun de los hornos y las artesas. Este animal era considerado por los egipcios como sagrado, y no querían destruirlo. Pero las viscosas ranas se volvieron intolerables. Pululaban hasta en el palacio del faraón, y el rey estaba impaciente por alejarlas de allí. Los magos habían aparentado producir ranas, pero no pudieron quitarlas. Al verlo, el faraón fue humillado. Llamó a Moisés y a Aarón y dijo: “Orad a Jehová para que aparte las ranas de mí y de mi pueblo, y dejaré ir a tu pueblo para que ofrezca sacrificios a Jehová”. Luego de recordar al rey su jactancia anterior, le pidieron que designara el tiempo en que debieran orar para que desapareciera la plaga. El faraón designó el día siguiente, con la secreta esperanza de que en el intervalo las ranas desapareciesen por sí solas, librándolo de esa manera de la amarga humillación de someterse al Dios de Israel. La plaga, sin embargo, continuó hasta el tiempo señalado, en el cual en todo Egipto murieron las ranas, pero permanecieron sus cuerpos putrefactos corrompiendo la atmósfera.


El Señor pudo haber convertido las ranas en polvo en un momento, pero no lo hizo, no sea que una vez eliminadas, el rey y su pueblo dijeran que había sido el resultado de hechicerías y encantamientos como los que hacían los magos. Cuando las ranas murieron, fueron juntadas en montones. Con esto, el rey y todo Egipto tuvieron una evidencia que su vana filosofía no podía contradecir, vieron que esto no era obra de magia, sino un castigo enviado por el Dios del cielo.


“Pero al ver el faraón que le habían dado reposo, endureció su corazón”. Entonces, en virtud del mandamiento de Dios, Aarón alargó la mano, y el polvo de la tierra se convirtió en piojos por todos los ámbitos de Egipto. El faraón llamó a sus magos para que hicieran lo mismo, pero no pudieron. La obra de Dios se manifestó entonces superior a la de Satanás. Los magos mismos reconocieron: “Es el dedo de Dios”. Pero él permanecía inconmovible.


Las súplicas y amonestaciones no tuvieron ningún efecto, y se impuso otro castigo. Se predijo la fecha en que había de suceder para que no se dijera que había acontecido por casualidad. Las moscas llenaron las casas y lo invadieron todo, “y la tierra fue corrompida a causa de ellas”. Estas moscas eran grandes y venenosas y sus picaduras eran muy dolorosas para hombres y animales. Como se había pronosticado, esta plaga no se extendió a la tierra de Gosén.


El faraón ofreció entonces permitir a los israelitas que ofrecieran sacrificios en Egipto; pero ellos se negaron a aceptar tales condiciones. “No conviene que hagamos así, porque ofreceríamos a Jehová, nuestro Dios, lo que es la abominación para los egipcios. Si sacrificáramos lo que es abominación para los egipcios delante de ellos, ¿no nos apedrearían?”. Los animales que los hebreos tendrían que sacrificar eran considerados sagrados por los egipcios; y era tal la reverencia en que los tenían, que aun el matar a uno accidentalmente era crimen punible de muerte. Sería imposible para los hebreos adorar en Egipto sin ofender a sus amos.


Moisés volvió a pedir al monarca que les permitiera internarse tres días de camino en el desierto. El rey consintió, y rogó a los siervos de Dios que implorasen que la plaga fuera quitada. Ellos prometieron hacerlo, pero le advirtieron de que no los tratara engañosamente. Se detuvo la plaga, pero el corazón del rey se había endurecido por la rebelión pertinaz, y todavía se negó a ceder.


Siguió un golpe más terrible; la peste atacó a todo el ganado egipcio que estaba en los campos. Tanto los animales sagrados como las bestias de carga, las vacas, bueyes, ovejas, caballos, camellos y asnos, todos fueron destruidos. Se había dicho claramente que los hebreos serían exonerados; y el faraón, al enviar mensajeros a las casas de los israelitas, comprobó la veracidad de esta declaración de Moisés. “Del ganado de los hijos de Israel no murió ni un animal”. Todavía el rey se mantenía obstinado.


Se le ordenó entonces a Moisés que tomara cenizas del horno y que las esparciese hacia el cielo delante del faraón. Este acto fue profundamente significativo. Cuatrocientos años antes, Dios había mostrado a Abraham la futura opresión de su pueblo, bajo la figura de un horno humeante y una lámpara encendida. Había declarado que visitaría con sus juicios a sus opresores, y que sacaría a los cautivos con grandes riquezas. En Egipto los israelitas habían languidecido durante mucho tiempo en el horno de la aflicción. Este acto de Moisés les garantizaba que Dios recordaba su pacto y que había llegado el momento de la liberación.





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