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Miércoles 23 de Julio de 2025.

  • daniela0780
  • 23 jul 2025
  • 8 Min. de lectura

Levítico 8 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



Consagración de Aarón y de sus hijos

(Ex. 29.1-37)

1 Habló Jehová a Moisés, diciendo: 2 Toma a Aarón y a sus hijos con él, y las vestiduras, el aceite de la unción, el becerro de la expiación, los dos carneros, y el canastillo de los panes sin levadura; 3 y reúne toda la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión. 4 Hizo, pues, Moisés como Jehová le mandó, y se reunió la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión.


5 Y dijo Moisés a la congregación: Esto es lo que Jehová ha mandado hacer. 6 Entonces Moisés hizo acercarse a Aarón y a sus hijos, y los lavó con agua. 7 Y puso sobre él la túnica, y le ciñó con el cinto; le vistió después el manto, y puso sobre él el efod, y lo ciñó con el cinto del efod, y lo ajustó con él. 8 Luego le puso encima el pectoral, y puso dentro del mismo los Urim y Tumim. 9 Después puso la mitra sobre su cabeza, y sobre la mitra, en frente, puso la lámina de oro, la diadema santa, como Jehová había mandado a Moisés.


10 Y tomó Moisés el aceite de la unción y ungió el tabernáculo y todas las cosas que estaban en él, y las santificó. 11 Y roció de él sobre el altar siete veces, y ungió el altar y todos sus utensilios, y la fuente y su base, para santificarlos. 12 Y derramó del aceite de la unción sobre la cabeza de Aarón, y lo ungió para santificarlo. 13 Después Moisés hizo acercarse los hijos de Aarón, y les vistió las túnicas, les ciñó con cintos, y les ajustó las tiaras, como Jehová lo había mandado a Moisés.


14 Luego hizo traer el becerro de la expiación, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del becerro de la expiación, 15 y lo degolló; y Moisés tomó la sangre, y puso con su dedo sobre los cuernos del altar alrededor, y purificó el altar; y echó la demás sangre al pie del altar, y lo santificó para reconciliar sobre él. 16 Después tomó toda la grosura que estaba sobre los intestinos, y la grosura del hígado, y los dos riñones, y la grosura de ellos, y lo hizo arder Moisés sobre el altar. 17 Mas el becerro, su piel, su carne y su estiércol, lo quemó al fuego fuera del campamento, como Jehová lo había mandado a Moisés.


18 Después hizo que trajeran el carnero del holocausto, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero; 19 y lo degolló; y roció Moisés la sangre sobre el altar alrededor, 20 y cortó el carnero en trozos; y Moisés hizo arder la cabeza, y los trozos, y la grosura. 21 Lavó luego con agua los intestinos y las piernas, y quemó Moisés todo el carnero sobre el altar; holocausto de olor grato, ofrenda encendida para Jehová, como Jehová lo había mandado a Moisés.


22 Después hizo que trajeran el otro carnero, el carnero de las consagraciones, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero. 23 Y lo degolló; y tomó Moisés de la sangre, y la puso sobre el lóbulo de la oreja derecha de Aarón, sobre el dedo pulgar de su mano derecha, y sobre el dedo pulgar de su pie derecho. 24 Hizo acercarse luego los hijos de Aarón, y puso Moisés de la sangre sobre el lóbulo de sus orejas derechas, sobre los pulgares de sus manos derechas, y sobre los pulgares de sus pies derechos; y roció Moisés la sangre sobre el altar alrededor.


25 Después tomó la grosura, la cola, toda la grosura que estaba sobre los intestinos, la grosura del hígado, los dos riñones y la grosura de ellos, y la espaldilla derecha. 26 Y del canastillo de los panes sin levadura, que estaba delante de Jehová, tomó una torta sin levadura, y una torta de pan de aceite, y una hojaldre, y las puso con la grosura y con la espaldilla derecha. 27 Y lo puso todo en las manos de Aarón, y en las manos de sus hijos, e hizo mecerlo como ofrenda mecida delante de Jehová. 28 Después tomó aquellas cosas Moisés de las manos de ellos, y las hizo arder en el altar sobre el holocausto; eran las consagraciones en olor grato, ofrenda encendida a Jehová. 29 Y tomó Moisés el pecho, y lo meció, ofrenda mecida delante de Jehová; del carnero de las consagraciones, aquella fue la parte de Moisés, como Jehová lo había mandado a Moisés.


30 Luego tomó Moisés del aceite de la unción, y de la sangre que estaba sobre el altar, y roció sobre Aarón, y sobre sus vestiduras, sobre sus hijos, y sobre las vestiduras de sus hijos con él; y santificó a Aarón y sus vestiduras, y a sus hijos y las vestiduras de sus hijos con él.


31 Y dijo Moisés a Aarón y a sus hijos: Hervid la carne a la puerta del tabernáculo de reunión; y comedla allí con el pan que está en el canastillo de las consagraciones, según yo he mandado, diciendo: Aarón y sus hijos la comerán. 32 Y lo que sobre de la carne y del pan, lo quemaréis al fuego. 33 De la puerta del tabernáculo de reunión no saldréis en siete días, hasta el día que se cumplan los días de vuestras consagraciones; porque por siete días seréis consagrados. 34 De la manera que hoy se ha hecho, mandó hacer Jehová para expiaros. 35 A la puerta, pues, del tabernáculo de reunión estaréis día y noche por siete días, y guardaréis la ordenanza delante de Jehová, para que no muráis; porque así me ha sido mandado. 36 Y Aarón y sus hijos hicieron todas las cosas que mandó Jehová por medio de Moisés.


Comentario del Capitulo




Capítulo 18-19 El regreso a Canaán


Atravesando el Jordán, Jacob llegó “salvo a la ciudad de Siquem, que está en la tierra de Canaán”. Véase Génesis 33-37. Así quedó contestada la oración que el patriarca había elevado en Bet-el para pedir a Dios que lo ayudara a volver en paz a su propio país. Durante algún tiempo habitó en el valle de Siquem. Fue allí donde Abraham, más de cien años antes, había establecido su primer campamento y construído su primer altar en la tierra prometida. Allí Jacob “compró a los hijos de Hamor, padre de Siquem, por cien monedas, la parte del campo donde había plantado su tienda, erigió allí un altar y lo llamó “El-Elohe-Israel””. Como Abraham, Jacob levantó junto a su tienda un altar en honor a Jehová, y ante él congregaba a los miembros de su familia para el sacrificio de la mañana y de la noche. Fue allí donde cavó un pozo el cual visitaría diecisiete siglos más tarde el Salvador, descendiente de Jacob, y mientras junto a él descansaba del calor del mediodía, habló a sus admirados oyentes del agua que brota “para vida eterna”. Juan 4:14.


La permanencia de Jacob y de sus hijos en Siquem terminó en la violencia y el derramamiento de sangre. La única hija de la familia fue deshonrada y afligida; dos hermanos de esta se hicieron reos de asesinato; una ciudad entera fue víctima de la matanza y la ruina, en represalia de lo que al margen de la ley había hecho un joven impetuoso. El origen de tan terribles resultados lo hallamos en el hecho de que la hija de Jacob, salió “a ver a las hijas del país”, aventurándose así a entablar relaciones con los impíos. El que busca su placer entre los que no temen a Dios se coloca en el terreno de Satanás, y provoca sus tentaciones.


La traidora crueldad de Simeón y de Leví no fue injustificada; pero su proceder hacia los siquemitas había sido un grave pecado. Habían ocultado cuidadosamente sus intenciones a Jacob, y la noticia de su venganza lo llenó de horror. Herido en lo más profundo de su corazón por el embuste y la violencia de sus hijos, se limitó a decir: “Me habéis puesto en un grave aprieto al hacerme odioso a los habitantes de esta tierra, el cananeo y el ferezeo. Como tengo pocos hombres, se juntarán contra mí, me atacarán, y me destruirán a mí y a mi casa”. El dolor y la aversión con que miraba el acto sangriento cometido por sus hijos se manifiesta en las palabras con las cuales recordó dicha acción, casi cincuenta años más tarde cuando yacía en su lecho de muerte en Egipto: “Simeón y Leví son hermanos; armas de maldad son sus armas. En su consejo no entre mi alma, ni mi espíritu se junte en su compañía, porque en su furor mataron hombres y en su temeridad desjarretaron toros. Maldito sea su furor, que fue fiero, y su ira, que fue dura. Yo los apartaré en Jacob, los esparciré en Israel”. Génesis 49:5-7.


Jacob creyó que había motivo para humillarse profundamente. La crueldad y la mentira se manifestaban en el carácter de sus hijos. Había dioses falsos en su campamento, y hasta cierto punto la idolatría estaba ganando terreno en su familia. Si el Señor los hubiera tratado según lo merecían, ¿no habrían quedado a merced de la venganza de las naciones circunvecinas?


Mientras Jacob estaba oprimido por la pena, el Señor le mandó viajar hacia el sur, a Bet-el. El pensar en este lugar no solo le recordó su visión de los ángeles y las promesas de la gracia divina, sino también el voto que él había hecho allí de que el Señor sería su Dios. Determinó que antes de marchar hacia ese lugar sagrado, su casa debía quedar libre de la mancha de la idolatría. Por lo tanto, recomendó a todos los que estaban en su campamento: “Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, limpiaos y mudad vuestros vestidos. Levantémonos y subamos a Bet-el, pues y allí haré un altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia y que ha estado conmigo en el camino que he andado”.


Con honda emoción, Jacob repitió la historia de su primera visita a Bet-el, cuando, como solitario viajero que había dejado la tienda de su padre, huía para salvar su vida, y contó cómo el Señor le había aparecido en visión nocturna. Mientras reseñaba cuán maravillosamente Dios había procedido con él, se enterneció su corazón, y sus hijos también fueron conmovidos por un poder subyugador; había tomado la medida más eficaz para prepararlos a fin de que se unieran con él en la adoración de Dios cuando llegaran a Bet-el. “Ellos entregaron a Jacob todos los dioses ajenos que tenían en su poder y los zarcillos que llevaban en sus orejas, y Jacob los escondió debajo de una encina que había junto a Siquem” Dios infundió temor a los habitantes de aquel lugar, de modo que no trataron de vengar la matanza de Siquem. Los viajeros llegaron a Bet-el sin ser molestados. Allí volvió a aparecer el Señor a Jacob, y le repitió la promesa del pacto.


En Bet-el, Jacob tuvo que llorar la pérdida de una persona que había sido por mucho tiempo un miembro honrado de la familia de su padre, Débora, la nodriza de Rebeca, que había acompañado a su señora de Mesopotamia a la tierra de Canaán. La presencia de esta anciana había sido para Jacob un precioso vínculo que lo había mantenido unido a su juventud, y especialmente a su madre cuyo cariño hacia él había sido tan fuerte y tierno. Débora fue sepultada con tanto dolor que la encina bajo la cual se cavó su tumba, fue llamada “la encina del llanto”. No debe olvidarse que el recuerdo, tanto de esa vida consagrada a un servicio fiel como del luto por esta amiga de la casa de Isaac, fue considerado digno de mencionarse en la Palabra de Dios.







Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.







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