Miércoles 25 de Junio de 2025.
- daniela0780
- 25 jun 2025
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Éxodo 20 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Los Diez Mandamientos
(Dt. 5.1-21)
1 Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: 2 Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.
3 No tendrás dioses ajenos delante de mí.
4 No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. 5 No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, 6 y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.
7 No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.
8 Acuérdate del día de reposo para santificarlo. 9 Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; 10 mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. 11 Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.
12 Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.
13 No matarás.
14 No cometerás adulterio.
15 No hurtarás.
16 No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
17 No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.
El terror del pueblo
(Dt. 5.22-33)
18 Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos. 19 Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos. 20 Y Moisés respondió al pueblo: No temáis; porque para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis.
21 Entonces el pueblo estuvo a lo lejos, y Moisés se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios. 22 Y Jehová dijo a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Vosotros habéis visto que he hablado desde el cielo con vosotros. 23 No hagáis conmigo dioses de plata, ni dioses de oro os haréis. 24 Altar de tierra harás para mí, y sacrificarás sobre él tus holocaustos y tus ofrendas de paz, tus ovejas y tus vacas; en todo lugar donde yo hiciere que esté la memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré. 25 Y si me hicieres altar de piedras, no las labres de cantería; porque si alzares herramienta sobre él, lo profanarás. 26 No subirás por gradas a mi altar, para que tu desnudez no se descubra junto a él.
Comentario del Capitulo

Capítulo 13 La prueba de la fe
La orden fue expresada con palabras que debieron torturar angustiosamente el corazón de aquel padre: “Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, vete a tierra de Moriah y ofrécelo allí en holocausto”. Génesis 22:2. Isaac era la luz de su casa, el solaz de su vejez, y sobre todo era el heredero de la bendición prometida. La pérdida de este hijo por un accidente o alguna enfermedad habría partido el corazón del amante padre; hubiera doblado de pesar su encanecida cabeza; pero he aquí que se le ordenaba que con su propia mano derramara la sangre de ese hijo. Le parecía que se trataba de una espantosa imposibilidad.
Satanás estaba listo para sugerirle que se engañaba, pues la ley divina mandaba: “No matarás”, y Dios no habría de exigir lo que una vez había prohibido. Abraham salió de su tienda y miró hacia el sereno resplandor del firmamento despejado, y recordó la promesa que se le había hecho casi cincuenta años antes, a saber, que su simiente sería innumerable como las estrellas. Si se había de cumplir esta promesa por medio de Isaac, ¿cómo podía matarlo? Abraham estuvo tentado a creer que se engañaba. Dominado por la duda y la angustia, se arrodilló y oró como nunca lo había hecho antes, para pedir que se le confirmara si debía llevar a cabo o no esta terrible orden. Recordó a los ángeles que fueron enviados para revelarle el propósito de Dios sobre la destrucción de Sodoma, y que le prometieron este mismo hijo Isaac. Vino al sitio donde varias veces se había encontrado con los mensajeros celestiales, esperando hallarlos allí otra vez y recibir más instrucción; pero ninguno de ellos vino en su ayuda. Parecía que las tinieblas le habían cercado; pero la orden de Dios resonaba en sus oídos: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas”. Aquel mandato debía ser obedecido, y él no se atrevió a retardarse. La luz del día se aproximaba, y debía ponerse en marcha.
Abraham regresó a su tienda, y fue al sitio donde Isaac dormía profundamente el tranquilo sueño de la juventud y la inocencia. Durante unos instantes el padre miró el rostro amado de su hijo, y se alejó temblando. Fue al lado de Sara, quien también dormía. ¿Debía despertarla, para que abrazara a su hijo por última vez? ¿Debía comunicarle la exigencia de Dios? Anhelaba descargar su corazón compartiendo con su esposa esta terrible responsabilidad; pero se vió cohibido por el temor de que ella le pusiera obstáculos. Isaac era la delicia y el orgullo de Sara; la vida de ella estaba ligada a él, y el amor materno podría rehusar el sacrificio.
Abraham, por último, llamó a su hijo y le comunicó que había recibido el mandato de ofrecer un sacrificio en una montaña distante. A menudo había acompañado Isaac a su padre para adorar en algunos de los distintos altares que señalaban su peregrinaje, de modo que este llamamiento no lo sorprendió, y pronto terminaron los preparativos para el viaje. Se alistó la leña y se la cargó sobre un asno, y acompañados de dos siervos iniciaron el viaje.
Padre e hijo caminaban el uno junto al otro en silencio. El patriarca, reflexionando en su pesado secreto, no tenía valor para hablar. Pensaba en la amante y orgullosa madre, y en el día en que él habría de regresar solo adonde ella estaba. Sabía muy bien que, al quitarle la vida a su hijo, el cuchillo heriría el corazón de ella.
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