Miércoles 28 de Diciembre de 2025.
- 28 ene
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2 Samuel 20 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Sublevación de Seba
1 Aconteció que se hallaba allí un hombre perverso que se llamaba Seba hijo de Bicri, hombre de Benjamín, el cual tocó la trompeta, y dijo: No tenemos nosotros parte en David, ni heredad con el hijo de Isaí. ¡Cada uno a su tienda, Israel! 2 Así todos los hombres de Israel abandonaron a David, siguiendo a Seba hijo de Bicri; mas los de Judá siguieron a su rey desde el Jordán hasta Jerusalén.
3 Y luego que llegó David a su casa en Jerusalén, tomó el rey las diez mujeres concubinas que había dejado para guardar la casa, y las puso en reclusión, y les dio alimentos; pero nunca más se llegó a ellas, sino que quedaron encerradas hasta que murieron, en viudez perpetua.
4 Después dijo el rey a Amasa: Convócame a los hombres de Judá para dentro de tres días, y hállate tú aquí presente. 5 Fue, pues, Amasa para convocar a los de Judá; pero se detuvo más del tiempo que le había sido señalado. 6 Y dijo David a Abisai: Seba hijo de Bicri nos hará ahora más daño que Absalón; toma, pues, tú los siervos de tu señor, y ve tras él, no sea que halle para sí ciudades fortificadas, y nos cause dificultad. 7 Entonces salieron en pos de él los hombres de Joab, y los cereteos y peleteos y todos los valientes; salieron de Jerusalén para ir tras Seba hijo de Bicri. 8 Y estando ellos cerca de la piedra grande que está en Gabaón, les salió Amasa al encuentro. Y Joab estaba ceñido de su ropa, y sobre ella tenía pegado a sus lomos el cinto con una daga en su vaina, la cual se le cayó cuando él avanzó. 9 Entonces Joab dijo a Amasa: ¿Te va bien, hermano mío? Y tomó Joab con la diestra la barba de Amasa, para besarlo. 10 Y Amasa no se cuidó de la daga que estaba en la mano de Joab; y este le hirió con ella en la quinta costilla, y derramó sus entrañas por tierra, y cayó muerto sin darle un segundo golpe.
Después Joab y su hermano Abisai fueron en persecución de Seba hijo de Bicri. 11 Y uno de los hombres de Joab se paró junto a él, diciendo: Cualquiera que ame a Joab y a David, vaya en pos de Joab. 12 Y Amasa yacía revolcándose en su sangre en mitad del camino; y todo el que pasaba, al verle, se detenía; y viendo aquel hombre que todo el pueblo se paraba, apartó a Amasa del camino al campo, y echó sobre él una vestidura. 13 Luego que fue apartado del camino, pasaron todos los que seguían a Joab, para ir tras Seba hijo de Bicri.
14 Y él pasó por todas las tribus de Israel hasta Abel-bet-maaca y todo Barim; y se juntaron, y lo siguieron también. 15 Y vinieron y lo sitiaron en Abel-bet-maaca, y pusieron baluarte contra la ciudad, y quedó sitiada; y todo el pueblo que estaba con Joab trabajaba por derribar la muralla. 16 Entonces una mujer sabia dio voces en la ciudad, diciendo: Oíd, oíd; os ruego que digáis a Joab que venga acá, para que yo hable con él. 17 Cuando él se acercó a ella, dijo la mujer: ¿Eres tú Joab? Y él respondió: Yo soy. Ella le dijo: Oye las palabras de tu sierva. Y él respondió: Oigo. 18 Entonces volvió ella a hablar, diciendo: Antiguamente solían decir: Quien preguntare, pregunte en Abel; y así concluían cualquier asunto. 19 Yo soy de las pacíficas y fieles de Israel; pero tú procuras destruir una ciudad que es madre en Israel. ¿Por qué destruyes la heredad de Jehová? 20 Joab respondió diciendo: Nunca tal, nunca tal me acontezca, que yo destruya ni deshaga. 21 La cosa no es así: mas un hombre del monte de Efraín, que se llama Seba hijo de Bicri, ha levantado su mano contra el rey David; entregad a ese solamente, y me iré de la ciudad. Y la mujer dijo a Joab: He aquí su cabeza te será arrojada desde el muro. 22 La mujer fue luego a todo el pueblo con su sabiduría; y ellos cortaron la cabeza a Seba hijo de Bicri, y se la arrojaron a Joab. Y él tocó la trompeta, y se retiraron de la ciudad, cada uno a su tienda. Y Joab se volvió al rey a Jerusalén.
Oficiales de David
(2 S. 8.15-18; 1 Cr. 18.14-17)
23 Así quedó Joab sobre todo el ejército de Israel, y Benaía hijo de Joiada sobre los cereteos y peleteos, 24 y Adoram sobre los tributos, y Josafat hijo de Ahilud era el cronista. 25 Seva era escriba, y Sadoc y Abiatar, sacerdotes, 26 e Ira jaireo fue también sacerdote de David.
Comentario del Capitulo

Capítulo 59 El primer rey de Israel
Las cualidades personales del futuro monarca eran tales que halagaban el orgullo que había impulsado el corazón del pueblo a desear un rey. “Entre los hijos de Israel no había otro más hermoso que él”. De porte noble y digno, en la flor de la vida, bien parecido y alto, parecía nacido para mandar. Sin embargo, a pesar de estos atractivos exteriores, Saúl carecía de las cualidades superiores que constituyen la verdadera sabiduría. No había aprendido en su juventud a dominar sus pasiones impetuosas y temerarias; jamás había sentido el poder renovador de la gracia divina.
Saúl era hijo de un jefe poderoso y opulento; sin embargo, de acuerdo con la sencillez de la vida de aquel entonces, desempeñaba con su padre los humildes deberes de un agricultor. Habiéndose extraviado algunos animales de su padre, Saúl salió a buscarlos con un criado. Los buscaron en vano durante tres días, cuando, en vista de que no estaban lejos de Ramá (véase el Apéndice, nota 12), donde vivía Samuel, el siervo propuso que fueran a consultar al profeta acerca del ganado perdido. “Mira, tengo aquí en mi mano la cuarta parte de un siclo de plata -dijo-; se lo daré al varón de Dios, para que nos indique el camino”. Esto concordaba con las costumbres de aquel tiempo. Al acercarse alguien a una persona que le fuera superior en categoría o cargo, le ofrecía un pequeño regalo, como testimonio de respeto.
Al aproximarse a la ciudad, encontraron a unas jóvenes que habían ido a sacar agua, y les preguntaron por el vidente. En contestación, ellas manifestaron que se iba a realizar un servicio religioso, que el profeta ya había llegado, pues habría un sacrificio “en un lugar alto”, y luego un festín de sacrificio.
Bajo la administración de Samuel se había producido un gran cambio. Cuando Dios lo llamó por primera vez, los servicios del santuario eran considerados con desdén. “Los hombres menospreciaban los sacrificios de Jehová”. 1 Samuel 2:17. Pero ahora se rendía culto a Dios en todo el país, y el pueblo manifestaba vivo interés en los servicios religiosos. Como no había servicio en el tabernáculo, los sacrificios se ofrecían en ese entonces en otros lugares; y para este fin se elegían las ciudades de los sacerdotes y de los levitas adonde el pueblo iba para instruirse. Los puntos más altos de estas ciudades se escogían generalmente como sitios de sacrificio, y a esto se refería la expresión “en un lugar alto”.
En la puerta de la ciudad, Saúl se encontró con el profeta mismo. Dios le había revelado a Samuel que en esa ocasión el rey escogido para Israel se presentaría delante de él. Mientras estaban uno frente al otro, el Señor le dijo a Samuel: “Este es el varón del cual te hablé; él gobernará a mi pueblo”. A la petición de Saúl: “Te ruégo que me enseñes dónde está la casa del vidente”, Samuel respondió: “Yo soy el vidente”. Asegurándole también que los animales perdidos habían sido encontrados, le exhortó a que se quedara y asistiera al festín, al mismo tiempo que le hacía una insinuación acerca del gran destino que le esperaba: “¿para quién es todo lo que hay de codiciable en Israel, sino para ti y para toda la casa de tu padre?”
Las palabras del profeta conmovieron el corazón del que lo escuchaba. No podía menos que percibir algo de su significado; pues la demanda por tener un rey había llegado a ser asunto de interés absorbente para toda la nación. No obstante, con modestia Saúl contestó: “¿No soy yo hijo de Benjamín, de la más pequeña de las tribus de Israel? Y mi familia ¿no es la más pequeña de todas las familias de la tribu de Benjamín? ¿Por qué, pues, me has dicho cosa semejante?” 1 Samuel 9:21.
Samuel condujo al forastero al sitio de la asamblea, donde los hombres principales de la ciudad se encontraban reunidos. Entre ellos, por orden del profeta, se le dio a Saúl el sitio de honor, y en el festín se le dio la mejor porción. Terminados los servicios, Samuel llevó a su huésped a su casa. Allí conversó con él en la terraza y le presentó los grandes principios sobre los cuales se había fundado el gobierno de Israel, y procuró así darle cierta preparación para su elevado cargo.
Cuando Saúl se marchó, temprano por la mañana siguiente, el profeta lo acompañó. Cuando hubieron atravesado la ciudad, pidió que el siervo siguiera adelante. Cuando este se alejó, Samuel ordenó a Saúl que se detuviera para recibir un mensaje que Dios le enviaba. “Tomó entonces Samuel una redoma de aceite, la derramó sobre su cabeza, lo besó, y le dijo: “¿No te ha ungido Jehová por príncipe sobre su pueblo Israel?”” 1 Samuel 10:1. Como evidencia de que hacía esto por autoridad divina, le predijo los incidentes que le ocurrirían en su viaje de regreso a su casa, y le aseguró a Saúl que el Espíritu de Dios le capacitaría para ocupar el cargo que le esperaba. “El Espíritu de Jehová vendrá sobre tí”, le dijo el profeta, “y serás mudado en otro hombre. Y cuando se te hayan cumplido estas señales, haz lo que bien te parezca, porque Dios está contigo”.
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