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Miércoles 3 de Septiembre de 2025.

  • daniela0780
  • 3 sept 2025
  • 5 Min. de lectura

Números 23 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



1 Y Balaam dijo a Balac: Edifícame aquí siete altares, y prepárame aquí siete becerros y siete carneros. 2 Balac hizo como le dijo Balaam; y ofrecieron Balac y Balaam un becerro y un carnero en cada altar. 3 Y Balaam dijo a Balac: Ponte junto a tu holocausto, y yo iré; quizá Jehová me vendrá al encuentro, y cualquiera cosa que me mostrare, te avisaré. Y se fue a un monte descubierto. 4 Y vino Dios al encuentro de Balaam, y este le dijo: Siete altares he ordenado, y en cada altar he ofrecido un becerro y un carnero. 5 Y Jehová puso palabra en la boca de Balaam, y le dijo: Vuelve a Balac, y dile así. 6 Y volvió a él, y he aquí estaba él junto a su holocausto, él y todos los príncipes de Moab. 7 Y él tomó su parábola, y dijo:


De Aram me trajo Balac,


Rey de Moab, de los montes del oriente;


Ven, maldíceme a Jacob,


Y ven, execra a Israel.


8 ¿Por qué maldeciré yo al que Dios no maldijo?


¿Y por qué he de execrar al que Jehová no ha execrado?


9 Porque de la cumbre de las peñas lo veré,


Y desde los collados lo miraré;


He aquí un pueblo que habitará confiado,


Y no será contado entre las naciones.


10 ¿Quién contará el polvo de Jacob,


O el número de la cuarta parte de Israel?


Muera yo la muerte de los rectos,


Y mi postrimería sea como la suya.


11 Entonces Balac dijo a Balaam: ¿Qué me has hecho? Te he traído para que maldigas a mis enemigos, y he aquí has proferido bendiciones. 12 Él respondió y dijo: ¿No cuidaré de decir lo que Jehová ponga en mi boca?


13 Y dijo Balac: Te ruego que vengas conmigo a otro lugar desde el cual los veas; solamente los más cercanos verás, y no los verás todos; y desde allí me los maldecirás. 14 Y lo llevó al campo de Zofim, a la cumbre de Pisga, y edificó siete altares, y ofreció un becerro y un carnero en cada altar. 15 Entonces él dijo a Balac: Ponte aquí junto a tu holocausto, y yo iré a encontrar a Dios allí. 16 Y Jehová salió al encuentro de Balaam, y puso palabra en su boca, y le dijo: Vuelve a Balac, y dile así. 17 Y vino a él, y he aquí que él estaba junto a su holocausto, y con él los príncipes de Moab; y le dijo Balac: ¿Qué ha dicho Jehová? 18 Entonces él tomó su parábola, y dijo:


Balac, levántate y oye;


Escucha mis palabras, hijo de Zipor:


19 Dios no es hombre, para que mienta,


Ni hijo de hombre para que se arrepienta.


Él dijo, ¿y no hará?


Habló, ¿y no lo ejecutará?


20 He aquí, he recibido orden de bendecir;


Él dio bendición, y no podré revocarla.


21 No ha notado iniquidad en Jacob,


Ni ha visto perversidad en Israel.


Jehová su Dios está con él,


Y júbilo de rey en él.


22 Dios los ha sacado de Egipto;


Tiene fuerzas como de búfalo.


23 Porque contra Jacob no hay agüero,


Ni adivinación contra Israel.


Como ahora, será dicho de Jacob y de Israel:


¡Lo que ha hecho Dios!


24 He aquí el pueblo que como león se levantará,


Y como león se erguirá;


No se echará hasta que devore la presa,


Y beba la sangre de los muertos.


25 Entonces Balac dijo a Balaam: Ya que no lo maldices, tampoco lo bendigas. 26 Balaam respondió y dijo a Balac: ¿No te he dicho que todo lo que Jehová me diga, eso tengo que hacer? 27 Y dijo Balac a Balaam: Te ruego que vengas, te llevaré a otro lugar; por ventura parecerá bien a Dios que desde allí me lo maldigas. 28 Y Balac llevó a Balaam a la cumbre de Peor, que mira hacia el desierto. 29 Entonces Balaam dijo a Balac: Edifícame aquí siete altares, y prepárame aquí siete becerros y siete carneros. 30 Y Balac hizo como Balaam le dijo; y ofreció un becerro y un carnero en cada altar.



Comentario del Capitulo




Capítulo 26 Del Mar Rojo al Sinaí


Dios requiere que hoy su santo día se observe tan sagradamente como en el tiempo de Israel. El mandamiento que se dio a los hebreos debe ser considerado por todos los cristianos como una orden de parte de Dios para ellos. El día anterior al sábado debe ser un día de preparación a fin de que todo esté listo para sus horas sagradas. En ningún caso debemos permitir que nuestros propios negocios ocupen el tiempo sagrado. Dios ha mandado que se atienda a los que sufren y a los enfermos; el trabajo necesario para darles bienestar es una obra de misericordia, y no es una violación del sábado; pero todo trabajo innecesario debe evitarse. Muchos, por descuido, postergan hasta el inicio del sábado cosas pequeñas que pudieron haberse hecho en el día de preparación. Esto no debe ocurrir. El trabajo que no se hizo antes del principio del sábado debe quedar sin hacerse hasta que pase ese día. Este procedimiento fortalecería la memoria de los olvidadizos, y los ayudaría a realizar sus tareas en los seis días de trabajo.


Cada semana, durante su largo peregrinaje en el desierto, los israelitas presenciaron un triple milagro que debía inculcarles la santidad del sábado: cada sexto día caía doble cantidad de maná, nada caía el día séptimo, y la porción necesaria para el sábado se conservaba dulce sin descomponerse, mientras que si se guardaba los otros días, se descomponía.


En las circunstancias relacionadas con el envío del maná, tenemos evidencia conclusiva de que el sábado no fue establecido, como muchos alegan, cuando la ley se dio en el Sinaí. Antes de que los israelitas llegaran al Sinaí, comprendían perfectamente que tenían la obligación de guardar el sábado. Al tener que recoger cada viernes doble porción de maná en preparación para el sábado, día en que no caía, la naturaleza sagrada del día de descanso les era recordada de continuo. Y cuando parte del pueblo salió en sábado a recoger maná, el Señor preguntó: “¿Hasta cuándo os negaréis a guardar mis mandamientos y mis leyes?”


“Así comieron los hijos de Israel maná cuarenta años, hasta que entraron a tierra habitada; maná comieron hasta que llegaron a los límites de la tierra de Canaán”. Durante cuarenta años se les recordó diariamente mediante esta milagrosa provisión, el infaltable cuidado y el tierno amor de Dios. Conforme a las palabras del salmista, Dios les dio “trigo del cielo; pan de ángeles comió el hombre” (Salmos 78:24, 25, VM); es decir, alimentos provistos para ellos por los ángeles. Sostenidos por el “trigo del cielo”, recibían diariamente la lección de que, teniendo la promesa de Dios, estaban tan seguros contra la necesidad como si estuvieran rodeados de los ondulantes trigales de las fértiles llanuras de Canaán.


El maná que caía del cielo para el sustento de Israel era un símbolo de Aquel que vino de Dios a dar vida al mundo. Dijo Jesús: “Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y aun así murieron. Este es el pan que desciende del cielo [...]. Si alguien come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo”. Juan 6:48-51. Y entre las bendiciones prometidas al pueblo de Dios para la vida futura, se escribió: “Al vencedor le daré de comer del maná escondido”. Apocalipsis 2:17.


Después de salir del desierto de Sin, los israelitas acamparon en Refidín. Allí no había agua, y de nuevo desconfiaron de la providencia de Dios. En su ceguera y presunción el pueblo vino a Moisés con la exigencia: “Danos agua para que bebamos”. Pero Moisés no perdió la paciencia. “¿Por qué disputáis conmigo? ¿Por qué tentáis a Jehová?” Ellos exclamaron airados: “¿Por qué nos hiciste subir de Egipto, para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?”






Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.







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