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Miércoles 4 de Diciembre 2024.

  • daniela0780
  • 4 dic 2024
  • 6 Min. de lectura

Romanos 10 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.



1 Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación. 2 Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. 3 Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; 4 porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.


5 Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas. 6 Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); 7 o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). 8 Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: 9 que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. 10 Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. 11 Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. 12 Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; 13 porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.


14 ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? 15 ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! 16 Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? 17 Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. 18 Pero digo: ¿No han oído? Antes bien,


Por toda la tierra ha salido la voz de ellos,


Y hasta los fines de la tierra sus palabras.


19 También digo: ¿No ha conocido esto Israel? Primeramente Moisés dice:


Yo os provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo;


Con pueblo insensato os provocaré a ira.


20 E Isaías dice resueltamente:


Fui hallado de los que no me buscaban;


Me manifesté a los que no preguntaban por mí.


21 Pero acerca de Israel dice: Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor.


Comentario del Capitulo




Capítulo 78 El Calvario


Los enemigos de Jesús desahogaron su ira sobre él mientras pendía de la cruz. Sacerdotes, príncipes y escribas se unieron a la muchedumbre para burlarse del Salvador moribundo. En ocasión del bautismo y de la transfiguración, se había oído la voz de Dios proclamar a Cristo como su Hijo. Nuevamente, precisamente antes de la entrega de Cristo, el Padre había hablado y atestiguado su divinidad. Pero ahora la voz del cielo callaba. Ningún testimonio se oía en favor de Cristo. Solo, sufría los ultrajes y las burlas de los hombres perversos.


“Si eres Hijo de Dios—decían,—desciende de la cruz.” “Sálvese a sí, si éste es el Mesías, el escogido de Dios.” En el desierto de la tentación, Satanás había declarado: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan.” “Si eres Hijo de Dios, échate abajo” desde el pináculo del templo. Y Satanás, con ángeles suyos en forma humana, estaba presente al lado de la cruz. El gran enemigo y sus huestes cooperaban con los sacerdotes y príncipes. Los maestros del pueblo habían incitado a la turba ignorante a pronunciar juicio contra Uno a quien muchos no habían mirado hasta que se les instó a que diesen testimonio contra él. Los sacerdotes, los príncipes, los fariseos y el populacho empedernido estaban confederados en un frenesí satánico. Los dirigentes religiosos se habían unido con Satanás y sus ángeles. Estaban cumpliendo sus órdenes.


Jesús, sufriendo y moribundo, oía cada palabra mientras los sacerdotes declaraban: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos.” Cristo podría haber descendido de la cruz. Pero por el hecho de que no quiso salvarse a sí mismo tiene el pecador esperanza de perdón y favor con Dios.


Mientras se burlaban del Salvador, los hombres que profesaban ser expositores de la profecía repetían las mismas palabras que la Inspiración había predicho que pronunciarían en esta ocasión. Sin embargo, en su ceguera, no vieron que estaban cumpliendo la profecía. Los que con irrisión dijeron: “Confió en Dios: líbrele ahora si le quiere: porque ha dicho: Soy Hijo de Dios,” no pensaron que su testimonio repercutiría a través de los siglos. Pero aunque fueron dichas en son de burla, estas palabras indujeron a los hombres a escudriñar las Escrituras como nunca lo habían hecho antes. Hombres sabios oyeron, escudriñaron, reflexionaron y oraron. Hubo quienes no descansaron hasta que, por la comparación de un pasaje de la Escritura con otro, vieron el significado de la misión de Cristo. Nunca antes hubo un conocimiento tan general de Jesús como una vez que fué colgado de la cruz. En el corazón de muchos de aquellos que presenciaron la crucifixión y oyeron las palabras de Cristo resplandeció la luz de la verdad.


Durante su agonía sobre la cruz, llegó a Jesús un rayo de consuelo. Fué la petición del ladrón arrepentido. Los dos hombres crucificados con Jesús se habían burlado de él al principio; y por efecto del padecimiento uno de ellos se volvió más desesperado y desafiante. Pero no sucedió así con su compañero. Este hombre no era un criminal empedernido. Había sido extraviado por las malas compañías, pero era menos culpable que muchos de aquellos que estaban al lado de la cruz vilipendiando al Salvador. Había visto y oído a Jesús y se había convencido por su enseñanza, pero había sido desviado de él por los sacerdotes y príncipes. Procurando ahogar su convicción, se había hundido más y más en el pecado, hasta que fué arrestado, juzgado como criminal y condenado a morir en la cruz. En el tribunal y en el camino al Calvario, había estado en compañía de Jesús. Había oído a Pilato declarar: “Ningún crimen hallo en él.” Había notado su porte divino y el espíritu compasivo de perdón que manifestaba hacia quienes le atormentaban. En la cruz, vió a los muchos que hacían gran profesión de religión sacarle la lengua con escarnio y ridiculizar al Señor Jesús. Vió las cabezas que se sacudían, oyó cómo su compañero de culpabilidad repetía las palabras de reproche: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.” Entre los que pasaban, oía a muchos que defendían a Jesús. Les oía repetir sus palabras y hablar de sus obras. Penetró de nuevo en su corazón la convicción de que era el Cristo. Volviéndose hacia su compañero culpable, dijo: “¿Ni aun tú temes a Dios, estando en la misma condenación?” Los ladrones moribundos no tenían ya nada que temer de los hombres. Pero uno de ellos sentía la convicción de que había un Dios a quien temer, un futuro que debía hacerle temblar. Y ahora, así como se hallaba, todo manchado por el pecado, se veía a punto de terminar la historia de su vida. “Y nosotros, a la verdad, justamente padecemos—gimió,—porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos: mas éste ningún mal hizo.”


Nada ponía ya en tela de juicio. No expresaba dudas ni reproches. Al ser condenado por su crimen, el ladrón se había llenado de desesperación; pero ahora brotaban en su mente pensamientos extraños, impregnados de ternura. Recordaba todo lo que había oído decir acerca de Jesús, cómo había sanado a los enfermos y perdonado el pecado. Había oído las palabras de los que creían en Jesús y le seguían llorando. Había visto y leído el título puesto sobre la cabeza del Salvador. Había oído a los transeúntes repetirlo, algunos con labios temblorosos y afligidos, otros con escarnio y burla. El Espíritu Santo iluminó su mente y poco a poco se fué eslabonando la cadena de la evidencia. En Jesús, magullado, escarnecido y colgado de la cruz, vió al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. La esperanza se mezcló con la angustia en su voz, mientras que su alma desamparada se aferraba de un Salvador moribundo. “Señor, acuérdate de mí—exclamó,—cuando vinieres en tu reino.”


Prestamente llegó la respuesta. El tono era suave y melodioso, y las palabras, llenas de amor, compasión y poder: De cierto te digo hoy: estarás conmigo en el paraíso.


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