Sábado 17 de Enero de 2025.
- 17 ene
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2 Samuel 9 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Bondad de David hacia Mefi-boset
1 Dijo David: ¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán? 2 Y había un siervo de la casa de Saúl, que se llamaba Siba, al cual llamaron para que viniese a David. Y el rey le dijo: ¿Eres tú Siba? Y él respondió: Tu siervo. 3 El rey le dijo: ¿No ha quedado nadie de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia de Dios? Y Siba respondió al rey: Aún ha quedado un hijo de Jonatán, lisiado de los pies. 4 Entonces el rey le preguntó: ¿Dónde está? Y Siba respondió al rey: He aquí, está en casa de Maquir hijo de Amiel, en Lodebar. 5 Entonces envió el rey David, y le trajo de la casa de Maquir hijo de Amiel, de Lodebar. 6 Y vino Mefi-boset, hijo de Jonatán hijo de Saúl, a David, y se postró sobre su rostro e hizo reverencia. Y dijo David: Mefi-boset. Y él respondió: He aquí tu siervo. 7 Y le dijo David: No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre, y te devolveré todas las tierras de Saúl tu padre; y tú comerás siempre a mi mesa. 8 Y él inclinándose, dijo: ¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?
9 Entonces el rey llamó a Siba siervo de Saúl, y le dijo: Todo lo que fue de Saúl y de toda su casa, yo lo he dado al hijo de tu señor. 10 Tú, pues, le labrarás las tierras, tú con tus hijos y tus siervos, y almacenarás los frutos, para que el hijo de tu señor tenga pan para comer; pero Mefi-boset el hijo de tu señor comerá siempre a mi mesa. Y tenía Siba quince hijos y veinte siervos. 11 Y respondió Siba al rey: Conforme a todo lo que ha mandado mi señor el rey a su siervo, así lo hará tu siervo. Mefi-boset, dijo el rey, comerá a mi mesa, como uno de los hijos del rey. 12 Y tenía Mefi-boset un hijo pequeño, que se llamaba Micaía. Y toda la familia de la casa de Siba eran siervos de Mefi-boset. 13 Y moraba Mefi-boset en Jerusalén, porque comía siempre a la mesa del rey; y estaba lisiado de ambos pies.
Comentario del Capitulo

Capítulo 56-57 El arca tomada por los filisteos
A todo Israel se le había enseñado a considerar el arca con temor y reverencia. Cuando había que trasladarla de un lugar a otro, los levitas ni siquiera debían mirarla. Solamente una vez al año se le permitía al sumo sacerdote contemplar el arca de Dios. Hasta los filisteos paganos no se habían atrevido a quitarle los envoltorios. Ángeles celestiales invisibles la habían acompañado en todos sus viajes. La irreverente osadía de los bet-semitas fue castigada inmediato. Muchos fueron heridos de muerte repentina.
Este juicio no indujo a los sobrevivientes a arrepentirse de su pecado, sino solo a considerar el arca con temor supersticioso. Ansiosos de deshacerse de su presencia, y no atreviéndose, sin embargo, a trasladarla a otro sitio, los bet-semitas enviaron un mensaje a los habitantes de Quiriat-jearim, para invitarlos a que se la llevaran. Con gran regocijo los hombres de dicho lugar dieron la bienvenida al arca sagrada. Sabían muy bien que ella era garantía del favor divino para los obedientes y fieles. Con alegría solemne la condujeron a su ciudad, y la pusieron en la casa de Abinadab, levita que habitaba allí. Este hombre designó a su hijo Eleazar para que se encargara de ella; y el arca permaneció allí muchos años.
Durante los años transcurridos desde que el Señor se manifestó por primera vez al hijo de Ana, el llamamiento a Samuel al cargo profético había sido reconocido por toda la nación. Al transmitir fielmente la divina advertencia a la casa de Elí, por penoso que fuera dicho deber, Samuel había dado pruebas evidentes de su fidelidad como mensajero de Jehová, “y Jehová estaba con él; y no dejó sin cumplir ninguna de sus palabras. Todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, supo que Samuel era fiel profeta de Jehová”.
Los israelitas aun continuaban, como nación, en un estado de irreligión e idolatría, y como castigo permanecían sujetos a los filisteos. Mientras tanto, Samuel visitaba las ciudades y aldeas de todo el país, procurando hacer volver el corazón del pueblo al Dios de sus padres; y sus esfuerzos no quedaron sin buenos resultados. Después de sufrir la opresión de sus enemigos durante veinte años, “toda la casa de Israel suspiraba por Jehová”. Samuel les aconsejó: “Si de todo vuestro corazón os volvéis a Jehová, quitad de entre vosotros los dioses ajenos y a Astarot, dedicad vuestro corazón a Jehová y servidle solo a él”. Aquí vemos que la piedad práctica, la religión del corazón, era enseñada en los días de Samuel como lo fue por Cristo cuando estuvo en la tierra. Sin la gracia de Cristo, de nada le valían al Israel de antaño las formas externas de la religión. Tampoco valen para el Israel moderno.
Es hoy muy necesario que la verdadera religión del corazón reviva como sucedió en el antiguo Israel. El arrepentimiento es el primer paso que debe dar todo aquel que quiera volver a Dios. Nadie puede hacer esta obra por otro. Individualmente debemos humillar nuestras almas ante Dios, y apartar nuestros ídolos. Cuando hayamos hecho todo lo que podamos, el Señor nos manifestará su salvación.
Con la cooperación de los jefes de las tribus, se reunió una gran asamblea en Mizpa. Allí se celebró un ayuno solemne. Con profunda humillación, el pueblo confesó sus pecados; y en testimonio de su resolución de obedecer las instrucciones que había oído, invistió a Samuel con la autoridad de juez.
Los filisteos interpretaron esta reunión como un consejo de guerra, y con un ejército poderoso quisieron dispersar a los israelitas antes de que sus proyectos maduraran. Las noticias de su próxima llegada infundieron gran terror a Israel. El pueblo pidió a Samuel: “No ceses de clamar por nosotros a Jehová nuestro Dios, que nos guarde de mano de los filisteos”.
Mientras Samuel estaba ofreciendo un cordero en holo-causto, los filisteos se acercaron para dar batalla. Entonces el Todopoderoso que había descendido sobre el Sinaí en medio del fuego, del humo y del trueno, el que había dividido el Mar Rojo, y que había abierto un camino por el Jordán para los hijos de Israel, manifestó su poder una vez más. Una tempestad terrible se desató sobre el ejército que avanzaba, y por la tierra quedaron sembrados los cadáveres de guerreros poderosos.
Los israelitas habían permanecido quietos, en silencioso asombro, temblando de esperanza y de temor. Cuando presenciaron la matanza de sus enemigos, se dieron cuenta de que Dios había aceptado su arrepentimiento. A pesar de que no estaban preparados para la batalla, se apoderaron de las armas de los filisteos muertos, y persiguieron al ejército que huía hasta Bet-car. Esta maravillosa victoria se obtuvo en el mismo campo donde, veinte años antes, las huestes filisteas, habían derrotado a Israel, matado a los sacerdotes y tomado el arca de Dios. Para las naciones así como para los individuos, el camino de la obediencia a Dios es el sendero de la seguridad y de la felicidad, mientras que, por otro lado, el de la transgresión conduce tan solo al desastre y la derrota. Los filisteos quedaron entonces tan completamente subyugados, que entregaron las fortalezas que habían arrebatado a Israel, y se abstuvieron de todo acto de hostilidad durante muchos años. Otras naciones siguieron este ejemplo, y los israelitas gozaron de paz hasta el fin de la administración única de Samuel.
Para que aquel acontecimiento no fuera olvidado, Samuel hizo erigir, entre Mizpa y Sen, una enorme peña como monumento recordativo. La llamó Eben-ezer, “piedra de ayuda”, diciendo al pueblo: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”.
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