Sábado 26 de Julio de 2025.
- daniela0780
- 26 jul 2025
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Levítico 11 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Animales limpios e inmundos
(Dt. 14.3-21)
1 Habló Jehová a Moisés y a Aarón, diciéndoles: 2 Hablad a los hijos de Israel y decidles: Estos son los animales que comeréis de entre todos los animales que hay sobre la tierra. 3 De entre los animales, todo el que tiene pezuña hendida y que rumia, este comeréis. 4 Pero de los que rumian o que tienen pezuña, no comeréis estos: el camello, porque rumia pero no tiene pezuña hendida, lo tendréis por inmundo. 5 También el conejo, porque rumia, pero no tiene pezuña, lo tendréis por inmundo. 6 Asimismo la liebre, porque rumia, pero no tiene pezuña, la tendréis por inmunda. 7 También el cerdo, porque tiene pezuñas, y es de pezuñas hendidas, pero no rumia, lo tendréis por inmundo. 8 De la carne de ellos no comeréis, ni tocaréis su cuerpo muerto; los tendréis por inmundos.
9 Esto comeréis de todos los animales que viven en las aguas: todos los que tienen aletas y escamas en las aguas del mar, y en los ríos, estos comeréis. 10 Pero todos los que no tienen aletas ni escamas en el mar y en los ríos, así de todo lo que se mueve como de toda cosa viviente que está en las aguas, los tendréis en abominación. 11 Os serán, pues, abominación; de su carne no comeréis, y abominaréis sus cuerpos muertos. 12 Todo lo que no tuviere aletas y escamas en las aguas, lo tendréis en abominación.
13 Y de las aves, estas tendréis en abominación; no se comerán, serán abominación: el águila, el quebrantahuesos, el azor, 14 el gallinazo, el milano según su especie; 15 todo cuervo según su especie; 16 el avestruz, la lechuza, la gaviota, el gavilán según su especie; 17 el búho, el somormujo, el ibis, 18 el calamón, el pelícano, el buitre, 19 la cigüeña, la garza según su especie, la abubilla y el murciélago.
20 Todo insecto alado que anduviere sobre cuatro patas, tendréis en abominación. 21 Pero esto comeréis de todo insecto alado que anda sobre cuatro patas, que tuviere piernas además de sus patas para saltar con ellas sobre la tierra; 22 estos comeréis de ellos: la langosta según su especie, el langostín según su especie, el argol según su especie, y el hagab según su especie. 23 Todo insecto alado que tenga cuatro patas, tendréis en abominación.
24 Y por estas cosas seréis inmundos; cualquiera que tocare sus cuerpos muertos será inmundo hasta la noche, 25 y cualquiera que llevare algo de sus cadáveres lavará sus vestidos, y será inmundo hasta la noche. 26 Todo animal de pezuña, pero que no tiene pezuña hendida, ni rumia, tendréis por inmundo; y cualquiera que los tocare será inmundo. 27 Y de todos los animales que andan en cuatro patas, tendréis por inmundo a cualquiera que ande sobre sus garras; y todo el que tocare sus cadáveres será inmundo hasta la noche. 28 Y el que llevare sus cadáveres, lavará sus vestidos, y será inmundo hasta la noche; los tendréis por inmundos.
29 Y tendréis por inmundos a estos animales que se mueven sobre la tierra: la comadreja, el ratón, la rana según su especie, 30 el erizo, el cocodrilo, el lagarto, la lagartija y el camaleón. 31 Estos tendréis por inmundos de entre los animales que se mueven, y cualquiera que los tocare cuando estuvieren muertos será inmundo hasta la noche. 32 Y todo aquello sobre lo que cayere algo de ellos después de muertos, será inmundo; sea cosa de madera, vestido, piel, saco, sea cualquier instrumento con que se trabaja, será metido en agua, y quedará inmundo hasta la noche; entonces quedará limpio. 33 Toda vasija de barro dentro de la cual cayere alguno de ellos será inmunda, así como todo lo que estuviere en ella, y quebraréis la vasija. 34 Todo alimento que se come, sobre el cual cayere el agua de tales vasijas, será inmundo; y toda bebida que hubiere en esas vasijas será inmunda. 35 Todo aquello sobre lo que cayere parte del cadáver de ellos será inmundo; el horno u hornillos se derribarán; son inmundos, y por inmundos los tendréis. 36 Con todo, la fuente y la cisterna donde se recogen aguas serán limpias; mas lo que hubiere tocado en los cadáveres será inmundo. 37 Y si cayere algo de los cadáveres sobre alguna semilla que se haya de sembrar, será limpia. 38 Mas si se hubiere puesto agua en la semilla, y cayere algo de los cadáveres sobre ella, la tendréis por inmunda.
39 Y si algún animal que tuviereis para comer muriere, el que tocare su cadáver será inmundo hasta la noche. 40 Y el que comiere del cuerpo muerto, lavará sus vestidos y será inmundo hasta la noche; asimismo el que sacare el cuerpo muerto, lavará sus vestidos y será inmundo hasta la noche.
41 Y todo reptil que se arrastra sobre la tierra es abominación; no se comerá. 42 Todo lo que anda sobre el pecho, y todo lo que anda sobre cuatro o más patas, de todo animal que se arrastra sobre la tierra, no lo comeréis, porque es abominación. 43 No hagáis abominables vuestras personas con ningún animal que se arrastra, ni os contaminéis con ellos, ni seáis inmundos por ellos. 44 Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo; así que no contaminéis vuestras personas con ningún animal que se arrastre sobre la tierra. 45 Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo.
46 Esta es la ley acerca de las bestias, y las aves, y todo ser viviente que se mueve en las aguas, y todo animal que se arrastra sobre la tierra, 47 para hacer diferencia entre lo inmundo y lo limpio, y entre los animales que se pueden comer y los animales que no se pueden comer.
Comentario del Capitulo

Capítulo 18-19 El regreso a Canaán
En aquel momento en que el joven estaba delante de ellos, iluminado su hermoso semblante por el Espíritu de la inspiración, sus hermanos no pudieron reprimir su admiración; pero no quisieron dejar sus malos caminos, y sintieron odio hacia la pureza que reprendía sus pecados. El mismo espíritu que habitó en Caín, se encendió en sus corazones.
Los hermanos estaban obligados a mudarse de un lugar a otro, a fin de procurar pastos para sus ganados, y a veces quedaban ausentes de casa durante meses. Después de los acontecimientos que se acaban de narrar, se fueron al sitio que su padre había comprado en Siquem. Pasó algún tiempo, sin noticia de ellos, y el padre empezó a temer por su seguridad, a causa de la crueldad cometida antes con los siquemitas. Mandó, pues, a José a buscarlos y a traerle noticias respecto a su bienestar. Si Jacob hubiera conocido los verdaderos sentimientos de sus hijos respecto a José, no le habría dejado solo con ellos; pero estos los habían ocultado cuidadosamente.
Lleno de gozo José se despidió de su padre, y ni el anciano ni el joven se imaginaban lo que habría de suceder antes de que se vieran de nuevo. Cuando José, después de su largo y solitario viaje, llegó a Siquem, sus hermanos y sus ganados no se encontraban allí. Al preguntar por ellos, le dijeron que los buscase en Dotán. Ya había viajado más de ochenta kilómetros y todavía le quedaban veinticinco más; pero se apresuró, olvidando su cansancio, con el fin de mitigar la preocupación de su padre y encontrar a sus hermanos, a quienes amaba, a pesar de que eran duros de corazón con él.
Sus hermanos lo vieron acercarse, pero ni el pensar en el largo viaje que había hecho para visitarlos, ni el cansancio y el hambre que traía, ni el derecho que tenía a la hospitalidad y a su amor fraternal, aplacó la amargura de su odio. El ver su vestido, señal del cariño de su padre, los puso frenéticos. “Ahí viene el soñador”, exclamaron, burlándose de él. En ese momento fueron dominados por la envidia y la venganza que habían fomentado secretamente durante tanto tiempo. Y dijeron: “Ahora pues, venid, matémoslo y echémoslo en una cisterna, y diremos: “Alguna mala bestia lo devoró”. Veremos entonces qué será de sus sueños”.
Si no hubiera sido por Rubén, habrían cumplido su intento. Este retrocedió ante la idea de participar en el asesinato de su hermano, y propuso arrojarlo vivo a una cisterna y dejarlo allí para que muriera, con la secreta intención de librarlo y devolverlo a su padre. Después de haber persuadido a todos a que asintieran a su plan, Rubén se alejó del grupo, temiendo no poder dominar sus sentimientos, y descubrir su verdadera intención.
José se aproximó sin sospechar el peligro, contento de haberlos hallado; pero en vez del esperado saludo, fue objeto de miradas iracundas y vengadoras que lo aterraron. Lo amarraron y le quitaron sus vestiduras. Los vituperios y las amenazas revelaban una intención funesta. No atendieron a sus súplicas. Se encontró a merced del poder de aquellos hombres encolerizados. Lo condujeron con brutalidad a una cisterna profunda, y lo echaron adentro; y después de haberse asegurado de que no podría escapar, lo dejaron allí para que muriera de hambre, mientras que ellos “se sentaron a comer pan”.
Pero algunos de ellos estaban inquietos; no sentían la satisfacción que habían esperado de su venganza. Pronto vieron acercarse una compañía de viajeros. Eran ismaelitas procedentes del otro lado del Jordán, que con especias y otras mercancías se dirigían a Egipto. Entonces Judá propuso vender a su hermano a estos mercaderes paganos, en vez de dejarlo allí para que muriera. Al obrar así, lo apartarían de su camino, y no se mancharían con su sangre; pues, dijo Judá: “Es nuestro hermano, nuestra propia carne”. Todos estuvieron de acuerdo con este propósito y sacaron pronto a José de la cisterna.
Cuando vió a los mercaderes, José comprendió la terrible verdad. Llegar a ser esclavo era una suerte más temible que la misma muerte. En la agonía de su terror imploró a uno y a otro de sus hermanos, pero en vano. Algunos de ellos fueron conmovidos, pero el temor al ridículo los mantuvo callados. Todos tuvieron la impresión de que habían ido demasiado lejos para retroceder. Si perdonaban a José, este los acusaría sin duda ante su padre, quien no pasaría por alto la crueldad cometida contra su hijo favorito. Endureciendo sus corazones a las súplicas de José, lo entregaron en manos de los mercaderes paganos. La caravana continuó su camino y pronto se perdió de vista.
Rubén volvió a la cisterna, pero José no estaba allí. Alarmado y acusándose a sí mismo, desgarró sus vestidos y buscó a sus hermanos, exclamando: “El joven no parece; y yo, ¿adónde iré yo?” Cuando supo la suerte de José, y que ya era imposible rescatarlo, Rubén se vio obligado a unirse con los demás en un intento por ocultar su culpa. Después de matar un cabrito, tiñeron con su sangre la ropa de José, y la llevaron a su padre, diciéndole que la habían encontrado en el campo, y que temían que fuera la de su hermano. “Reconoce ahora -dijeron- si es o no la ropa de tu hijo”.
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