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Sábado 30 de Noviembre de 2024.

  • daniela0780
  • 30 nov 2024
  • 6 Min. de lectura

Romanos 6 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.



Muertos al pecado

1 ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? 2 En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? 3 ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? 4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.


5 Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; 6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. 7 Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. 8 Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. 10 Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. 11 Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.


12 No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; 13 ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. 14 Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.


Siervos de la justicia

15 ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. 16 ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? 17 Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; 18 y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia. 19 Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia.


20 Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. 21 ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. 22 Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. 23 Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.


Comentario del Capitulo




Capítulo 77 En el tribunal de Pilato


La mayor culpabilidad y la responsabilidad más pesada incumbían a aquellos que estaban en los lugares más encumbrados de la nación, los depositarios de aquellos sagrados cometidos vilmente traicionados. Pilato, Herodes y los soldados romanos eran comparativamente ignorantes acerca de Jesús. Insultándole trataban de agradar a los sacerdotes y príncipes. No tenían la luz que la nación judía había recibido en tanta abundancia. Si la luz hubiese sido dada a los soldados, no habrían tratado a Cristo tan cruelmente como lo hicieron.


Pilato volvió a proponer la liberación del Salvador. “Mas los Judíos daban voces, diciendo: Si a éste sueltas, no eres amigo de César.” Así pretendían estos hipócritas ser celosos por la autoridad de César. De entre todos los que se oponían al gobierno romano, los judíos eran los más encarnizados. Cuando no había peligro en ello, eran los más tiránicos en imponer sus propias exigencias nacionales y religiosas; pero cuando deseaban realizar algún propósito cruel exaltaban el poder de César. A fin de lograr la destrucción de Cristo, profesaban ser leales al gobierno extranjero que odiaban.


“Cualquiera que se hace rey—continuaron,—a César contradice.” Esto tocaba a Pilato en un punto débil. Era sospechoso para el gobierno romano, y sabía que un informe tal le arruinaría. Sabía que si estorbaba a los judíos, volverían su ira contra él. Nada descuidarían para lograr su venganza. Tenía delante de sí un ejemplo de la persistencia con que buscaban la vida de Uno a quien odiaban sin razón.


Pilato tomó entonces su lugar en el sitial del tribunal, y volvió a presentar a Jesús al pueblo diciendo: “He aquí vuestro Rey.” Volvió a oírse el furioso clamor: “Quita, quita, crucifícale.” Con voz que fué oída lejos y cerca, Pilato preguntó: “¿A vuestro Rey he de crucificar?” Pero labios profanos y blasfemos pronunciaron las palabras: “No tenemos rey sino a César.”


Al escoger así a un gobernante pagano, la nación judía se retiraba de la teocracia. Rechazaba a Dios como su Rey. De ahí en adelante no tendría libertador. No tendría otro rey sino a César. A esto habían conducido al pueblo los sacerdotes y maestros. Eran responsables de esto y de los temibles resultados que siguieron. El pecado de una nación y su ruina se debieron a sus dirigentes religiosos.


“Y viendo Pilato que nada adelantaba, antes se hacía más alboroto, tomando agua se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo: veréislo vosotros.” Con temor y condenándose a sí mismo, Pilato miró al Salvador. En el vasto mar de rostros vueltos hacia arriba, el suyo era el único apacible. En derredor de su cabeza parecía resplandecer una suave luz. Pilato dijo en su corazón: Es un Dios. Volviéndose a la multitud, declaró: Limpio estoy de su sangre, tomadle y crucificadle. Pero notad, sacerdotes y príncipes, que yo lo declaro justo. Y Aquel a quien él llama su Padre os juzgue a vosotros y no a mí por la obra de este día. Luego dijo a Jesús: Perdóname por este acto; no puedo salvarte. Y cuando le hubo hecho azotar otra vez, le entregó para ser crucificado.


Pilato anhelaba librar a Jesús. Pero vió que no podría hacerlo y conservar su puesto y sus honores. Antes que perder su poder mundanal, prefirió sacrificar una vida inocente. ¡Cuántos, para escapar a la pérdida o al sufrimiento, sacrifican igualmente los buenos principios! La conciencia y el deber señalan un camino, y el interés propio señala otro. La corriente arrastra fuertemente en la mala dirección, y el que transige con el mal es precipitado a las densas tinieblas de la culpabilidad.


Pilato cedió a las exigencias de la turba. Antes que arriesgarse a perder su puesto entregó a Jesús para que fuese crucificado, pero a pesar de sus precauciones aquello mismo que temía le aconteció después. Fué despojado de sus honores, fué derribado de su alto cargo y, atormentado por el remordimiento y el orgullo herido, poco después de la crucifixión se quitó la vida. Asimismo, todos los que transigen con el pecado no tendrán sino pesar y ruina. “Hay camino que al hombre parece derecho; empero su fin son caminos de muerte.”


Cuando Pilato se declaró inocente de la sangre de Cristo, Caifás contestó desafiante: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.” Estas terribles palabras fueron repetidas por los sacerdotes y gobernantes, y luego por la muchedumbre en un inhumano rugir de voces. Toda la multitud contestó y dijo: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.”


El pueblo de Israel había hecho su elección. Señalando a Jesús, habían dicho: “Quita a éste, y suéltanos a Barrabás.” Barrabás, el ladrón y homicida, era representante de Satanás. Cristo era el representante de Dios. Cristo había sido rechazado; Barrabás había sido elegido. Iban a tener a Barrabás. Al hacer su elección, aceptaban al que desde el principio es mentiroso y homicida. Satanás era su dirigente. Como nación, iban a cumplir sus dictados. Iban a hacer sus obras. Tendrían que soportar su gobierno. El pueblo que eligió a Barrabás en lugar de Cristo iba a sentir la crueldad de Barrabás mientras durase el tiempo.


Mirando al herido Cordero de Dios, los judíos habían clamado: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.” Este espantoso clamor ascendió al trono de Dios. Esa sentencia, que pronunciaron sobre sí mismos, fué escrita en el cielo. Esa oración fué oída. La sangre del Hijo de Dios fué como una maldición perpetua sobre sus hijos y los hijos de sus hijos.


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