Viernes 19 de Septiembre 2025.
- daniela0780
- 19 sept 2025
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Deuteronomio 3 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Israel derrota a Og rey de Basán
(Nm. 21.31-35)
1 Volvimos, pues, y subimos camino de Basán, y nos salió al encuentro Og rey de Basán para pelear, él y todo su pueblo, en Edrei. 2 Y me dijo Jehová: No tengas temor de él, porque en tu mano he entregado a él y a todo su pueblo, con su tierra; y harás con él como hiciste con Sehón rey amorreo, que habitaba en Hesbón. 3 Y Jehová nuestro Dios entregó también en nuestra mano a Og rey de Basán, y a todo su pueblo, al cual derrotamos hasta acabar con todos. 4 Y tomamos entonces todas sus ciudades; no quedó ciudad que no les tomásemos; sesenta ciudades, toda la tierra de Argob, del reino de Og en Basán. 5 Todas estas eran ciudades fortificadas con muros altos, con puertas y barras, sin contar otras muchas ciudades sin muro. 6 Y las destruimos, como hicimos a Sehón rey de Hesbón, matando en toda ciudad a hombres, mujeres y niños. 7 Y tomamos para nosotros todo el ganado, y los despojos de las ciudades. 8 También tomamos en aquel tiempo la tierra desde el arroyo de Arnón hasta el monte de Hermón, de manos de los dos reyes amorreos que estaban a este lado del Jordán. 9 (Los sidonios llaman a Hermón, Sirión; y los amorreos, Senir.) 10 Todas las ciudades de la llanura, y todo Galaad, y todo Basán hasta Salca y Edrei, ciudades del reino de Og en Basán. 11 Porque únicamente Og rey de Basán había quedado del resto de los gigantes. Su cama, una cama de hierro, ¿no está en Rabá de los hijos de Amón? La longitud de ella es de nueve codos, y su anchura de cuatro codos, según el codo de un hombre.
Rubén, Gad y la media tribu de Manasés se establecen al oriente del Jordán
(Nm. 32.1-42)
12 Y esta tierra que heredamos en aquel tiempo, desde Aroer, que está junto al arroyo de Arnón, y la mitad del monte de Galaad con sus ciudades, la di a los rubenitas y a los gaditas; 13 y el resto de Galaad, y todo Basán, del reino de Og, toda la tierra de Argob, que se llamaba la tierra de los gigantes, lo di a la media tribu de Manasés. 14 Jair hijo de Manasés tomó toda la tierra de Argob hasta el límite con Gesur y Maaca, y la llamó por su nombre, Basán-havot-jair, hasta hoy. 15 Y Galaad se lo di a Maquir. 16 Y a los rubenitas y gaditas les di de Galaad hasta el arroyo de Arnón, teniendo por límite el medio del valle, hasta el arroyo de Jaboc, el cual es límite de los hijos de Amón; 17 también el Arabá, con el Jordán como límite desde Cineret hasta el mar del Arabá, el Mar Salado, al pie de las laderas del Pisga al oriente.
18 Y os mandé entonces, diciendo: Jehová vuestro Dios os ha dado esta tierra por heredad; pero iréis armados todos los valientes delante de vuestros hermanos los hijos de Israel. 19 Solamente vuestras mujeres, vuestros hijos y vuestros ganados (yo sé que tenéis mucho ganado), quedarán en las ciudades que os he dado, 20 hasta que Jehová dé reposo a vuestros hermanos, así como a vosotros, y hereden ellos también la tierra que Jehová vuestro Dios les da al otro lado del Jordán; entonces os volveréis cada uno a la heredad que yo os he dado. 21 Ordené también a Josué en aquel tiempo, diciendo: Tus ojos vieron todo lo que Jehová vuestro Dios ha hecho a aquellos dos reyes; así hará Jehová a todos los reinos a los cuales pasarás tú. 22 No los temáis; porque Jehová vuestro Dios, él es el que pelea por vosotros.
No se le permite a Moisés entrar a Canaán
23 Y oré a Jehová en aquel tiempo, diciendo: 24 Señor Jehová, tú has comenzado a mostrar a tu siervo tu grandeza, y tu mano poderosa; porque ¿qué dios hay en el cielo ni en la tierra que haga obras y proezas como las tuyas? 25 Pase yo, te ruego, y vea aquella tierra buena que está más allá del Jordán, aquel buen monte, y el Líbano. 26 Pero Jehová se había enojado contra mí a causa de vosotros, por lo cual no me escuchó; y me dijo Jehová: Basta, no me hables más de este asunto. 27 Sube a la cumbre del Pisga y alza tus ojos al oeste, y al norte, y al sur, y al este, y mira con tus propios ojos; porque no pasarás el Jordán. 28 Y manda a Josué, y anímalo, y fortalécelo; porque él ha de pasar delante de este pueblo, y él les hará heredar la tierra que verás. 29 Y paramos en el valle delante de Bet-peor.
Comentario del Capitulo

Capítulo 28 La idolatría en el Sinaí
En virtud de las instrucciones divinas, la tienda que había servido como lugar temporario para el culto fue quitada y puesta “fuera del campo, lejos del campo”. Esta era una prueba más de que Dios había retirado su presencia de entre ellos. Él se revelaría a Moisés, pero no a un pueblo como aquél. La censura fue vivamente sentida, y las multitudes afligidas por el remordimiento pensaron que presagiaba mayores calamidades. ¿No habría separado el Señor a Moisés del campamento para poder destruirlos totalmente? Pero no se los dejó sin esperanza. Se levantó la tienda fuera del campamento, pero Moisés la llamó el “Tabernáculo del Testimonio”. A todos los que estaban verdaderamente arrepentidos y deseaban volver al Señor, se les indicó que fueran allá a confesar sus pecados y a solicitar la misericordia de Dios.
Cuando volvieron a sus tiendas, Moisés entró en el tabernáculo. Con ansioso interés el pueblo observó por ver alguna señal de que la mediación de Moisés en su favor era aceptada. Si Dios condescendencía a reunirse con él, habría esperanza de que no serían totalmente destruidos. Cuando la columna de nube descendió y se posó a la entrada del tabernáculo, el pueblo lloró de alegría, y “se levantaba cada uno a la puerta de su tienda y adoraba”.
Moisés conocía bien la perversidad y ceguera de los que habían sido confiados a su cuidado; conocía las dificultades con las cuales tendría que tropezar. Pero había aprendido que para persuadir al pueblo, debía recibir ayuda de Dios. Pidió una revelación más clara de la voluntad divina, y una garantía de su presencia: “Mira, tú me dices: “Saca a este pueblo”, pero no me has indicado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: “Yo te he conocido por tu nombre y has hallado también gracia a mis ojos”. Pues bien, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca y halle gracia a tus ojos; y mira que esta gente es tu pueblo”.
La contestación fué: “Mi presencia te acompañará y te daré descanso”. Pero Moisés no estaba satisfecho todavía. Pesaba sobre su alma el conocimiento de los terribles resultados que se producirían si Dios dejara a Israel librado al endurecimiento y la impenitencia. No podía soportar que sus intereses se separasen de los de sus hermanos, y pidió que el favor de Dios fuera devuelto a su pueblo, y que la prueba de su presencia continuase dirigiendo su camino: “Si tu presencia no ha de acompañarnos, no nos saques de aquí. Pues ¿en qué se conocerá aquí que he hallado gracia a tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andas con nosotros, y que yo y tu pueblo hemos sido apartados de entre todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?”
Esta fue la respuesta: “También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia a mis ojos y te he conocido por tu nombre”. El profeta aun no dejó de suplicar. Todas sus oraciones habían sido oídas, pero tenía fervientes deseos de obtener aun mayores pruebas del favor de Dios. Entonces hizo una petición que ningún ser humano había hecho antes: “Te ruego que me muestres tu gloria”.
Dios no lo reprendió por su súplica ni la consideró presuntuosa, sino que, al contrario, dijo bondadosamente: “Yo haré pasar toda mi bondad delante de tu rostro”. Ningún hombre puede, en su naturaleza mortal, contemplar descubierta la gloria de Dios y vivir; pero a Moisés se le aseguró que presenciaría toda la gloria divina que pudiera soportar. Nuevamente se le ordenó subir a la cima del monte; entonces la mano que hizo el mundo, aquella mano “que arranca los montes con su furor, y no conocen quién los trastornó” (Job 9:5), tomó a este ser hecho de polvo, a ese hombre de fe poderosa, y lo puso en la hendidura de una roca, mientras la gloria de Dios y toda su bondad pasaban delante de él.
Esta experiencia, y sobre todo la promesa de que la divina presencia lo ayudaría, fueron para Moisés una garantía de éxito para la obra que tenía delante, y la consideró como de mucho más valor que toda la sabiduría de Egipto, o que todas sus proezas como estadista o jefe militar. No hay poder terrenal, ni habilidad ni ilustración que pueda sustituir la presencia permanente de Dios.
Para el transgresor es terrible caer en las manos del Dios viviente; pero Moisés estuvo solo en la presencia del Eterno y no temió, porque su alma estaba en armonía con la voluntad de su Creador. El salmista dice: “Si en mi corazón hubiera yo mirado a la maldad, el Señor no me habría escuchado”. En cambio “la comunicón íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto”. Salmos 66:18; 25:14.
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