Viernes 7 de Febrero 2025.
- daniela0780
- 7 feb 2025
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1 Timoteo 2 (RVR1960) El camino a Cristo.
Instrucciones sobre la oración
1 Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; 2 por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. 3 Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, 4 el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. 5 Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, 6 el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo. 7 Para esto yo fui constituido predicador y apóstol (digo verdad en Cristo, no miento), y maestro de los gentiles en fe y verdad.
8 Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda. 9 Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, 10 sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad. 11 La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. 12 Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. 13 Porque Adán fue formado primero, después Eva; 14 y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión. 15 Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia.
Comentario del Capitulo

Capítulo 3 Un poder misterioso que convence
Pero nadie se engañe a sí mismo pensando que Dios, en su grande amor y misericordia, salvará aun a los que rechazan su gracia. La excesiva corrupción del pecado puede medirse tan sólo a la luz de la cruz. Cuando los hombres insisten en que Dios es demasiado bueno para desechar al pecador, miren al Calvario. Si Cristo cargó con la culpa del desobediente y sufrió en lugar del pecador, fué porque no había otra manera en que el hombre pudiera salvarse, porque sin ese sacrificio era imposible que la familia humana escapase del poder contaminador del pecado y fuese restituída a la comunión con seres santos, era imposible que volviese a participar de la vida espiritual. El amor, los sufrimientos y la muerte del Hijo de Dios, todo atestigua la terrible enormidad del pecado y prueba que no hay modo de escapar de su poder ni esperanza de una vida superior, sino mediante la sumisión del alma a Cristo.
Algunas veces los impenitentes se excusan diciendo de los que profesan ser cristianos: “Soy tan bueno como ellos. No son más abnegados, sobrios ni circunspectos en su conducta que yo. Les gustan los placeres y la complacencia propia tanto como a mí.” Así hacen de las faltas ajenas una excusa para descuidar su deber. Pero los pecados y las faltas de otros no disculpan a nadie, porque el Señor no nos ha dado un modelo humano sujeto a errar. El inmaculado Hijo de Dios es quien nos ha sido dado como ejemplo, y los que se quejan de la mala conducta de quienes profesan ser creyentes deberían presentar una vida mejor y ejemplos más nobles. Si tienen un concepto tan alto de lo que un cristiano debe ser, ¿no es su pecado tanto mayor? Saben lo que es correcto, y sin embargo rehusan hacerlo.
Tened cuidado con las dilaciones. No posterguéis la obra de abandonar vuestros pecados y buscar la pureza del corazón por medio del Señor Jesús. En esto es donde miles y miles han errado a costa de su perdición eterna. No insistiré aquí en la brevedad e incertidumbre de la vida; pero se corre un terrible peligro, que no se comprende lo suficiente, cuando se posterga el acto de ceder a la voz suplicante del Santo Espíritu de Dios y se prefiere vivir en el pecado, porque tal demora consiste realmente en esto. No se puede continuar en el pecado, por pequeño que se lo considere, sin correr el riesgo de una pérdida infinita. Lo que no venzamos nos vencerá a nosotros y nos destruirá.
Adán y Eva se convencieron de que de un acto tan ínfimo como el de comer la fruta prohibida no podrían resultar consecuencias tan terribles como las que Dios había anunciado. Pero ese acto pequeño era una transgresión de la ley santa e inmutable de Dios y separó de éste al hombre y abrió las compuertas por las cuales se volcaron sobre nuestro mundo la muerte y desgracias innumerables: y como consecuencia de la desobediencia del hombre, siglo tras siglo ha subido de nuestra tierra un continuo lamento de aflicción y a una la creación gime bajo la carga terrible del dolor. El cielo mismo ha sentido los efectos de la rebelión del hombre contra Dios. El Calvario se destaca como un recuerdo del sacrificio asombroso que se requirió para expiar la transgresión de la ley divina. No consideremos, pues, el pecado como cosa trivial.
Toda transgresión, todo descuido o rechazamiento de la gracia de Cristo, obra indirectamente sobre nosotros; endurece el corazón, deprava la voluntad, entorpece el entendimiento, y no sólo os vuelve menos inclinados a ceder, sino también menos capaces de oír las tiernas súplicas del Espíritu de Dios.
Muchos están apaciguando su conciencia inquieta con el pensamiento de que pueden cambiar su mala conducta cuando quieran; de que pueden tratar con ligereza las invitaciones de la misericordia y, sin embargo, seguir sintiendo las impresiones de ella. Piensan que después de menospreciar al Espíritu de gracia, después de echar su influencia del lado de Satanás, en un momento de extrema necesidad pueden cambiar su modo de proceder. Pero esto no se logra tan fácilmente. La experiencia y la educación de una vida entera han amoldado de tal manera el carácter, que pocos desean después recibir la imagen de Jesús.
Un solo rasgo malo en el carácter, un solo deseo pecaminoso, persistentemente albergado, neutraliza con el tiempo todo el poder del Evangelio. Cada vez que uno cede al pecado, se fortalece la aversión del alma hacia Dios. El hombre que manifiesta un descreído atrevimiento o una estólida indiferencia hacia la verdad, no está sino segando la cosecha de su propia siembra. En toda la Escritura no hay amonestación más terrible contra el hábito de jugar con el mal que estas palabras del sabio: “Prenderán al impío sus propias iniquidades.”
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