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Viernes 9 de Enero 2025.

  • daniela0780
  • hace 22 horas
  • 6 Min. de lectura

2 Samuel 1 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



David oye de la muerte de Saúl

1 Aconteció después de la muerte de Saúl, que vuelto David de la derrota de los amalecitas, estuvo dos días en Siclag. 2 Al tercer día, sucedió que vino uno del campamento de Saúl, rotos sus vestidos, y tierra sobre su cabeza; y llegando a David, se postró en tierra e hizo reverencia. 3 Y le preguntó David: ¿De dónde vienes? Y él respondió: Me he escapado del campamento de Israel. 4 David le dijo: ¿Qué ha acontecido? Te ruego que me lo digas. Y él respondió: El pueblo huyó de la batalla, y también muchos del pueblo cayeron y son muertos; también Saúl y Jonatán su hijo murieron. 5 Dijo David a aquel joven que le daba las nuevas: ¿Cómo sabes que han muerto Saúl y Jonatán su hijo? 6 El joven que le daba las nuevas respondió: Casualmente vine al monte de Gilboa, y hallé a Saúl que se apoyaba sobre su lanza, y venían tras él carros y gente de a caballo. 7 Y mirando él hacia atrás, me vio y me llamó; y yo dije: Heme aquí. 8 Y me preguntó: ¿Quién eres tú? Y yo le respondí: Soy amalecita. 9 Él me volvió a decir: Te ruego que te pongas sobre mí y me mates, porque se ha apoderado de mí la angustia; pues mi vida está aún toda en mí. 10 Yo entonces me puse sobre él y le maté, porque sabía que no podía vivir después de su caída; y tomé la corona que tenía en su cabeza, y la argolla que traía en su brazo, y las he traído acá a mi señor.


11 Entonces David, asiendo de sus vestidos, los rasgó; y lo mismo hicieron los hombres que estaban con él. 12 Y lloraron y lamentaron y ayunaron hasta la noche, por Saúl y por Jonatán su hijo, por el pueblo de Jehová y por la casa de Israel, porque habían caído a filo de espada. 13 Y David dijo a aquel joven que le había traído las nuevas: ¿De dónde eres tú? Y él respondió: Yo soy hijo de un extranjero, amalecita. 14 Y le dijo David: ¿Cómo no tuviste temor de extender tu mano para matar al ungido de Jehová? 15 Entonces llamó David a uno de sus hombres, y le dijo: Ve y mátalo. Y él lo hirió, y murió. 16 Y David le dijo: Tu sangre sea sobre tu cabeza, pues tu misma boca atestiguó contra ti, diciendo: Yo maté al ungido de Jehová.


David endecha a Saúl y a Jonatán

17 Y endechó David a Saúl y a Jonatán su hijo con esta endecha, 18 y dijo que debía enseñarse a los hijos de Judá. He aquí que está escrito en el libro de Jaser.[a]


19 ¡Ha perecido la gloria de Israel sobre tus alturas!


¡Cómo han caído los valientes!


20 No lo anunciéis en Gat,


Ni deis las nuevas en las plazas de Ascalón;


Para que no se alegren las hijas de los filisteos,


Para que no salten de gozo las hijas de los incircuncisos.


21 Montes de Gilboa,


Ni rocío ni lluvia caiga sobre vosotros, ni seáis tierras de ofrendas;


Porque allí fue desechado el escudo de los valientes,


El escudo de Saúl, como si no hubiera sido ungido con aceite.


22 Sin sangre de los muertos, sin grosura de los valientes,


El arco de Jonatán no volvía atrás,


Ni la espada de Saúl volvió vacía.


23 Saúl y Jonatán, amados y queridos;


Inseparables en su vida, tampoco en su muerte fueron separados;


Más ligeros eran que águilas,


Más fuertes que leones.


24 Hijas de Israel, llorad por Saúl,


Quien os vestía de escarlata con deleites,


Quien adornaba vuestras ropas con ornamentos de oro.


25 ¡Cómo han caído los valientes en medio de la batalla!


¡Jonatán, muerto en tus alturas!


26 Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán,


Que me fuiste muy dulce.


Más maravilloso me fue tu amor


Que el amor de las mujeres.


27 ¡Cómo han caído los valientes,


Han perecido las armas de guerra!


Comentario del Capitulo




Capítulo 54-55 El niño Samuel


Le fue otorgado a Ana lo que había pedido; recibió el regalo por el cual había suplicado con tanto fervor. Cuando miró al niño, lo llamó Samuel, “demandado de Dios”. Tan pronto como el niño tuvo suficiente edad para ser separado de su madre, cumplió ella su voto. Amaba a su pequeñuelo con toda la devoción de que es capaz un corazón de madre; día tras día, mientras observaba su crecimiento, y escuchaba su parloteo infantil, sus afectos lo enlazaban cada vez más íntimamente. Era su único hijo, el don especial del cielo, pero lo había recibido como un tesoro consagrado a Dios, y no quería privar al Dador de lo que le pertenecía.


Una vez más Ana hizo el viaje a Silo con su esposo, y presentó al sacerdote, en nombre de Dios, su precioso don, diciendo: “Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová; todos los días que viva, será de Jehová. Y adoró allí a Jehová”.


Elí se sintió profundamente impresionado por la fe y devoción de esta mujer de Israel. Siendo él mismo un padre excesivamente indulgente, se quedó asombrado y humillado cuando vio el gran sacrificio de la madre al separarse de su único hijo para dedicarlo al servicio de Dios. Se sintió reprendido a causa de su propio amor egoísta, y con humildad y reverencia se postró ante el Señor y adoró.


El corazón de la madre rebosaba de gozo y alabanza, y anhelaba expresar toda su gratitud hacia Dios. El Espíritu divino la inspiró “y Ana oró y dijo:


“Mi corazón se regocija en Jehová,

mi poder se exalta en Jehová;

mi boca se ríe de mis enemigos,

por cuanto me alegré en tu salvación.

No hay santo como Jehová;

porque no hay nadie fuera de ti

ni refugio como el Dios nuestro.

No multipliquéis las palabras de orgullo y altanería;

cesen las palabras arrogantes de vuestra boca, porque Jehová es el Dios que todo lo sabe

y a él le toca pesar las acciones. [...]

Jehová da la muerte y la vida;

hace descender al seol y retornar.

Jehová empobrece y enriquece, abate y enaltece.

Él levanta del polvo al pobre;

alza del basurero al menesteroso,

para hacerlo sentar con príncipes

y heredar un sitio de honor.

Porque de Jehová son las columnas de la tierra;

él afirmó sobre ellas el mundo.

Él guarda los pies de sus santos,

mas los impíos perecen en tinieblas;

porque nadie será fuerte por su propia fuerza.


Delante de Jehová serán quebrantados

sus adversarios y sobre ellos tronará desde los cielos.

Jehová juzgará los confines de la tierra,

dará poder a su Rey

y exaltará el poderío de su Ungido””.


Las palabras de Ana eran proféticas, tanto en lo que tocaba a David, que había de reinar como soberano de Israel, como con relación al Mesías, el ungido del Señor. Refiriéndose primero a la jactancia de una mujer insolente y contenciosa, el canto apunta a la destrucción de los enemigos de Dios y al triunfo final de su pueblo redimido.


De Silo, Ana regresó tranquilamente a su hogar en Ramá, dejando al niño Samuel para que, bajo la instrucción del sumo sacerdote, se le educara en el servicio de la casa de Dios. Desde que el niño diera sus primeras muestras de inteligencia, la madre lo había enseñado a amar y reverenciar a Dios, y a considerarse a sí mismo como del Señor. Por medio de todos los objetos familiares que lo rodeaban, ella había tratado de dirigir sus pensamientos hacia el Creador. Cuando se separó de su hijo no cesó la solicitud de la madre fiel por el niño. Era el tema de las oraciones diarias de ella. Todos los años le hacía con sus propias manos un manto para su servicio; y cuando subía a Silo a adorar con su marido, entregaba al niño ese recordatorio de su amor. Mientras la madre tejía cada una de las fibras de la pequeña prenda rogaba a Dios que su hijo sea puro, noble, y leal. No pedía para él grandeza terrenal, sino que solicitaba fervorosamente que pudiera alcanzar la grandeza que el cielo aprecia, que honrara a Dios y beneficiara a sus conciudadanos.









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