Domingo 1 de Septiembre de 2024.
- daniela0780
- 1 sept 2024
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Marcos 5 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.
El endemoniado gadareno
(Mt. 8.28-34; Lc. 8.26-39)
1 Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. 2 Y cuando salió él de la barca, en seguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, 3 que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas. 4 Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar. 5 Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras. 6 Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él. 7 Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. 8 Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. 9 Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos. 10 Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región. 11 Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo. 12 Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. 13 Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron.
14 Y los que apacentaban los cerdos huyeron, y dieron aviso en la ciudad y en los campos. Y salieron a ver qué era aquello que había sucedido. 15 Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo. 16 Y les contaron los que lo habían visto, cómo le había acontecido al que había tenido el demonio, y lo de los cerdos. 17 Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos. 18 Al entrar él en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. 19 Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. 20 Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
(Mt. 9.18-26; Lc. 8.40-56)
21 Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar. 22 Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, 23 y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.
24 Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban. 25 Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, 26 y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, 27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. 28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. 29 Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. 30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? 31 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? 32 Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. 33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. 34 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.
35 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? 36 Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. 37 Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo. 38 Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. 39 Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. 40 Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. 41 Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. 42 Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente. 43 Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer.
Comentario del Capitulo

Capítulo 59-60 Conspiraciones sacerdotales
Este capítulo está basado en Juan 11:47-54.
Betania estaba tan cerca de Jerusalén que pronto llegaron a la ciudad las noticias de la resurrección de Lázaro. Por medio de los espías que habían presenciado el milagro, los dirigentes judíos fueron puestos rápidamente al tanto de los hechos. Convocaron inmediatamente una reunión del Sanedrín, para decidir lo que debía hacerse. Cristo había demostrado ahora plenamente su dominio sobre la muerte y el sepulcro. Este gran milagro era la evidencia máxima que ofrecía Dios a los hombres en prueba de que había enviado su Hijo al mundo para salvarlo. Era una demostración del poder divino que bastaba para convencer a toda mente dotada de razón y conciencia iluminada. Muchos de los que presenciaron la resurrección de Lázaro fueron inducidos a creer en Jesús. Pero el odio de los sacerdotes contra él se intensificó. Habían rechazado todas las pruebas menores de su divinidad, y este nuevo milagro no hizo sino enfurecerlos. El muerto había sido resucitado en plena luz del día y ante una multitud de testigos. Ningún sofisma podía destruir tal evidencia. Por esta misma razón, la enemistad de los sacerdotes se hacía más mortífera. Estaban más determinados que nunca a detener la obra de Cristo.
Los saduceos, aunque no estaban a favor de Cristo, no habían estado tan llenos de malicia contra él como los fariseos. Su odio no había sido tan acerbo. Pero ahora estaban cabalmente alarmados. No creían en la resurrección de los muertos. Basados en lo que llamaban falsamente ciencia, habían razonado que era imposible que un cuerpo muerto tornara a la vida. Pero mediante unas pocas palabras de Cristo, su teoría había quedado desbaratada. Se había puesto de manifiesto la ignorancia de ellos tocante a las Escrituras y el poder de Dios. Veían la imposibilidad de destruir la impresión hecha en el pueblo por este milagro. ¿Cómo podrían los hombres ser apartados de Aquel que había triunfado hasta arrancar sus muertos al sepulcro? Se pusieron en circulación falsos informes, pero el milagro no podía negarse, y ellos no sabían cómo contrarrestar sus efectos. Hasta entonces, los saduceos no habían alentado el plan de matar a Cristo. Pero después de la resurrección de Lázaro, creyeron que únicamente mediante su muerte podrían ser reprimidas sus intrépidas denuncias contra ellos.
Los fariseos creían en la resurrección, y no podían sino ver en ese milagro una evidencia de que el Mesías estaba entre ellos. Pero siempre se habían opuesto a la obra de Cristo. Desde el principio, le habían aborrecido porque había desenmascarado sus pretensiones hipócritas. Les había quitado el manto de rigurosos ritos bajo el cual ocultaban su deformidad moral. La religión pura que él enseñaba había condenado la vacía profesión de piedad. Ansiaban vengarse de él por sus agudos reproches. Habían procurado inducirle a decir o hacer alguna cosa que les diera ocasión de condenarlo. En varias ocasiones, habían intentado apedrearlo, pero él se había apartado tranquilamente, y le habían perdido de vista.
Todos los milagros que realizaba en sábado eran para aliviar al afligido, pero los fariseos habían procurado condenarlo como violador del sábado. Habían tratado de incitar a los herodianos contra él. Presentándoselo como procurando establecer un reino rival, consultaron con ellos en cuanto a cómo matarlo. Para excitar a los romanos contra él, se lo habían representado como tratando de subvertir su autoridad. Habían ensayado todos los recursos para impedir que influyera en el pueblo. Pero hasta entonces sus tentativas habían fracasado. Las multitudes que habían presenciado sus obras de misericordia y oído sus enseñanzas puras y santas, sabían que los suyos no eran los hechos y palabras de un violador del sábado o blasfemo. Aun los oficiales enviados por los fariseos habían sentido tanto la influencia de sus palabras que no pudieron echar mano de él. En su desesperación, los judíos habían publicado finalmente un edicto decretando que cualquiera que profesase fe en Jesús fuera expulsado de la sinagoga.
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