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Domingo 19 de Julio de 2026.

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Job 23 (RVR1960) Profetas y Reyes



Job desea abogar su causa delante de Dios

1 Respondió Job, y dijo:


2 Hoy también hablaré con amargura;


Porque es más grave mi llaga que mi gemido.


3 ¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!


Yo iría hasta su silla.


4 Expondría mi causa delante de él,


Y llenaría mi boca de argumentos.


5 Yo sabría lo que él me respondiese,


Y entendería lo que me dijera.


6 ¿Contendería conmigo con grandeza de fuerza?


No; antes él me atendería.


7 Allí el justo razonaría con él;


Y yo escaparía para siempre de mi juez.


8 He aquí yo iré al oriente, y no lo hallaré;


Y al occidente, y no lo percibiré;


9 Si muestra su poder al norte, yo no lo veré;


Al sur se esconderá, y no lo veré.


10 Mas él conoce mi camino;


Me probará, y saldré como oro.


11 Mis pies han seguido sus pisadas;


Guardé su camino, y no me aparté.


12 Del mandamiento de sus labios nunca me separé;


Guardé las palabras de su boca más que mi comida.


13 Pero si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar?


Su alma deseó, e hizo.


14 Él, pues, acabará lo que ha determinado de mí;


Y muchas cosas como estas hay en él.


15 Por lo cual yo me espanto en su presencia;


Cuando lo considero, tiemblo a causa de él.


16 Dios ha enervado mi corazón,


Y me ha turbado el Omnipotente.


17 ¿Por qué no fui yo cortado delante de las tinieblas,


Ni fue cubierto con oscuridad mi rostro?


Comentario del Capitulo






Capítulo 21—Termina el ministerio de Eliseo


Llamado al cargo profético mientras Acab reinaba todavía, Eliseo alcanzó a ver muchos cambios en el reino de Israel. Había caído un castigo tras otro sobre los israelitas durante el reinado de Hazael el sirio, quien fuera ungido como azote de la nación apóstata. Las severas medidas de reforma instituidas por Jehú habían resultado en la matanza de toda la casa de Acab. En guerras continuas con los sirios, Joacaz, sucesor de Jehú, había perdido algunas de las ciudades situadas al este del Jordán. Durante un tiempo pareció que los sirios pudieran llegar a dominar todo el reino. Pero la reforma iniciada por Elías y continuada por Eliseo había inducido a muchos a inquirir acerca del Señor. Se estaban abandonando los altares de Baal, y lenta pero seguramente el propósito de Dios se estaba cumpliendo en la vida de aquellos que decidían servirle de todo corazón.


A su amor hacia el errante Israel se debía que Dios permitiera a los sirios que lo azotaran. Debido a que se compadecía de aquellos cuyo poder moral era débil, suscitó a Jehú para matar a la impía Jezabel y a toda la casa de Acab. Nuevamente, y gracias a una providencia misericordiosa, fueron puestos a un lado los sacerdotes de Baal y Astarte, y derribados sus altares. En su sabiduría Dios previó que si se eliminaba la tentación, algunos abandonarían el paganismo y se volverían hacia el Cielo; y por esta razón permitió que les aconteciese una calamidad tras otra. Sus juicios fueron atemperados de misericordia; y cuando se hubo logrado su propósito, volvió la marea en favor de aquellos que habían aprendido a inquirir por él.


Mientras las influencias del bien contendían con las del mal para obtener el predominio, y Satanás hacía cuanto estaba en su poder para completar la ruina iniciada durante el reinado de Acab y Jezabel, Eliseo siguió dando su testimonio. Encontró oposición, aunque nadie podía contradecir sus palabras. Se le honraba y veneraba en todo el reino. Muchos acudían a pedirle consejo. Mientras vivía aun Jezabel, Joram, rey de Israel, solicitó ese consejo; y una vez, mientras estaba en Damasco, le visitaron mensajeros de Ben-adad, rey de Siria, quien deseaba saber si la enfermedad que padecía resultaría en su muerte. A todos daba el profeta un testimonio fiel en un tiempo cuando, por todos lados, se pervertía la verdad, y la gran mayoría del pueblo se hallaba en rebelión abierta contra el Cielo.


Dios no abandonó nunca a su mensajero escogido. En una ocasión, durante una invasión siria, el rey de Siria procuró matar a Eliseo, porque éste exponía al rey de Israel los planes del enemigo. El rey sirio había comunicado a sus siervos: “En tal y tal lugar estará mi campamento.” Este plan fué revelado por el Señor a Eliseo quien “envió a decir al rey de Israel: Mira que no pases por tal lugar, porque los Siros van allí. Entonces el rey de Israel envió a aquel lugar que el varón de Dios había dicho y amonestádole; y guardóse de allí, no una vez ni dos.


“Y el corazón del rey de Siria fué turbado de esto; y llamando a sus siervos, díjoles: ¿No me declararéis vosotros quién de los nuestros es del rey de Israel? Entonces uno de los siervos dijo: No, rey señor mío; sino que el profeta Eliseo está en Israel, el cual declara al rey de Israel las palabras que tú hablas en tu más secreta cámara.”


Resuelto a matar al profeta, el rey sirio ordenó: “Id, y mirad dónde está, para que yo envíe a tomarlo.” El profeta se encontraba en Dotán; y, sabiéndolo, “envió el rey allá gente de a caballo, y carros, y un grande ejército, los cuales vinieron de noche, y cercaron la ciudad. Y levantándose de mañana el que servía al varón de Dios, para salir, he aquí el ejército que tenía cercada la ciudad, con gente de a caballo y carros.”


Aterrorizado, el siervo comunicó las noticias a Eliseo diciendo: “¡Ah, Señor mío! ¿qué haremos?”


Respondió el profeta: “No hayas miedo: porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos.” Y para que el siervo reconociese esto por su cuenta, “oró Eliseo, y dijo: Ruégote, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del mozo, y miró: y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo.” Entre el siervo de Dios y las huestes de enemigos armados había un círculo protector de ángeles celestiales. Habían descendido con gran poder, no para destruir, ni para exigir homenaje, sino para rodear y servir a los débiles e inermes siervos del Señor.


Cuando los hijos de Dios se ven puestos en estrecheces, y a todas luces no pueden escapar, deben confiar tan sólo en el Señor.


Mientras la compañía de soldados sirios avanzaba audazmente, incapaz de ver las huestes del cielo, “oró Eliseo a Jehová, y dijo: Ruégote que hieras a esta gente con ceguedad. E hiriólos con ceguedad, conforme al dicho de Eliseo. Después les dijo Eliseo: No es este el camino, ni es ésta la ciudad; seguidme, que yo os guiaré al hombre que buscáis. Y guiólos a Samaria.


“Y así que llegaron a Samaria, dijo Eliseo: Jehová, abre los ojos de éstos, para que vean. Y Jehová abrió sus ojos, y miraron, y halláronse en medio de Samaria. Y cuando el rey de Israel los hubo visto, dijo a Eliseo: ¿Herirélos, padre mío? Y él le respondió: No los hieras; ¿herirías tú a los que tomaste cautivos con tu espada y con tu arco? Pon delante de ellos pan y agua, para que coman y beban, y se vuelvan a sus señores. Entonces les fué aparejada grande comida: y como hubieron comido y bebido, enviólos, y ellos se volvieron a su señor.” (Véase 2 Rey 6.)


Después de esto, Israel quedó libre por un tiempo de los ataques sirios. Pero más tarde, bajo la enérgica dirección de un rey resuelto, Hazael, los ejércitos sirios rodearon a Samaria y la sitiaron. Nunca se había visto Israel en tal aprieto como durante este sitio. Los pecados de los padres eran de veras castigados en los hijos y los nietos. Los horrores del hambre prolongada impulsaban al rey de Israel a tomar medidas desesperadas, cuando Eliseo predijo la liberación para el día siguiente.








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