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Domingo 27 de Septiembre de 2026.

hace 2 días
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Salmo 51 (RVR1960) Profetas y Reyes



Arrepentimiento, y plegaria pidiendo purificación

Al músico principal. Salmo de David, cuando después que se llegó a Betsabé, vino a él Natán el profeta.

1 Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;


Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.


2 Lávame más y más de mi maldad,


Y límpiame de mi pecado.


3 Porque yo reconozco mis rebeliones,


Y mi pecado está siempre delante de mí.


4 Contra ti, contra ti solo he pecado,


Y he hecho lo malo delante de tus ojos;


Para que seas reconocido justo en tu palabra,


Y tenido por puro en tu juicio.


5 He aquí, en maldad he sido formado,


Y en pecado me concibió mi madre.


6 He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,


Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.


7 Purifícame con hisopo, y seré limpio;


Lávame, y seré más blanco que la nieve.


8 Hazme oír gozo y alegría,


Y se recrearán los huesos que has abatido.


9 Esconde tu rostro de mis pecados,


Y borra todas mis maldades.


10 Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,


Y renueva un espíritu recto dentro de mí.


11 No me eches de delante de ti,


Y no quites de mí tu santo Espíritu.


12 Vuélveme el gozo de tu salvación,


Y espíritu noble me sustente.


13 Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos,


Y los pecadores se convertirán a ti.


14 Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación;


Cantará mi lengua tu justicia.


15 Señor, abre mis labios,


Y publicará mi boca tu alabanza.


16 Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría;


No quieres holocausto.


17 Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;


Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.


18 Haz bien con tu benevolencia a Sion;


Edifica los muros de Jerusalén.


19 Entonces te agradarán los sacrificios de justicia,


El holocausto u ofrenda del todo quemada;


Entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.


Comentario del Capitulo





Capítulo 36—El último rey de Judá


Al comienzo de su reinado, Sedequías tenía toda la confianza del rey de Babilonia, y al profeta Jeremías como probado consejero. Si hubiese seguido una conducta honorable para con los babilonios, y hubiese prestado atención a los mensajes que el Señor le daba por medio de Jeremías, habría conservado el respeto de muchos de los encumbrados, y habría tenido oportunidad de comunicarles un conocimiento del verdadero Dios. En esta forma, los cautivos ya desterrados a Babilonia se habrían visto en terreno ventajoso; se les habrían concedido muchas libertades; el nombre de Dios habría sido honrado cerca y lejos; y a los que permanecían en la tierra de Judá se les habrían perdonado las terribles calamidades que finalmente les acontecieron.


Por intermedio de Jeremías, Sedequías y todo Judá, inclusive los que habían sido llevados a Babilonia, recibieron el consejo de someterse tranquilamente al gobierno provisorio de sus conquistadores. Era especialmente importante que los que se hallaban en cautiverio procurasen la paz de la tierra a la cual habían sido llevados. Pero esto era contrario a las inclinaciones del corazón humano; y Satanás, aprovechándose de las circunstancias, hizo que se levantaran entre el pueblo, tanto en Jerusalén como en Babilonia, falsos profetas para declarar que no tardaría en verse roto el yugo de servidumbre, y restaurado el anterior prestigio de la nación.


Si el rey y los desterrados hubiesen prestado oídos a profecías tan halagüeñas, habrían dado pasos fatales y frustrado los misericordiosos designios de Dios en su favor. Para evitar que se produjese una insurrección, con los intensos dolores consiguientes, el Señor ordenó a Jeremías que hiciese frente a la crisis sin demora alguna y que advirtiese al rey de Judá cuáles serían los resultados seguros de la rebelión. También debía amonestar a los cautivos, mediante comunicaciones escritas, para que no fuesen inducidos a creer que se acercaba la liberación. Les instó así: “No os engañen vuestros profetas que están entre vosotros, ni vuestros adivinos.” Jeremías 29:8. Mencionó en relación con esto el propósito que tenía el Señor de restaurar a Israel al fin de los setenta años de cautiverio predichos por sus mensajeros.


¡Con qué tierna compasión informó Dios a su pueblo cautivo acerca de sus planes para Israel! Sabía que si éste se dejaba persuadir por los falsos profetas a esperar una pronta liberación, su posición en Babilonia resultaría muy difícil. Cualquier demostración o insurrección de su parte despertaría la vigilancia y la severidad de las autoridades caldeas, y acarrearía una mayor restricción de sus libertades. De ello resultarían sufrimientos y desastres. El deseaba que se sometiesen a su suerte e hiciesen tan placentera como fuese posible su servidumbre; de manera que el consejo que les daba era: “Edificad casas, y morad; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. ... Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice traspasar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz.” Vers. 5-7.


Entre los falsos maestros que había en Babilonia se contaban dos hombres que aseveraban ser santos, pero cuyas vidas eran corrompidas. Jeremías había condenado la mala conducta de esos hombres, y les había advertido su peligro. Airados por la reprensión, procuraron oponerse a la obra del profeta verdadero incitando al pueblo a no creer sus palabras y a obrar contrariamente al consejo de Dios en lo que respectaba a someterse al rey de Babilonia. El Señor atestiguó por medio de Jeremías que esos falsos profetas serían entregados en manos de Nabucodonosor delante de quien serían muertos. Poco después, esta predicción se cumplió literalmente.


Hasta el fin del tiempo, se levantarán hombres que querrán crear confusión y rebelión entre los que aseveran ser representantes del Dios verdadero. Los que profetizan mentiras alentarán a los hombres a considerar el pecado como cosa liviana. Cuando queden manifiestos los terribles resultados de sus malas acciones, procurarán, si pueden, responsabilizar de sus dificultades al que los amonestó fielmente, así como los judíos culparon de su mala suerte a Jeremías. Pero tan seguramente como en la antigüedad quedaron justificadas las palabras de Jehová por medio de su profeta, se demostrará hoy la certidumbre de sus mensajes.


Desde el principio, Jeremías había seguido una conducta consecuente al aconsejar que los judíos se sometieran a los babilonios. Este consejo no sólo fué dado a Judá, sino a muchas de las naciones circundantes. Durante la primera parte del reinado de Sedequías, visitaron al rey de Judá embajadores de los gobernantes de Edom, Moab, Tiro y otras naciones, para saber si a su juicio el momento era oportuno para una rebelión concertada y si él se uniría con ellos para pelear contra el rey de Babilonia. Mientras estos embajadores aguardaban la respuesta, llegó esta palabra del Señor a Jeremías: “Hazte coyundas y yugos, y ponlos sobre tu cuello; y los enviarás al rey de Edom, y al rey de Moab, y al rey de los hijos de Ammón, y al rey de Tiro, y al rey de Sidón, por mano de los embajadores que vienen a Jerusalem a Sedechías, rey de Judá.” Jeremías 27:2, 3.


Se ordenó a Jeremías que diese a los embajadores instrucciones para que informasen a sus príncipes de que Dios los había entregado todos en las manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y que le servirían “a él, y a su hijo, y al hijo de su hijo, hasta que” llegase “también el tiempo de su misma tierra.” Vers. 7.


Se indicó, además, a los embajadores que declarasen a sus príncipes que si se negaban a servir al rey de Babilonia, serían castigados “con espada y con hambre y con pestilencia,” hasta que fueran consumidos. Se les recomendó especialmente que se apartasen de las enseñanzas de los falsos profetas que los aconsejaran de otra manera. El Señor declaró: “Y vosotros no prestéis oído a vuestros profetas, ni a vuestros adivinos, ni a vuestros sueños, ni a vuestros agoreros, ni a vuestros encantadores, que os hablan diciendo: No serviréis al rey de Babilonia. Porque ellos os profetizan mentira, por haceros alejar de vuestra tierra, y para que yo os arroje y perezcáis. Mas la gente que sometiere su cuello al yugo del rey de Babilonia, y le sirviere, haréla dejar en su tierra, dice Jehová, y labrarála, y morará en ella.” Vers. 8-11. El castigo más liviano que un Dios misericordioso podía infligir a un pueblo rebelde era que se sometiese al gobierno de Babilonia; pero si guerreaban contra este decreto de servidumbre, iban a sentir todo el rigor de su castigo.








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