Domingo 9 de Noviembre de 2025.
- daniela0780
- 9 nov 2025
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Josue 20 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Josué señala ciudades de refugio
1 Habló Jehová a Josué, diciendo: 2 Habla a los hijos de Israel y diles: Señalaos las ciudades de refugio, de las cuales yo os hablé por medio de Moisés, 3 para que se acoja allí el homicida que matare a alguno por accidente y no a sabiendas; y os servirán de refugio contra el vengador de la sangre. 4 Y el que se acogiere a alguna de aquellas ciudades, se presentará a la puerta de la ciudad, y expondrá sus razones en oídos de los ancianos de aquella ciudad; y ellos le recibirán consigo dentro de la ciudad, y le darán lugar para que habite con ellos. 5 Si el vengador de la sangre le siguiere, no entregarán en su mano al homicida, por cuanto hirió a su prójimo por accidente, y no tuvo con él ninguna enemistad antes. 6 Y quedará en aquella ciudad hasta que comparezca en juicio delante de la congregación, y hasta la muerte del que fuere sumo sacerdote en aquel tiempo; entonces el homicida podrá volver a su ciudad y a su casa y a la ciudad de donde huyó.
7 Entonces señalaron a Cedes en Galilea, en el monte de Neftalí, Siquem en el monte de Efraín, y Quiriat-arba (que es Hebrón) en el monte de Judá. 8 Y al otro lado del Jordán al oriente de Jericó, señalaron a Beser en el desierto, en la llanura de la tribu de Rubén, Ramot en Galaad de la tribu de Gad, y Golán en Basán de la tribu de Manasés. 9 Estas fueron las ciudades señaladas para todos los hijos de Israel, y para el extranjero que morase entre ellos, para que se acogiese a ellas cualquiera que hiriese a alguno por accidente, a fin de que no muriese por mano del vengador de la sangre, hasta que compareciese delante de la congregación.
Comentario del Capitulo

Capítulo 40 Balaam
Este capítulo está basado en Números 22 y 24.
Cuando regresaron al Jordán, después de la conquista de Basán, los israelitas, mientras se preparaban para invadir a Canaán, acamparon a la orilla del río un poco más arriba que el punto de su desembocadura en el Mar Muerto, frente a la llanura de Jericó. Estaban en la misma frontera de Moab, y los moabitas se llenaron de terror al tener tan cerca a los invasores.
La gente de Moab no había sido molestada por Israel; pero había observado con presentimientos inquietantes todo lo que había ocurrido en los países vecinos. Los amorreos ante quienes había tenido que retroceder, habían sido vencidos por los hebreos, y el territorio que los amorreos habían arrebatado a Moab estaba ahora en posesión de Israel. Los ejércitos de Basán habían cedido ante el poder misterioso que encerraba la columna de nube, y las gigantescas fortalezas estaban ocupadas por los hebreos. Los moabitas no se atrevieron arriesgarse a sacarlos; ante las fuerzas sobrenaturales que obraban en su favor, apelar a las armas era futil. Pero, como el faraón, decidieron acudir al poder de la hechicería para contrarrestar la obra de Dios. Atraerían una maldición sobre Israel.
La gente de Moab estaba estrechamente relacionada con los madianitas, por vínculos nacionales y religiosos. Así que Balac, rey de Moab, despertó los temores de ese pueblo pariente, y obtuvo su cooperación en sus propósitos contra Israel mediante el siguiente mensaje: “Ahora esta gente va a devorar todos nuestros contornos, como devora el buey la grama del campo”. Véase Números 22-24. Era fama que Balaam, habitante de Mesopotamia, poseía poderes sobrenaturales, y esa fama había llegado a la tierra de Moab. Se acordó solicitar su ayuda.
Por consiguiente, enviaron mensajeros “los ancianos de Moab, a los ancianos de Madián”, para asegurarse los servicios de sus adivinaciones y su magia contra Israel.
Los embajadores emprendieron en seguida su largo viaje a través de las montañas y los desiertos hacia Mesopotamia; al encontrar a Balaam, le entregaron el mensaje de su rey: “Un pueblo que ha salido de Egipto cubre toda la tierra y se ha establecido frente a mí. Ven pues, ahora, te ruego, y maldíceme a este pueblo, porque es más fuerte que yo; quizá yo pueda herirlo y echarlo de la tierra, pues yo sé que el que tú bendigas bendito quedará, y el que tú maldigas maldito quedará”.
Balaam había sido una vez hombre bueno y profeta de Dios; pero había apostatado, y se había entregado a la avaricia; no obstante, aun profesaba servir fielmente al Altísimo. No ignoraba la obra de Dios en favor de Israel; y cuando los mensajeros le dieron su recado, sabía muy bien que debía rehusar los presentes de Balac, y despedir a los embajadores. Pero se aventuró a jugar con la tentación, pidió a los mensajeros que se quedaran aquella noche con él, y les dijo que no podía darles una respuesta decisiva antes de consultar al Señor. Balaam sabía que su maldición no podía perjudicar en manera alguna a los israelitas. Dios estaba de parte de ellos; y siempre que fueran fieles, ningún poder terrenal o infernal adverso podría prevalecer contra ellos. Pero halagaron su orgullo las palabras de los embajadores: “El que tú bendigas, será bendito, y el que maldigas, maldito quedará”. El soborno de los regalos costosos y de la exaltación en perspectiva excitaron su codicia. Ávidamente aceptó los tesoros ofrecidos, y luego, aunque profesando obedecer estrictamente a la voluntad de Dios, trató de cumplir los deseos de Balac.
Durante la noche el ángel de Dios vino a Balaam con el mensaje: “No vayas con ellos, ni maldigas al pueblo, porque es bendito”.
Por la mañana, Balaam de mala gana despidió a los mensajeros; pero no les dijo lo que había dicho el Señor. Airado porque sus deseos de lucro y de honores habían sido repentinamente frustrados, exclamó con petulancia: “Volveos a vuestra tierra, porque Jehová no me quiere dejar ir con vosotros”.
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