Jueves 12 de Septiembre de 2024.
- daniela0780
- 12 sept 2024
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Marcos 16 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.
La resurrección
(Mt. 28.1-10; Lc. 24.1-12; Jn. 20.1-10)
1 Cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle. 2 Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol. 3 Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? 4 Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande. 5 Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron. 6 Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron. 7 Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo. 8 Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.
Jesús se aparece a María Magdalena
(Jn. 20.11-18)
9 Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios. 10 Yendo ella, lo hizo saber a los que habían estado con él, que estaban tristes y llorando. 11 Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron.
Jesús se aparece a dos de sus discípulos
(Lc. 24.13-35)
12 Pero después apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, yendo al campo. 13 Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aun a ellos creyeron.
Jesús comisiona a los apóstoles
(Mt. 28.16-20; Lc. 24.36-49; Jn. 20.19-23)
14 Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. 15 Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. 16 El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. 17 Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; 18 tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.
La ascensión
(Lc. 24.50-53)
19 Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios. 20 Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén.
Comentario del Capitulo

Capítulo 63-64 Un pueblo condenado
Este capítulo está basado en Marcos 11:11-14, 20, 21; Mateo 21:17-19.
La entrada triunfal de Cristo en Jerusalén era una débil representación de su venida en las nubes del cielo con poder y gloria, entre el triunfo de los ángeles y el regocijo de los santos. Entonces se cumplirán las palabras de Cristo a los sacerdotes y fariseos: “Desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.” En visión profética se le mostró a Zacarías ese día de triunfo final; y él contempló también la condenación de aquellos que rechazaron a Cristo en su primer advenimiento: “Mirarán a mí, a quien traspasaron, y harán llanto sobre él, como llanto sobre unigénito, afligiéndose sobre él como quien se aflige sobre primogénito.” Cristo previó esta escena cuando contempló la ciudad y lloró sobre ella. En la ruina temporal de Jerusalén, vió la destrucción final de aquel pueblo culpable de derramar la sangre del Hijo de Dios.
Los discípulos veían el odio de los judíos por Cristo, pero no veían adónde los conduciría. No comprendían todavía la verdadera condición de Israel, ni la retribución que iba a caer sobre Jerusalén. Cristo se lo reveló mediante una significativa lección objetiva.
La última súplica a Jerusalén había sido hecha en vano. Los sacerdotes y gobernantes habían oído la antigua voz profética repercutir en la multitud en respuesta a la pregunta: “¿Quién es éste?” pero no la aceptaban como voz inspirada. Con ira y asombro, trataron de acallar a la gente. Había funcionarios romanos en la muchedumbre, y ante éstos denunciaron sus enemigos a Jesús como el cabecilla de una rebelión. Le acusaron de querer apoderarse del templo y reinar como rey en Jerusalén.
Pero la serena voz de Jesús acalló por un momento la muchedumbre clamorosa al declarar que no había venido para establecer un reino temporal; pronto iba a ascender a su Padre, y sus acusadores no le verían más hasta que volviese en gloria. Entonces, pero demasiado tarde para salvarse, le reconocerían. Estas palabras fueron pronunciadas por Jesús con tristeza y singular poder. Los oficiales romanos callaron subyugados. Su corazón, aunque ajeno a la influencia divina, se conmovió como nunca se había conmovido. En el rostro sereno y solemne de Jesús, vieron amor, benevolencia y dignidad. Sintieron una simpatía que no podían comprender. En vez de arrestar a Jesús, se inclinaron a tributarle homenaje. Volviéndose hacia los sacerdotes y gobernantes, los acusaron de crear disturbios. Estos caudillos, pesarosos y derrotados, se volvieron a la gente con sus quejas y disputaron airadamente entre sí.
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