Jueves 15 de Octubre 2026.
hace 14 horas
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Salmo 69 (RVR1960) Profetas y Reyes
Un grito de angustia
Al músico principal; sobre Lirios. Salmo de David.
1 Sálvame, oh Dios,
Porque las aguas han entrado hasta el alma.
2 Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie;
He venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado.
3 Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido;
Han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios.
4 Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza los que me aborrecen sin causa;
Se han hecho poderosos mis enemigos, los que me destruyen sin tener por qué.
¿Y he de pagar lo que no robé?
5 Dios, tú conoces mi insensatez,
Y mis pecados no te son ocultos.
6 No sean avergonzados por causa mía los que en ti confían, oh Señor Jehová de los ejércitos;
No sean confundidos por mí los que te buscan, oh Dios de Israel.
7 Porque por amor de ti he sufrido afrenta;
Confusión ha cubierto mi rostro.
8 Extraño he sido para mis hermanos,
Y desconocido para los hijos de mi madre.
9 Porque me consumió el celo de tu casa;
Y los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí.
10 Lloré afligiendo con ayuno mi alma,
Y esto me ha sido por afrenta.
11 Puse además cilicio por mi vestido,
Y vine a serles por proverbio.
12 Hablaban contra mí los que se sentaban a la puerta,
Y me zaherían en sus canciones los bebedores.
13 Pero yo a ti oraba, oh Jehová, al tiempo de tu buena voluntad;
Oh Dios, por la abundancia de tu misericordia,
Por la verdad de tu salvación, escúchame.
14 Sácame del lodo, y no sea yo sumergido;
Sea yo libertado de los que me aborrecen, y de lo profundo de las aguas.
15 No me anegue la corriente de las aguas,
Ni me trague el abismo,
Ni el pozo cierre sobre mí su boca.
16 Respóndeme, Jehová, porque benigna es tu misericordia;
Mírame conforme a la multitud de tus piedades.
17 No escondas de tu siervo tu rostro,
Porque estoy angustiado; apresúrate, óyeme.
18 Acércate a mi alma, redímela;
Líbrame a causa de mis enemigos.
19 Tú sabes mi afrenta, mi confusión y mi oprobio;
Delante de ti están todos mis adversarios.
20 El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado.
Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo;
Y consoladores, y ninguno hallé.
21 Me pusieron además hiel por comida,
Y en mi sed me dieron a beber vinagre.
22 Sea su convite delante de ellos por lazo,
Y lo que es para bien, por tropiezo.
23 Sean oscurecidos sus ojos para que no vean,
Y haz temblar continuamente sus lomos.
24 Derrama sobre ellos tu ira,
Y el furor de tu enojo los alcance.
25 Sea su palacio asolado;
En sus tiendas no haya morador.
26 Porque persiguieron al que tú heriste,
Y cuentan del dolor de los que tú llagaste.
27 Pon maldad sobre su maldad,
Y no entren en tu justicia.
28 Sean raídos del libro de los vivientes,
Y no sean escritos entre los justos.
29 Mas a mí, afligido y miserable,
Tu salvación, oh Dios, me ponga en alto.
30 Alabaré yo el nombre de Dios con cántico,
Lo exaltaré con alabanza.
31 Y agradará a Jehová más que sacrificio de buey,
O becerro que tiene cuernos y pezuñas;
32 Lo verán los oprimidos, y se gozarán.
Buscad a Dios, y vivirá vuestro corazón,
33 Porque Jehová oye a los menesterosos,
Y no menosprecia a sus prisioneros.
34 Alábenle los cielos y la tierra,
Los mares, y todo lo que se mueve en ellos.
35 Porque Dios salvará a Sion, y reedificará las ciudades de Judá;
Y habitarán allí, y la poseerán.
36 La descendencia de sus siervos la heredará,
Y los que aman su nombre habitarán en ella.
Comentario del Capitulo

Capítulo 40—El sueño de Nabucodonosor
Este capítulo está basado en Daniel 2.
Poco después que Daniel y sus compañeros entraron en el servicio del rey de Babilonia, acontecieron sucesos que revelaron a una nación idólatra el poder y la fidelidad del Dios de Israel. Nabucodonosor tuvo un sueño notable, “y perturbóse su espíritu, y su sueño se huyó de él.” Pero aunque el ánimo del rey sufrió una impresión profunda, cuando despertó le resultó imposible recordar los detalles.
En su perplejidad, Nabucodonosor congregó a sus sabios, “magos, astrólogos, y encantadores,” y solicitó su ayuda. Dijo: “He soñado un sueño, y mi espíritu se ha perturbado por saber el sueño.” Y habiendo declarado su preocupación, les pidió que le revelasen lo que habría de aliviarla.
A esto los sabios respondieron: “Rey, para siempre vive: di el sueño a tus siervos, y mostraremos la declaración.”
Desconforme con esta respuesta evasiva, y sospechando que, a pesar de sus aseveraciones jactanciosas de poder revelar los secretos de los hombres, no parecían dispuestos a ayudarle, el rey ordenó a sus sabios, con promesas de riquezas y honores por un lado y amenazas de muerte por el otro, que le diesen no sólo la interpretación del sueño, sino el sueño mismo. Dijo: “El negocio se me fué: si no me mostráis el sueño y su declaración, seréis hechos cuartos, y vuestras casas serán puestas por muladares. Y si mostrareis el sueño y su declaración, recibiréis de mí dones y mercedes y grande honra.”
Aun así los sabios contestaron: “Diga el rey el sueño a sus siervos, y mostraremos su declaración.”
Airado ahora por la perfidia aparente de aquellos en quienes había confiado, Nabucodonosor declaró: “Yo conozco ciertamente que vosotros ponéis dilaciones, porque veis que el negocio se me ha ido. Si no me mostráis el sueño, una sola sentencia será de vosotros. Ciertamente preparáis respuesta mentirosa y perversa que decir delante de mí, entre tanto que se muda el tiempo: por tanto, decidme el sueño, para que yo entienda que me podéis mostrar su declaración.”
Amedrentados por las consecuencias de su fracaso, los magos procuraron demostrar al rey que su petición no era razonable y que la prueba exigida superaba a cualquiera que se hubiese requerido de hombre alguno. Dijeron: “No hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el negocio del rey: demás de esto, ningún rey, príncipe, ni señor, preguntó cosa semejante a ningún mago, ni astrólogo, ni Caldeo. Finalmente, el negocio que el rey demanda, es singular, ni hay quien lo pueda declarar delante del rey, salvo los dioses cuya morada no es con la carne.”
Entonces “el rey con ira y con grande enojo, mandó que matasen a todos los sabios de Babilonia.”
Entre aquellos a quienes buscaban los oficiales que se aprestaban a cumplir lo ordenado por el decreto real, se contaban Daniel y sus amigos. Cuando se les dijo que de acuerdo con el decreto debían morir, “avisada y prudentemente” Daniel preguntó a Arioc, capitán de la guardia del rey: “¿Qué es la causa que este mandamiento se publica de parte del rey tan apresuradamente?” Arioc le explicó la perplejidad del rey acerca de su sueño notable, y cómo le había sido imposible obtener ayuda de aquellos en quienes había puesto hasta entonces la más plena confianza. Al oír esto, Daniel, arriesgando la vida, se atrevió a presentarse ante el rey y solicitó que se le concediera tiempo para rogar a su Dios que le revelase el sueño y su interpretación.
El rey accedió a esta petición. “Fuése luego Daniel a su casa, y declaró el negocio a Ananías, Misael, y Azarías, sus compañeros.” Juntos pidieron sabiduría a la Fuente de luz y conocimiento. Conscientes de que Dios los había puesto donde estaban, y de que estaban haciendo su obra y cumpliendo las exigencias de su deber, manifestaron una fe poderosa. En momentos de perplejidad y peligro, siempre se habían dirigido al Señor para obtener dirección y protección; y él había sido su auxilio en toda ocasión. Ahora con corazón contrito, se sometieron de nuevo al Juez de la tierra, rogándole que los librase en este su tiempo de necesidad especial. Y no rogaron en vano. El Dios a quien habían honrado los honró a ellos. El Espíritu del Señor descansó sobre ellos, y a Daniel, “en visión de noche,” fueron revelados el sueño del rey y su significado.
El primer acto de Daniel fué agradecer a Dios la revelación que le había dado. Exclamó: “Sea bendito el nombre de Dios de siglo hasta siglo: porque suya es la sabiduría y la fortaleza: y él es el que muda los tiempos y las oportunidades: quita reyes, y pone reyes: da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos: él revela lo profundo y lo escondido: conoce lo que está en tinieblas, y la luz mora con él. A ti, oh Dios de mis padres, confieso y te alabo, que me diste sabiduría y fortaleza, y ahora me enseñaste lo que te pedimos; pues nos has enseñado el negocio del rey.”
Presentándose inmediatamente a Arioc, a quien el rey había ordenado que destruyese los sabios, Daniel dijo: “No mates a los sabios de Babilonia: llévame delante del rey, que yo mostraré al rey la declaración.” Prestamente, el oficial llevó a Daniel a la presencia del rey diciendo: “Un varón de los trasportados de Judá he hallado, el cual declarará al rey la interpretación.”
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