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Jueves 6 de Agosto 2026.

  • 6 ago
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Job 41 (RVR1960) Profetas y Reyes



1 ¿Sacarás tú al leviatán con anzuelo,


O con cuerda que le eches en su lengua?


2 ¿Pondrás tú soga en sus narices,


Y horadarás con garfio su quijada?


3 ¿Multiplicará él ruegos para contigo?


¿Te hablará él lisonjas?


4 ¿Hará pacto contigo


Para que lo tomes por siervo perpetuo?


5 ¿Jugarás con él como con pájaro,


O lo atarás para tus niñas?


6 ¿Harán de él banquete los compañeros?


¿Lo repartirán entre los mercaderes?


7 ¿Cortarás tú con cuchillo su piel,


O con arpón de pescadores su cabeza?


8 Pon tu mano sobre él;


Te acordarás de la batalla, y nunca más volverás.


9 He aquí que la esperanza acerca de él será burlada,


Porque aun a su sola vista se desmayarán.


10 Nadie hay tan osado que lo despierte;


¿Quién, pues, podrá estar delante de mí?


11 ¿Quién me ha dado a mí primero, para que yo restituya?


Todo lo que hay debajo del cielo es mío.


12 No guardaré silencio sobre sus miembros,


Ni sobre sus fuerzas y la gracia de su disposición.


13 ¿Quién descubrirá la delantera de su vestidura?


¿Quién se acercará a él con su freno doble?


14 ¿Quién abrirá las puertas de su rostro?


Las hileras de sus dientes espantan.


15 La gloria de su vestido son escudos fuertes,


Cerrados entre sí estrechamente.


16 El uno se junta con el otro,


Que viento no entra entre ellos.


17 Pegado está el uno con el otro;


Están trabados entre sí, que no se pueden apartar.


18 Con sus estornudos enciende lumbre,


Y sus ojos son como los párpados del alba.


19 De su boca salen hachones de fuego;


Centellas de fuego proceden.


20 De sus narices sale humo,


Como de una olla o caldero que hierve.


21 Su aliento enciende los carbones,


Y de su boca sale llama.


22 En su cerviz está la fuerza,


Y delante de él se esparce el desaliento.


23 Las partes más flojas de su carne están endurecidas;


Están en él firmes, y no se mueven.


24 Su corazón es firme como una piedra,


Y fuerte como la muela de abajo.


25 De su grandeza tienen temor los fuertes,


Y a causa de su desfallecimiento hacen por purificarse.


26 Cuando alguno lo alcanzare,


Ni espada, ni lanza, ni dardo, ni coselete durará.


27 Estima como paja el hierro,


Y el bronce como leño podrido.


28 Saeta no le hace huir;


Las piedras de honda le son como paja.


29 Tiene toda arma por hojarasca,


Y del blandir de la jabalina se burla.


30 Por debajo tiene agudas conchas;


Imprime su agudez en el suelo.


31 Hace hervir como una olla el mar profundo,


Y lo vuelve como una olla de ungüento.


32 En pos de sí hace resplandecer la senda,


Que parece que el abismo es cano.


33 No hay sobre la tierra quien se le parezca;


Animal hecho exento de temor.


34 Menosprecia toda cosa alta;


Es rey sobre todos los soberbios.



Comentario del Capitulo






Capítulo 25—El llamamiento de Isaías


Uzías se llenó de ira porque se le reprendía así a él, que era el rey. Pero no se le permitió profanar el santuario contra la protesta unida de los que ejercían autoridad. Mientras estaba allí de pie, en airada rebelión, se vió repentinamente herido por el juicio divino. Apareció la lepra en su frente. Huyó espantado, para nunca volver a los atrios del templo. Hasta el día de su muerte, algunos años más tarde, permaneció leproso, como vivo ejemplo de cuán insensato es apartarse de un claro: “Así dice Jehová.” No pudo presentar su alto cargo ni su larga vida de servicio como excusa por el pecado de presunción con que manchó los años finales de su reinado y atrajo sobre sí el juicio del Cielo.


Dios no hace acepción de personas. “Mas la persona que hiciere algo con altiva mano, así el natural como el extranjero, a Jehová injurió; y la tal persona será cortada de en medio de su pueblo.” Números 15:30.


El castigo que cayó sobre Uzías pareció ejercer una influencia refrenadora sobre su hijo. Este, Joatam, llevó pesadas responsabilidades durante los últimos años del reinado de su padre, y le sucedió en el trono después de la muerte de Uzías. Acerca de Joatam quedó escrito: “Y él hizo lo recto en ojos de Jehová; hizo conforme a todas las cosas que había hecho su padre Uzzía. Con todo eso los altos no fueron quitados; que el pueblo sacrificaba aún, y quemaba perfumes en los altos.” 2 Reyes 15:34, 35.


Se acercaba el fin del reinado de Uzías y Joatam estaba ya llevando muchas de las cargas del estado, cuando Isaías, hombre muy joven del linaje real, fué llamado a la misión profética. Los tiempos en los cuales iba a tocarle trabajar estarían cargados de peligros especiales para el pueblo de Dios. El profeta iba a presenciar la invasión de Judá por los ejércitos combinados de Israel septentrional y de Siria; iba a ver las huestes asirias acampadas frente a las principales ciudades del reino. Durante su vida, iba a caer Samaria y las diez tribus de Israel iban a ser dispersadas entre las naciones. Judá iba a ser invadido una y otra vez por los ejércitos asirios, y Jerusalén iba a sufrir un sitio que sin la intervención milagrosa de Dios habría resultado en su caída. Ya estaba amenazada por graves peligros la paz del reino meridional. La protección divina se estaba retirando y las fuerzas asirias estaban por desplegarse en la tierra de Judá.









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