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Lunes 24 November de 2025.

  • daniela0780
  • 24 nov 2025
  • 7 Min. de lectura

Jueces 11 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



1 Jefté galaadita era esforzado y valeroso; era hijo de una mujer ramera, y el padre de Jefté era Galaad. 2 Pero la mujer de Galaad le dio hijos, los cuales, cuando crecieron, echaron fuera a Jefté, diciéndole: No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer. 3 Huyó, pues, Jefté de sus hermanos, y habitó en tierra de Tob; y se juntaron con él hombres ociosos, los cuales salían con él.


4 Aconteció andando el tiempo, que los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel. 5 Y cuando los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel, los ancianos de Galaad fueron a traer a Jefté de la tierra de Tob; 6 y dijeron a Jefté: Ven, y serás nuestro jefe, para que peleemos contra los hijos de Amón. 7 Jefté respondió a los ancianos de Galaad: ¿No me aborrecisteis vosotros, y me echasteis de la casa de mi padre? ¿Por qué, pues, venís ahora a mí cuando estáis en aflicción? 8 Y los ancianos de Galaad respondieron a Jefté: Por esta misma causa volvemos ahora a ti, para que vengas con nosotros y pelees contra los hijos de Amón, y seas caudillo de todos los que moramos en Galaad. 9 Jefté entonces dijo a los ancianos de Galaad: Si me hacéis volver para que pelee contra los hijos de Amón, y Jehová los entregare delante de mí, ¿seré yo vuestro caudillo? 10 Y los ancianos de Galaad respondieron a Jefté: Jehová sea testigo entre nosotros, si no hiciéremos como tú dices. 11 Entonces Jefté vino con los ancianos de Galaad, y el pueblo lo eligió por su caudillo y jefe; y Jefté habló todas sus palabras delante de Jehová en Mizpa.


12 Y envió Jefté mensajeros al rey de los amonitas, diciendo: ¿Qué tienes tú conmigo, que has venido a mí para hacer guerra contra mi tierra? 13 El rey de los amonitas respondió a los mensajeros de Jefté: Por cuanto Israel tomó mi tierra, cuando subió de Egipto, desde Arnón hasta Jaboc y el Jordán; ahora, pues, devuélvela en paz. 14 Y Jefté volvió a enviar otros mensajeros al rey de los amonitas, 15 para decirle: Jefté ha dicho así: Israel no tomó tierra de Moab, ni tierra de los hijos de Amón. 16 Porque cuando Israel subió de Egipto, anduvo por el desierto hasta el Mar Rojo, y llegó a Cades. 17 Entonces Israel envió mensajeros al rey de Edom, diciendo: Yo te ruego que me dejes pasar por tu tierra; pero el rey de Edom no los escuchó. Envió también al rey de Moab, el cual tampoco quiso; se quedó, por tanto, Israel en Cades. 18 Después, yendo por el desierto, rodeó la tierra de Edom y la tierra de Moab, y viniendo por el lado oriental de la tierra de Moab, acampó al otro lado de Arnón, y no entró en territorio de Moab; porque Arnón es territorio de Moab. 19 Y envió Israel mensajeros a Sehón rey de los amorreos, rey de Hesbón, diciéndole: Te ruego que me dejes pasar por tu tierra hasta mi lugar. 20 Mas Sehón no se fió de Israel para darle paso por su territorio, sino que reuniendo Sehón a toda su gente, acampó en Jahaza, y peleó contra Israel. 21 Pero Jehová Dios de Israel entregó a Sehón y a todo su pueblo en mano de Israel, y los derrotó; y se apoderó Israel de toda la tierra de los amorreos que habitaban en aquel país. 22 Se apoderaron también de todo el territorio del amorreo desde Arnón hasta Jaboc, y desde el desierto hasta el Jordán. 23 Así que, lo que Jehová Dios de Israel desposeyó al amorreo delante de su pueblo Israel, ¿pretendes tú apoderarte de él? 24 Lo que te hiciere poseer Quemos tu dios, ¿no lo poseerías tú? Así, todo lo que desposeyó Jehová nuestro Dios delante de nosotros, nosotros lo poseeremos. 25 ¿Eres tú ahora mejor en algo que Balac hijo de Zipor, rey de Moab? ¿Tuvo él cuestión contra Israel, o hizo guerra contra ellos? 26 Cuando Israel ha estado habitando por trescientos años a Hesbón y sus aldeas, a Aroer y sus aldeas, y todas las ciudades que están en el territorio de Arnón, ¿por qué no las habéis recobrado en ese tiempo? 27 Así que, yo nada he pecado contra ti, mas tú haces mal conmigo peleando contra mí. Jehová, que es el juez, juzgue hoy entre los hijos de Israel y los hijos de Amón. 28 Mas el rey de los hijos de Amón no atendió a las razones que Jefté le envió.


29 Y el Espíritu de Jehová vino sobre Jefté; y pasó por Galaad y Manasés, y de allí pasó a Mizpa de Galaad, y de Mizpa de Galaad pasó a los hijos de Amón. 30 Y Jefté hizo voto a Jehová, diciendo: Si entregares a los amonitas en mis manos, 31 cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuando regrese victorioso de los amonitas, será de Jehová, y lo ofreceré en holocausto. 32 Y fue Jefté hacia los hijos de Amón para pelear contra ellos; y Jehová los entregó en su mano. 33 Y desde Aroer hasta llegar a Minit, veinte ciudades, y hasta la vega de las viñas, los derrotó con muy grande estrago. Así fueron sometidos los amonitas por los hijos de Israel.


34 Entonces volvió Jefté a Mizpa, a su casa; y he aquí su hija que salía a recibirle con panderos y danzas, y ella era sola, su hija única; no tenía fuera de ella hijo ni hija. 35 Y cuando él la vio, rompió sus vestidos, diciendo: ¡Ay, hija mía! en verdad me has abatido, y tú misma has venido a ser causa de mi dolor; porque le he dado palabra a Jehová, y no podré retractarme. 36 Ella entonces le respondió: Padre mío, si le has dado palabra a Jehová, haz de mí conforme a lo que prometiste, ya que Jehová ha hecho venganza en tus enemigos los hijos de Amón. 37 Y volvió a decir a su padre: Concédeme esto: déjame por dos meses que vaya y descienda por los montes, y llore mi virginidad, yo y mis compañeras. 38 Él entonces dijo: Ve. Y la dejó por dos meses. Y ella fue con sus compañeras, y lloró su virginidad por los montes. 39 Pasados los dos meses volvió a su padre, quien hizo de ella conforme al voto que había hecho. Y ella nunca conoció varón. 40 Y se hizo costumbre en Israel, que de año en año fueran las doncellas de Israel a endechar a la hija de Jefté galaadita, cuatro días en el año.


Comentario del Capitulo




Capítulo 43-44 La muerte de Moisés


Aquel mismo día Moisés recibió la siguiente orden: “Sube [...] al monte Nebo, [...] y mira la tierra de Canaán que yo doy por heredad a los hijos de Israel. Muere allí en el monte al cual subes, y te reunirás a tu pueblo”. Deuteronomio 32:49, 50. A menudo había abandonado Moisés el campamento, en acatamiento de las órdenes divinas, con el objeto de tener comunión con Dios; pero ahora había de partir en una nueva y misteriosa misión. Tenía que salir y entregar su vida en las manos de su Creador. Moisés sabía que moriría solo; a ningún amigo terrenal se le permitiría apoyarlo en sus últimas horas. La escena que le esperaba tenía un carácter misterioso y pavoroso que le oprimía el corazón. La prueba más severa consistió en separarse del pueblo que estaba bajo su cuidado y al cual amaba, el pueblo con el cual había identificado todo su interés durante tanto tiempo. Pero había aprendido a confiar en Dios, y con fe incondicional se encomendó a sí mismo y a su pueblo al amor y la misericordia de Dios.


Por última vez, Moisés se presentó en la asamblea de su pueblo. Una vez más el Espíritu de Dios vino sobre él, y en el lenguaje más sublime y conmovedor pronunció una bienaventuranza sobre cada una de las tribus, concluyendo con una bendición general:


“No hay como el Dios de Jesurún,

quien cabalga sobre los cielos para tu ayuda,

y sobre las nubes con su grandeza.

El eterno Dios es tu refugio

y sus brazos eternos son tu apoyo.

Él echó al enemigo delante de ti,

y dijo: “¡Destruye!”.

Israel habitará confiado,

la fuente de Jacob habitará sola en tierra

de grano y de vino; hasta sus cielos destilarán rocío.

¡Bienaventurado tú, Israel!

¿Quién como tú, pueblo salvado por Jehová?

Él es tu escudo protector, la espada de tu triunfo.

Así que tus enemigos serán humillados,

y tú pisotearás sus lugares altos”. Deuteronomio 33:26-29.


Moisés se apartó de la congregación, y se encaminó silencioso y solitario hacia la ladera del monte para subir “al monte de Nebo, a la cumbre de Pisga”. Deuteronomio 34:1. De pie en aquella cumbre solitaria, contempló con ojos claros y penetrantes el panorama que se extendía ante él. Allá a lo lejos, al occidente, se extendían las aguas azules del Mar Grande; al norte, el Monte Hermón se destacaba contra el cielo; al este, estaba la planicie de Moab, y más allá se extendía Basán, escenario del triunfo de Israel; y muy lejos hacia el sur, se veía el desierto de sus largas peregrinaciones.


En completa soledad, Moisés repasó las vicisitudes y penurias de su vida desde que se apartó de los honores cortesanos y de su posible reinado en Egipto, para echar su suerte con el pueblo escogido de Dios. Recordó aquellos largos años que pasó en el desierto cuidando los rebaños de Jetro; la aparición del Ángel en la zarza ardiente y la invitación que se le diera de librar a Israel. Volvió a presenciar, por el recuerdo, los grandes milagros que el poder de Dios realizó en favor del pueblo escogido, y la misericordia longánime que manifestó el Señor durante los años de peregrinaje y rebelión. A pesar de todo lo que Dios había hecho en favor del pueblo, a pesar de sus propias oraciones y labores, solamente dos de todos los adultos que componían el vasto ejército que salió de Egipto, fueron hallados bastante fieles como para entrar en la tierra prometida. Mientras Moisés examinaba el resultado de sus arduas labores, casi le pareció haber vivido en vano su vida de pruebas y sacrificios. No se arrepentía, sin embargo, de haber llevado tal carga. Sabía que Dios mismo le había asignado su misión y su obra. Cuando se lo llamó por vez primera para que dirigiera a Israel y lo sacara de la servidumbre, quiso eludir la responsabilidad; pero desde que inició la obra, nunca depuso la carga. Aun cuando Dios propuso relevarle a él, y destruir al rebelde Israel, Moisés no pudo consentir en ello. Aunque sus pruebas habían sido grandes, había recibido demostraciones especiales del favor de Dios; había obtenido gran experiencia durante la estada en el desierto, al presenciar las manifestaciones del poder y la gloria de Dios y al sentir la comunión de su amor; comprendía que había decidido con prudencia al preferir sufrir aflicciones con el pueblo de Dios más bien que gozar de los placeres del pecado durante algún tiempo.







Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.







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