Martes 27 de Agosto de 2024.
- daniela0780
- 27 ago 2024
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Mateo 28 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.
La resurrección
(Mr. 16.1-8; Lc. 24.1-12; Jn. 20.1-10)
1 Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro. 2 Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella. 3 Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. 4 Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos. 5 Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. 6 No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. 7 E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho. 8 Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, 9 he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron. 10 Entonces Jesús les dijo: No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.
El informe de la guardia
11 Mientras ellas iban, he aquí unos de la guardia fueron a la ciudad, y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido. 12 Y reunidos con los ancianos, y habido consejo, dieron mucho dinero a los soldados, 13 diciendo: Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos. 14 Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo. 15 Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había instruido. Este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy.
La gran comisión
(Mr. 16.14-18; Lc. 24.36-49; Jn. 20.19-23)
16 Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. 17 Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. 18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. 19 Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; 20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Comentario del Capitulo

Capítulo 58 “Lázaro, ven fuera”
“Dicho esto, díceles después: Lázaro nuestro amigo duerme; mas voy a despertarle del sueño.” “Lázaro nuestro amigo duerme.” ¡Cuán conmovedoras son estas palabras! ¡Cuán llenas de simpatía! Mientras pensaban en el peligro que su Maestro estaba por arrostrar yendo a Jerusalén, los discípulos casi se habían olvidado de la familia enlutada de Betania. Pero no así Cristo. Los discípulos se sintieron reprendidos. Les había sorprendido que Cristo no respondiera más prontamente al mensaje. Habían estado tentados a pensar que él no tenía por Lázaro y sus hermanas el tierno amor que ellos le atribuían y que debiera haberse vuelto rápidamente con el mensajero. Pero las palabras: “Lázaro nuestro amigo duerme,” despertaron en ellos los debidos sentimientos. Quedaron convencidos de que Cristo no se había olvidado de sus amigos que sufrían.
“Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, salvo estará. Mas esto decía Jesús de la muerte de él: y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño.” Cristo presenta a sus hijos creyentes la muerte como un sueño. Su vida está oculta con Cristo en Dios, y hasta que suene la última trompeta los que mueren dormirán en él.
“Entonces, pues, Jesús les dijo claramente: Lázaro es muerto; y huélgome por vosotros, que yo no haya estado allí, para que creáis: mas vamos a él.” Tomás no podía ver para su Maestro otra cosa que la muerte si iba a Judea; pero fortaleció su ánimo y dijo a los otros discípulos: “Vamos también nosotros, para que muramos con él.” Conocía el odio que los judíos le tenían a Jesús. Querían lograr su muerte, pero este propósito no había tenido éxito, porque le quedaba todavía una parte del tiempo que se le había concedido. Durante ese tiempo, Jesús gozaba de la custodia de los ángeles celestiales; y aun en las regiones de Judea, donde los rabinos maquinaban cómo apresarle y darle muerte, no podía sucederle mal alguno.
Los discípulos se asombraron de las palabras de Cristo cuando dijo: “Lázaro es muerto; y huélgome ... que yo no haya estado allí.” ¿Habíase mantenido el Salvador alejado por su propia voluntad del hogar de sus amigos que sufrían? Aparentemente había dejado solas a Marta y María, así como al moribundo Lázaro. Pero no estaban solos. Cristo contemplaba toda la escena, y después de la muerte de Lázaro las enlutadas hermanas fueron sostenidas por su gracia. Jesús presenció el pesar de sus corazones desgarrados, mientras su hermano luchaba con su poderoso enemigo la muerte. Sintió los trances de su angustia, y dijo a sus discípulos: “Lázaro es muerto.” Pero Cristo no sólo tenía que pensar en aquellos a quienes amaba en Betania; tenía que considerar la educación de sus discípulos. Ellos habían de ser sus representantes ante el mundo, para que la bendición del Padre pudiese abarcar a todos. Por su causa, permitió que Lázaro muriese. Si le hubiese devuelto la salud cuando estaba enfermo, el milagro que llegó a ser la evidencia más positiva de su carácter divino, no se habría realizado.
Si Cristo hubiese estado en la pieza del enfermo, Lázaro no habría muerto; porque Satanás no hubiera tenido poder sobre él. La muerte no podría haber lanzado su dardo contra Lázaro en presencia del Dador de la vida. Por lo tanto, Cristo permaneció lejos. Dejó que el enemigo ejerciese su poder, para luego hacerlo retroceder como enemigo vencido. Permitió que Lázaro pasase bajo el dominio de la muerte; y las hermanas apenadas vieron a su hermano puesto en la tumba. Cristo sabía que mientras mirasen el rostro muerto de su hermano, su fe en el Redentor sería probada severamente. Pero sabía que a causa de la lucha por la cual estaban pasando ahora, su fe resplandecería con fuerza mucho mayor. Permitió todos los dolores y penas que soportaron. Su tardanza no indicaba que las amase menos, pero sabía que para ellas, para Lázaro, para él mismo y para sus discípulos, había de ganarse una victoria.
“Por vosotros,” “para que creáis.” A todos los que tantean para sentir la mano guiadora de Dios, el momento de mayor desaliento es cuando más cerca está la ayuda divina. Mirarán atrás con agradecimiento, a la parte más obscura del camino. “Sabe el Señor librar de tentación a los píos.” Salen de toda tentación y prueba con una fe más firme y una experiencia más rica.
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