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Sábado 10 de Agosto de 2024.

  • daniela0780
  • 10 ago 2024
  • 7 Min. de lectura

Mateo 11 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.



Los mensajeros de Juan el Bautista

(Lc. 7.18-35)

1 Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en las ciudades de ellos.


2 Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, 3 para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro? 4 Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. 5 Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; 6 y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí.


7 Mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 8 ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están. 9 Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. 10 Porque este es de quien está escrito:


He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz,


El cual preparará tu camino delante de ti.


11 De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él. 12 Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. 13 Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan. 14 Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. 15 El que tiene oídos para oír, oiga. 16 Mas ¿a qué compararé esta generación? Es semejante a los muchachos que se sientan en las plazas, y dan voces a sus compañeros, 17 diciendo: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no lamentasteis. 18 Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene. 19 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría es justificada por sus hijos.


Ayes sobre las ciudades impenitentes

(Lc. 10.13-16)

20 Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido, diciendo: 21 ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza. 22 Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras. 23 Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. 24 Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti.


Venid a mí y descansad

(Lc. 10.21-22)

25 En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. 26 Sí, Padre, porque así te agradó. 27 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. 28 Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. 29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; 30 porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.


Comentario del Capitulo




Capítulo 53—El último viaje desde Galilea

Este capítulo está basado en Lucas 9:51-56; 10:1-24.


El arco iris de la promesa que circuye el trono de lo alto es un testimonio eterno de que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Atestigua al universo que nunca abandonará Dios a su pueblo en la lucha contra el mal. Es una garantía para nosotros de que contaremos con fuerza y protección mientras dure el trono.


Jesús añadió: “Mas no os gocéis de esto, que los espíritus se os sujetan; antes gozaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.” No os gocéis por el hecho de que poseéis poder, no sea que perdáis de vista vuestra dependencia de Dios. Tened cuidado, no sea que os creáis suficientes y obréis por vuestra propia fuerza, en lugar de hacerlo por el espíritu y la fuerza de vuestro Señor. El yo está siempre listo para atribuirse el mérito por cualquier éxito alcanzado. Se lisonjea y exalta al yo, y no se graba en otras mentes la verdad de que Dios es todo y en todos. El apóstol Pablo dice: “Porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso.” Cuando nos percatamos de nuestra debilidad, aprendemos a no depender de un poder inherente. Nada puede posesionarse tan fuertemente del corazón como el sentimiento permanente de nuestra responsabilidad ante Dios. Nada alcanza tan plenamente a los motivos más profundos de la conducta como la sensación del amor perdonador de Cristo. Debemos ponernos en comunión con Dios; entonces seremos dotados de su Espíritu Santo, el cual nos capacita para relacionarnos con nuestros semejantes. Por lo tanto, gozaos de que mediante Cristo habéis sido puestos en comunión con Dios, como miembros de la familia celestial. Mientras miréis más arriba que vosotros mismos, tendréis un sentimiento continuo de la flaqueza de la humanidad. Cuanto menos apreciéis el yo, más clara y plena será vuestra comprensión de la excelencia de vuestro Salvador. Cuanto más estrechamente os relacionéis con la fuente de luz y poder, mayor luz brillará sobre vosotros y mayor poder tendréis para trabajar por Dios. Gozaos porque sois uno con Dios, uno con Cristo y con toda la familia del cielo.


Mientras los setenta escuchaban las palabras de Cristo, el Espíritu Santo impresionaba sus mentes con las realidades vivientes y escribía la verdad en las tablas del alma. Aunque los cercaban multitudes, estaban como a solas con Dios.


Conociendo que ellos habían sido dominados por la inspiración de la hora, “Jesús se alegró en espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, que escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños: así, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me son entregadas de mi Padre: y nadie sabe quién sea el Hijo sino el Padre; ni quién sea el Padre, sino el Hijo, y a quien el Hijo lo quisiere revelar.”


Los hombres honrados por el mundo, los así llamados grandes y sabios, con su alardeada sabiduría, no podían comprender el carácter de Cristo. Le juzgaban por la apariencia exterior, por la humillación que le cupo como ser humano. Pero a los pescadores y publicanos les había sido dado ver al Invisible. Aun los discípulos no podían comprender todo lo que Jesús deseaba revelarles; pero a veces, cuando se entregaban al poder del Espíritu Santo, se iluminaban sus mentes. Comprendían que el Dios poderoso, revestido de humanidad, estaba entre ellos. Jesús se regocijó porque, aunque los sabios y prudentes no tenían este conocimiento, había sido revelado a aquellos hombres humildes. A menudo, mientras él había presentado las Escrituras del Antiguo Testamento, y les había mostrado como se aplicaban a él y a su obra de expiación, ellos habían sido despertados por su Espíritu y elevados a una atmósfera celestial. Tenían una comprensión más clara de las verdades espirituales habladas por los profetas que sus mismos autores. En adelante habrían de leer las Escrituras del Antiguo Testamento, no como las doctrinas de los escribas y fariseos, no como las declaraciones de sabios que habían muerto, sino como una nueva revelación de Dios. Veían a Aquel “al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce: mas vosotros le conocéis; porque está con vosotros, y será en vosotros.”


Lo único que nos permite obtener una comprensión más perfecta de la verdad consiste en que mantengamos nuestro corazón enternecido y sojuzgado por el Espíritu de Cristo. El alma debe ser limpiada de la vanidad y el orgullo, y vaciada de todo lo que la domina; y Cristo debe ser entronizado en ella. La ciencia humana es demasiado limitada para comprender el sacrificio expiatorio. El plan de la redención es demasiado abarcante para que la filosofía pueda explicarlo. Será siempre un misterio insondable para el razonamiento más profundo. La ciencia de la salvación no puede ser explicada; pero puede ser conocida por experiencia. Solamente el que ve su propio carácter pecaminoso puede discernir la preciosidad del Salvador.


Las lecciones que Jesús enseñaba mientras iba lentamente de Galilea a Jerusalén estaban llenas de instrucción. El pueblo escuchaba ansiosamente sus palabras. En Perea y Galilea, el pueblo no estaba tan dominado por el fanatismo de los judíos como en Judea, y las enseñanzas de Cristo hallaban cabida en los corazones.


Presentó muchas de sus parábolas durante estos últimos meses de su ministerio. Los sacerdotes y rabinos le perseguían cada vez más acerbamente, y las amonestaciones que les dirigiera iban veladas en símbolos. Ellos no podían dejar de entender lo que quería decir, aunque no podían hallar en qué fundar una acusación contra él. En la parábola del fariseo y el publicano, la suficiencia propia manifestada en la oración: “Dios, te doy gracias, que no soy como los otros hombres,” contrastaba vívidamente con la plegaria del penitente: “Dios, sé propicio a mí pecador.” Así censuró Cristo la hipocresía de los judíos. Y bajo las figuras de la higuera estéril y de la gran cena predijo la sentencia que estaba por caer sobre la nación impenitente. Los que habían rechazado desdeñosamente la invitación al banquete evangélico, oyeron sus palabras de amonestación: “Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados, gustará mi cena.”


Muy preciosas eran las instrucciones impartidas a los discípulos. La parábola de la viuda importuna y del amigo que pedía pan a medianoche, dieron nueva fuerza a sus palabras: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y os será abierto.” Y a menudo la vacilante fe de ellos fué fortalecida recordando las palabras que Cristo había dicho: “¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea longánime acerca de ellos? Os digo que los defenderá presto.”


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