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Sábado 18 de Octubre de 2025.

  • daniela0780
  • 18 oct 2025
  • 9 Min. de lectura

Deuteronomio 32 (RVR1960) Patriarcas y Profetas



1 Escuchad, cielos, y hablaré;


Y oiga la tierra los dichos de mi boca.


2 Goteará como la lluvia mi enseñanza;


Destilará como el rocío mi razonamiento;


Como la llovizna sobre la grama,


Y como las gotas sobre la hierba;


3 Porque el nombre de Jehová proclamaré.


Engrandeced a nuestro Dios.


4 Él es la Roca, cuya obra es perfecta,


Porque todos sus caminos son rectitud;


Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él;


Es justo y recto.


5 La corrupción no es suya; de sus hijos es la mancha,


Generación torcida y perversa.


6 ¿Así pagáis a Jehová,


Pueblo loco e ignorante?


¿No es él tu padre que te creó?


Él te hizo y te estableció.


7 Acuérdate de los tiempos antiguos,


Considera los años de muchas generaciones;


Pregunta a tu padre, y él te declarará;


A tus ancianos, y ellos te dirán.


8 Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones,


Cuando hizo dividir a los hijos de los hombres,


Estableció los límites de los pueblos


Según el número de los hijos de Israel.


9 Porque la porción de Jehová es su pueblo;


Jacob la heredad que le tocó.


10 Le halló en tierra de desierto,


Y en yermo de horrible soledad;


Lo trajo alrededor, lo instruyó,


Lo guardó como a la niña de su ojo.


11 Como el águila que excita su nidada,


Revolotea sobre sus pollos,


Extiende sus alas, los toma,


Los lleva sobre sus plumas,


12 Jehová solo le guio,


Y con él no hubo dios extraño.


13 Lo hizo subir sobre las alturas de la tierra,


Y comió los frutos del campo,


E hizo que chupase miel de la peña,


Y aceite del duro pedernal;


14 Mantequilla de vacas y leche de ovejas,


Con grosura de corderos,


Y carneros de Basán; también machos cabríos,


Con lo mejor del trigo;


Y de la sangre de la uva bebiste vino.


15 Pero engordó Jesurún, y tiró coces


(Engordaste, te cubriste de grasa);


Entonces abandonó al Dios que lo hizo,


Y menospreció la Roca de su salvación.


16 Le despertaron a celos con los dioses ajenos;


Lo provocaron a ira con abominaciones.


17 Sacrificaron a los demonios, y no a Dios;


A dioses que no habían conocido,


A nuevos dioses venidos de cerca,


Que no habían temido vuestros padres.


18 De la Roca que te creó te olvidaste;


Te has olvidado de Dios tu creador.


19 Y lo vio Jehová, y se encendió en ira


Por el menosprecio de sus hijos y de sus hijas.


20 Y dijo: Esconderé de ellos mi rostro,


Veré cuál será su fin;


Porque son una generación perversa,


Hijos infieles.


21 Ellos me movieron a celos con lo que no es Dios;


Me provocaron a ira con sus ídolos;


Yo también los moveré a celos con un pueblo que no es pueblo,


Los provocaré a ira con una nación insensata.


22 Porque fuego se ha encendido en mi ira,


Y arderá hasta las profundidades del Seol;


Devorará la tierra y sus frutos,


Y abrasará los fundamentos de los montes.


23 Yo amontonaré males sobre ellos;


Emplearé en ellos mis saetas.


24 Consumidos serán de hambre, y devorados de fiebre ardiente


Y de peste amarga;


Diente de fieras enviaré también sobre ellos,


Con veneno de serpientes de la tierra.


25 Por fuera desolará la espada,


Y dentro de las cámaras el espanto;


Así al joven como a la doncella,


Al niño de pecho como al hombre cano.


26 Yo había dicho que los esparciría lejos,


Que haría cesar de entre los hombres la memoria de ellos,


27 De no haber temido la provocación del enemigo,


No sea que se envanezcan sus adversarios,


No sea que digan: Nuestra mano poderosa


Ha hecho todo esto, y no Jehová.


28 Porque son nación privada de consejos,


Y no hay en ellos entendimiento.


29 ¡Ojalá fueran sabios, que comprendieran esto,


Y se dieran cuenta del fin que les espera!


30 ¿Cómo podría perseguir uno a mil,


Y dos hacer huir a diez mil,


Si su Roca no los hubiese vendido,


Y Jehová no los hubiera entregado?


31 Porque la roca de ellos no es como nuestra Roca,


Y aun nuestros enemigos son de ello jueces.


32 Porque de la vid de Sodoma es la vid de ellos,


Y de los campos de Gomorra;


Las uvas de ellos son uvas ponzoñosas,


Racimos muy amargos tienen.


33 Veneno de serpientes es su vino,


Y ponzoña cruel de áspides.


34 ¿No tengo yo esto guardado conmigo,


Sellado en mis tesoros?


35 Mía es la venganza y la retribución;


A su tiempo su pie resbalará,


Porque el día de su aflicción está cercano,


Y lo que les está preparado se apresura.


36 Porque Jehová juzgará a su pueblo,


Y por amor de sus siervos se arrepentirá,


Cuando viere que la fuerza pereció,


Y que no queda ni siervo ni libre.


37 Y dirá: ¿Dónde están sus dioses,


La roca en que se refugiaban;


38 Que comían la grosura de sus sacrificios,


Y bebían el vino de sus libaciones?


Levántense, que os ayuden


Y os defiendan.


39 Ved ahora que yo, yo soy,


Y no hay dioses conmigo;


Yo hago morir, y yo hago vivir;


Yo hiero, y yo sano;


Y no hay quien pueda librar de mi mano.


40 Porque yo alzaré a los cielos mi mano,


Y diré: Vivo yo para siempre,


41 Si afilare mi reluciente espada,


Y echare mano del juicio,


Yo tomaré venganza de mis enemigos,


Y daré la retribución a los que me aborrecen.


42 Embriagaré de sangre mis saetas,


Y mi espada devorará carne;


En la sangre de los muertos y de los cautivos,


En las cabezas de larga cabellera del enemigo.


43 Alabad, naciones, a su pueblo,


Porque él vengará la sangre de sus siervos,


Y tomará venganza de sus enemigos,


Y hará expiación por la tierra de su pueblo.


44 Vino Moisés y recitó todas las palabras de este cántico a oídos del pueblo, él y Josué hijo de Nun. 45 Y acabó Moisés de recitar todas estas palabras a todo Israel; 46 y les dijo: Aplicad vuestro corazón a todas las palabras que yo os testifico hoy, para que las mandéis a vuestros hijos, a fin de que cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley. 47 Porque no os es cosa vana; es vuestra vida, y por medio de esta ley haréis prolongar vuestros días sobre la tierra adonde vais, pasando el Jordán, para tomar posesión de ella.


Se le permite a Moisés contemplar la tierra de Canaán

48 Y habló Jehová a Moisés aquel mismo día, diciendo: 49 Sube a este monte de Abarim, al monte Nebo, situado en la tierra de Moab que está frente a Jericó, y mira la tierra de Canaán, que yo doy por heredad a los hijos de Israel; 50 y muere en el monte al cual subes, y sé unido a tu pueblo, así como murió Aarón tu hermano en el monte Hor, y fue unido a su pueblo; 51 por cuanto pecasteis contra mí en medio de los hijos de Israel en las aguas de Meriba de Cades, en el desierto de Zin; porque no me santificasteis en medio de los hijos de Israel. 52 Verás, por tanto, delante de ti la tierra; mas no entrarás allá, a la tierra que doy a los hijos de Israel.


Comentario del Capitulo




Capítulo 33 Del Sinaí a Cades


Aunque se la llama “mujer cusita” o “etíope”, la esposa de Moisés era de origen madianita, y por lo tanto, descendiente de Abraham. En su aspecto personal difería de los hebreos en que era un tanto más morena. Aunque no era israelita, Séfora adoraba al Dios verdadero. Era de un temperamento tímido y retraído, tierno y afectuoso, y se afligía mucho en presencia de los sufrimientos. Por ese motivo cuando Moisés fue a Egipto, él consintió en que ella regresara a Madián. Quería evitarle la pena que significaría para ella presenciar los juicios que iban a caer sobre los egipcios.


Cuando Séfora se reunió con su marido en el desierto, vio que las responsabilidades que llevaba estaban agotando sus fuerzas, y comunicó sus temores a Jetro, quien sugirió que se tomaran medidas para aliviarlo. Esta era la razón principal de la antipatía de María hacia Séfora. Herida por el supuesto desdén infligido a ella y a Aarón, y considerando a la esposa de Moisés como causante de la situación, concluyó que la influencia de ella le había impedido a Moisés que los consultara como lo había hecho antes. Si Aarón se hubiera mantenido firme de parte de lo recto, habría impedido el mal; pero en vez de mostrarle a María lo pecaminoso de su conducta, se unió a ella, prestó oídos a sus quejas, y así llegó a participar de sus celos.


Moisés soportó sus acusaciones en silencio paciente y sin queja. Fue la experiencia que adquirió durante los muchos años de trabajo y espera en Madián, el espíritu de humildad y longanimidad que desarrolló allí, lo que preparó a Moisés para arrostrar con paciencia la incredulidad y la murmuración del pueblo, y el orgullo y la envidia de los que debieron ser sus asistentes firmes y resueltos. “Moisés era un hombre muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra”, y por este motivo Dios le otorgó más de su sabiduría y dirección que a todos los demás. Dice la Escritura: “Encaminará a los humildes en la justicia, y enseñará a los mansos su carrera”. Salmos 25:9. Los mansos son dirigidos por el Señor, porque son dóciles y dispuestos a recibir instrucción. Tienen un deseo sincero de saber y hacer la voluntad de Dios. Esta es la promesa del Salvador: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios”. Juan 7:17. Y declara por medio del apóstol Santiago: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”. Santiago 1:5. Pero la promesa es solamente para los que quieran seguirle del todo. Dios no fuerza la voluntad de nadie; por consiguiente, no puede conducir a los que son demasiado orgullosos como para dejarse instruir, que se empeñan en hacer su propia voluntad. Acerca de quien adolezca duplicidad mental, es decir quien procura seguir los dictados de su propia voluntad, mientras profesa seguir la voluntad de Dios, se ha escrito: “No piense, pues, quien tal haga que recibirá cosa alguna del Señor”. Vers. 7.


Dios había escogido a Moisés y lo había investido de su Espíritu; y por su murmuración María y Aarón se habían hecho culpables de deslealtad, no solamente hacia el que fue designado como su jefe sino también hacia Dios mismo. Los murmuradores sediciosos fueron convocados al tabernáculo y careados con Moisés. “Entonces Jehová descendió en la columna de la nube, y se puso a la puerta del tabernáculo. Llamó a Aarón y a María”. No negaron sus aseveraciones acerca de las manifestaciones del don de profecía por su intermedio; Dios podía haberles hablado en visiones y sueños. Pero a Moisés, a quien el Señor mismo declaró “fiel en toda mi casa”, se le había otorgado una comunión más estrecha. Con él Dios hablaba “cara a cara”. “¿Por qué, pues, no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés? Entonces la ira de Jehová se encendió contra ellos; luego se fue”. La nube desapareció del tabernáculo como señal del desagrado de Dios, y María fue castigada. Quedó “leprosa como la nieve”. A Aarón se le perdonó el castigo, pero el de María fue una severa reprensión para él. Entonces, humillado hasta el polvo el orgullo de ambos, Aarón confesó el pecado que habían cometido e imploró al Señor que no dejara perecer a su hermana por aquel azote repugnante y fatal. En respuesta a las oraciones de Moisés, se limpió la lepra de María. Sin embargo, ella fue excluída del campo durante siete días. Tan solo cuando quedó desterrada del campamento volvió el símbolo del favor de Dios a posarse sobre el tabernáculo. En consideración a su elevada posición, y en señal de pesar por el golpe que ella había recibido, todo el pueblo permaneció en Hazerot, en espera de su regreso.


Esta manifestación del desagrado del Señor tenía por objeto motivar a todo Israel a poner coto al creciente espíritu de descontento y de insubordinación. Si el descontento y la envidia de María no hubieran recibido una pública reprensión, habrían resultado en grandes males. La envidia es una de las peores características satánicas que existen en el corazón humano, y es una de las más funestas en sus consecuencias. Dice el sabio: “Cruel es la ira, e impetuoso el furor; mas ¿quién parará delante de la envidia?”. Proverbios 27:4. Fue la envidia la que provocó la primera discordia en el cielo, y el albergarla ha obrado males indecibles entre los hombres. “Porque donde hay envidia y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa”. Santiago 3:16.


No debemos considerar como cosa baladí el hablar mal de los demás, ni constituirnos nosotros mismos en jueces de sus motivos o acciones. “El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la Ley, sino juez”. Santiago 4:11. Solo hay un Juez, “el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones”. 1 Corintios 4:5. Y todo el que se encargue de juzgar y condenar a sus semejantes usurpa la prerrogativa del Creador.





Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.







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