Sábado 21 de Marzo de 2026.
- hace 1 día
- 6 Min. de lectura
1 Crónicas 1 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Descendientes de Adán
(Gn. 5.1-32)
1 Adán, Set, Enós, 2 Cainán, Mahalaleel, Jared, 3 Enoc, Matusalén, Lamec, 4 Noé, Sem, Cam y Jafet.
Descendientes de los hijos de Noé
(Gn. 10.1-32)
5 Los hijos de Jafet: Gomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mesec y Tiras. 6 Los hijos de Gomer: Askenaz, Rifat y Togarma. 7 Los hijos de Javán: Elisa, Tarsis, Quitim y Dodanim.
8 Los hijos de Cam: Cus, Mizraim, Fut y Canaán. 9 Los hijos de Cus: Seba, Havila, Sabta, Raama y Sabteca. Y los hijos de Raama: Seba y Dedán. 10 Cus engendró a Nimrod; este llegó a ser poderoso en la tierra.
11 Mizraim engendró a Ludim, Anamim, Lehabim, Naftuhim, 12 Patrusim y Casluhim; de estos salieron los filisteos y los caftoreos.
13 Canaán engendró a Sidón su primogénito, y a Het, 14 al jebuseo, al amorreo, al gergeseo, 15 al heveo, al araceo, al sineo, 16 al arvadeo, al zemareo y al hamateo.
17 Los hijos de Sem: Elam, Asur, Arfaxad, Lud, Aram, Uz, Hul, Geter y Mesec. 18 Arfaxad engendró a Sela, y Sela engendró a Heber. 19 Y a Heber nacieron dos hijos; el nombre del uno fue Peleg, por cuanto en sus días fue dividida la tierra; y el nombre de su hermano fue Joctán. 20 Joctán engendró a Almodad, Selef, Hazar-mavet y Jera. 21 A Adoram también, a Uzal, Dicla, 22 Ebal, Abimael, Seba, 23 Ofir, Havila y Jobab; todos hijos de Joctán.
Descendientes de Sem
(Gn. 11.10-26)
24 Sem, Arfaxad, Sela, 25 Heber, Peleg, Reu, 26 Serug, Nacor, Taré, 27 y Abram, el cual es Abraham.
Descendientes de Ismael y de Cetura
(Gn. 25.1-6,12-18)
28 Los hijos de Abraham: Isaac e Ismael. 29 Y estas son sus descendencias: el primogénito de Ismael, Nebaiot; después Cedar, Adbeel, Mibsam, 30 Misma, Duma, Massa, Hadad, Tema, 31 Jetur, Nafis y Cedema; estos son los hijos de Ismael. 32 Y Cetura, concubina de Abraham, dio a luz a Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa. Los hijos de Jocsán: Seba y Dedán. 33 Los hijos de Madián: Efa, Efer, Hanoc, Abida y Elda; todos estos fueron hijos de Cetura.
Descendientes de Esaú
(Gn. 36.1-43)
34 Abraham engendró a Isaac, y los hijos de Isaac fueron Esaú e Israel. 35 Los hijos de Esaú: Elifaz, Reuel, Jeús, Jaalam y Coré. 36 Los hijos de Elifaz: Temán, Omar, Zefo, Gatam, Cenaz, Timna y Amalec. 37 Los hijos de Reuel: Nahat, Zera, Sama y Miza.
38 Los hijos de Seir: Lotán, Sobal, Zibeón, Aná, Disón, Ezer y Disán. 39 Los hijos de Lotán: Hori y Homam; y Timna fue hermana de Lotán. 40 Los hijos de Sobal: Alván, Manahat, Ebal, Sefo y Onam. Los hijos de Zibeón: Aja y Aná. 41 Disón fue hijo de Aná; y los hijos de Disón: Amram, Esbán, Itrán y Querán. 42 Los hijos de Ezer: Bilhán, Zaaván y Jaacán. Los hijos de Disán: Uz y Arán.
43 Y estos son los reyes que reinaron en la tierra de Edom, antes que reinase rey sobre los hijos de Israel: Bela hijo de Beor; y el nombre de su ciudad fue Dinaba. 44 Muerto Bela, reinó en su lugar Jobab hijo de Zera, de Bosra. 45 Y muerto Jobab, reinó en su lugar Husam, de la tierra de los temanitas. 46 Muerto Husam, reinó en su lugar Hadad hijo de Bedad, el que derrotó a Madián en el campo de Moab; y el nombre de su ciudad fue Avit. 47 Muerto Hadad, reinó en su lugar Samla de Masreca. 48 Muerto también Samla, reinó en su lugar Saúl de Rehobot, que está junto al Éufrates. 49 Y muerto Saúl, reinó en su lugar Baal-hanán hijo de Acbor. 50 Muerto Baal-hanán, reinó en su lugar Hadad, el nombre de cuya ciudad fue Pai; y el nombre de su mujer, Mehetabel hija de Matred, hija de Mezaab. 51 Muerto Hadad, sucedieron en Edom los jefes Timna, Alva, Jetet, 52 Aholibama, Ela, Pinón, 53 Cenaz, Temán, Mibzar, 54 Magdiel e Iram. Estos fueron los jefes de Edom.
Comentario del Capitulo

Capítulo 69—David llevado al trono
“¿Había de morir Abner como muere un villano?
Tus manos no estaban atadas ni tus pies sujetos con grillos.
Caíste como los que caen ante malhechores””.
El reconocimiento magnánimo por parte de David del valor de quien había sido su enemigo acérrimo, le ganó la confianza y la admiración de todo Israel. “Todo el pueblo lo supo y le agradó; pues todo lo que el rey hacía agradaba a todo el pueblo. Y supo aquel día todo el pueblo y todo Israel, que el rey no había tenido participación en la muerte de Abner hijo de Ner”. En el círculo privado de sus consejeros y asistentes de confianza, el rey habló del crimen, y, reconociendo que no le era posible castigar a los asesinos, como lo deseaba, les dejó a la justicia de Dios: “¿No sabéis que un príncipe y un grande ha caído hoy en Israel? Aunque ungido rey, me siento débil hoy; pero estos hombres, los hijos de Sarvia, son más duros que yo. ¡Que Jehová le pague al que mal hace conforme a su maldad!”
Abner había sido sincero en sus ofrecimientos a David, pero sus móviles eran viles y egoístas. Se había opuesto obstinadamente al rey que Dios había designado, con la esperanza de obtener mucho honor para sí. El resentimiento, el orgullo herido y la ira fueron los motivos que lo indujeron a abandonar la causa que por tanto tiempo había servido; y al pasarse a las filas de David esperaba recibir el puesto de más honor en su servicio. Si hubiera tenido éxito en su propósito, sus talentos y su ambición, su gran influencia y su falta de piedad, habrían hecho peligrar el trono de David así como la paz y prosperidad de la nación.
“Luego que el hijo de Saúl supo que Abner había muerto en Hebrón, las manos se le debilitaron, y todo Israel se sintió atemorizado”. Era evidente que el reino no podría sostenerse ya mucho más. Muy pronto otro acto de traición completó la caída del poder decreciente. Is-boset fue asesinado alevosamente por dos de sus capitanes, quienes, cortándole la cabeza, se apresuraron a llevársela al rey de Judá, esperando así congraciarse con él y ganar su favor.
Se presentaron a David con el testimonio sangriento de su crimen, diciendo: “Aquí tienes la cabeza de Is-boset hijo de Saúl, tu enemigo, que procuraba matarte. Jehová ha vengado hoy a mi señor, el rey, de Saúl y de su linaje”.
Pero David cuyo trono había sido establecido por Dios mismo, y a quien Dios había librado de sus adversarios, no deseaba la ayuda de la traición para establecer su poder. Mencionó a estos asesinos la suerte fatal que impuso al que se jactara de haber dado muerte a Saúl. “¿Cuánto más a los malos hombres [he de matar] que mataron a un hombre justo en su casa y sobre su cama? Ahora, pues, ¿no he de demandar yo su sangre de vuestras manos, y quitaros de la tierra? Entonces David dio una orden a sus servidores, que los mataron [...]. Luego tomaron la cabeza de Is-boset, y la enterraron en el sepulcro de Abner, en Hebrón”.
Después de la muerte de Is-boset, hubo entre todos los hombres principales de Israel el deseo general de que David reinase sobre todas las tribus. “Vinieron todas las tribus de Israel adonde estaba David en Hebrón y le dijeron: “Mira, hueso tuyo y carne tuya somos””. Declararon además: “Eras tú quien sacabas a Israel a la guerra, y lo volvías a traer. Además, Jehová te ha dicho: “Tú apacentarás a mi pueblo Israel, y tú serás quien gobierne a Israel”. Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel ante el rey en Hebrón. El rey David hizo un pacto con ellos allí delante de Jehová”. Así fue abierto por la providencia de Dios el camino que lo condujo al trono. No tenía ambición personal que satisfacer, puesto que no había buscado el honor al cual se le había llevado.
Más de ocho mil de los descendientes de Aarón y de los levitas acompañaban a David. El cambio que experimentaron los sentimientos del pueblo fue pronunciado y decisivo. La revolución se llevó a cabo con calma y dignidad como convenía a la gran obra que se estaba haciendo. Cerca de medio millón de los antiguos súbditos de Saúl llenaron Hebrón y sus inmediaciones. Las colinas y los valles rebosaban de multitudes. Se designó la hora para la coronación; el hombre que había sido expulsado de la corte de Saúl, que había huido a las montañas, las colinas y las cuevas de la tierra para salvar la vida iba a recibir el honor más alto que puedan conferir a hombre alguno sus semejantes. Los sacerdotes y los ancianos, vestidos con los hábitos de su sagrado oficio, los capitanes y los soldados con relumbrantes lanzas y yelmos, y los forasteros de lejanas comarcas, estaban allí para presenciar la coronación del rey escogido.
Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.






