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Viernes 16 de Agosto 2024.

  • daniela0780
  • 16 ago 2024
  • 6 Min. de lectura

Mateo 17 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.



Mateo 17 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.


La transfiguración

(Mr. 9.2-13; Lc. 9.28-36)

1 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; 2 y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. 3 Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. 4 Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. 5 Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd. 6 Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor. 7 Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. 8 Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.


9 Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos. 10 Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero? 11 Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. 12 Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos. 13 Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista.


Jesús sana a un muchacho lunático

(Mr. 9.14-29; Lc. 9.37-43)

14 Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo: 15 Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. 16 Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar. 17 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá. 18 Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y este quedó sano desde aquella hora. 19 Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? 20 Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. 21 Pero este género no sale sino con oración y ayuno.


Jesús anuncia otra vez su muerte

(Mr. 9.30-32; Lc. 9.43-45)

22 Estando ellos en Galilea, Jesús les dijo: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, 23 y le matarán; mas al tercer día resucitará. Y ellos se entristecieron en gran manera.


Pago del impuesto del templo

24 Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? 25 Él dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? 26 Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos. 27 Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti.


Comentario del Capitulo




Capítulo 54-55 El buen Samaritano


“Tiempo vendrá—dijo dirigiéndose a sus discípulos,—cuando desearéis ver uno de los días del Hijo del hombre, y no lo veréis.” Por cuanto no va acompañada de pompa mundanal, estáis en peligro de no discernir la gloria de mi misión. No comprendéis cuán grande es vuestro presente privilegio de tener entre vosotros, aunque velado por la humanidad, al que es la vida y la luz de los hombres. Vendrán días en que miraréis retrospectivamente y con ansia las oportunidades que ahora disfrutáis, de andar y hablar con el Hijo de Dios.


Por causa de su egoísmo y mundanalidad, ni los discípulos de Jesús podían comprender la gloria espiritual que él procuraba revelarles. No fué sino hasta después de la ascensión de Cristo al Padre y del derramamiento del Espíritu Santo sobre los creyentes, cuando los discípulos apreciaron plenamente el carácter y la misión del Salvador. Después de recibir el bautismo del Espíritu, comenzaron a comprender que habían estado en la misma presencia del Señor de gloria. A medida que les eran recordados los dichos de Cristo, sus mentes se abrían para comprender las profecías y entender los milagros obrados por él. Las maravillas de su vida pasaban delante de ellos y parecían hombres que despertaban de un sueño. Comprendían que “aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.” En realidad, Cristo había venido de Dios a un mundo lleno de pecado para salvar a los caídos hijos e hijas de Adán. Los discípulos se consideraron entonces de mucho menor importancia que antes de haber comprendido esto. Nunca se cansaban de referir las palabras y obras del Señor. Sus lecciones, que sólo habían entendido obscuramente, pareciéronles una nueva revelación. Las Escrituras llegaron a ser para ellos un libro nuevo.


Mientras los discípulos escudriñaban las profecías que testificaban de Cristo, llegaron a estar en comunión con la divinidad, y aprendieron de Aquel que había ascendido al cielo a terminar la obra que había empezado en la tierra. Reconocieron que había en él un conocimiento que ningún ser humano podía comprender sin ayuda de la intervención divina. Necesitaban la ayuda de Aquel que había sido predicho por reyes, profetas y justos. Con asombro leían y volvían a leer las profecías que delineaban su carácter y su obra. ¡Cuán vagamente habían comprendido las escrituras proféticas; cuán lentos habían sido para recibir las grandes verdades que testificaban de Cristo! Mirándole en su humillación, mientras andaba como hombre entre los hombres, no habían comprendido el misterio de su encarnación, el carácter dual de su naturaleza. Sus ojos estaban velados, de manera que no reconocían plenamente la divinidad en la humanidad. Pero después que fueron iluminados por el Espíritu Santo, ¡cuánto anhelaban volverle a ver y sentarse a sus pies! ¡Cuánto deseaban acercarse a él y que les explicase las Escrituras que no podían comprender! ¡Cuán atentamente escucharían sus palabras! ¿Qué había querido decir Cristo cuando dijo: “Aun tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar”? ¡Cuán ávidos estaban de saberlo todo! Les apenaba que su fe hubiese sido tan débil, que sus ideas se hubiesen apartado tanto de la verdad que habían dejado de comprender la realidad.


Había sido enviado por Dios un heraldo que proclamase la venida de Cristo para llamar la atención de la nación judía y del mundo a su misión, a fin de que los hombres pudiesen prepararse para recibirle. El admirable personaje a quien Juan había anunciado había estado entre ellos durante más de treinta años y no le habían conocido en realidad como el enviado de Dios. El remordimiento se apoderó de los discípulos porque habían dejado que la incredulidad prevaleciente impregnase sus opiniones y anublase su entendimiento. La Luz de este mundo sombrío había estado resplandeciendo entre su lobreguez, y no habían alcanzado a comprender de dónde provenían sus rayos. Se preguntaban por qué se habían conducido de modo que obligara a Cristo a reprenderlos. Con frecuencia repetían sus conversaciones y decían: ¿Por qué permitimos que las consideraciones terrenales y la oposición de sacerdotes y rabinos confundiesen nuestros sentidos, de manera que no comprendíamos que estaba entre nosotros uno mayor que Moisés, y que uno más sabio que Salomón nos instruía? ¡Cuán embotados estaban nuestros oídos, cuán débil era nuestro entendimiento!


Tomás no quiso creer hasta que hubo puesto su dedo en la herida hecha por los soldados romanos. Pedro le había negado en su humillación y rechazamiento. Estos dolorosos recuerdos acudían claramente a sus mentes. Habían estado con él, pero no le habían conocido ni apreciado. ¡Mas cuánto conmovían esas cosas su corazón al reconocer ellos su incredulidad!


Mientras los sacerdotes y príncipes se combinaban contra ellos y eran llevados ante concilios y arrojados a la cárcel, los discípulos de Cristo se regocijaban de que “fuesen tenidos por dignos de padecer afrenta por el Nombre.” Les era grato probar, ante los hombres y los ángeles, que reconocían la gloria de Cristo, y querían seguirle aun perdiendo todo lo demás.


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