Viernes 30 de Enero 2025.
- daniela0780
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2 Samuel 22 (RVR1960) Patriarcas y Profetas
Cántico de liberación de David
(Sal. 18 título; 1-50)
1 Habló David a Jehová las palabras de este cántico, el día que Jehová le había librado de la mano de todos sus enemigos, y de la mano de Saúl. 2 Dijo:
Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador;
3 Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré;
Mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio;
Salvador mío; de violencia me libraste.
4 Invocaré a Jehová, quien es digno de ser alabado,
Y seré salvo de mis enemigos.
5 Me rodearon ondas de muerte,
Y torrentes de perversidad me atemorizaron.
6 Ligaduras del Seol me rodearon;
Tendieron sobre mí lazos de muerte.
7 En mi angustia invoqué a Jehová,
Y clamé a mi Dios;
Él oyó mi voz desde su templo,
Y mi clamor llegó a sus oídos.
8 La tierra fue conmovida, y tembló,
Y se conmovieron los cimientos de los cielos;
Se estremecieron, porque se indignó él.
9 Humo subió de su nariz,
Y de su boca fuego consumidor;
Carbones fueron por él encendidos.
10 E inclinó los cielos, y descendió;
Y había tinieblas debajo de sus pies.
11 Y cabalgó sobre un querubín, y voló;
Voló sobre las alas del viento.
12 Puso tinieblas por su escondedero alrededor de sí;
Oscuridad de aguas y densas nubes.
13 Por el resplandor de su presencia se encendieron carbones ardientes.
14 Y tronó desde los cielos Jehová,
Y el Altísimo dio su voz;
15 Envió sus saetas, y los dispersó;
Y lanzó relámpagos, y los destruyó.
16 Entonces aparecieron los torrentes de las aguas,
Y quedaron al descubierto los cimientos del mundo;
A la reprensión de Jehová,
Por el soplo del aliento de su nariz.
17 Envió desde lo alto y me tomó;
Me sacó de las muchas aguas.
18 Me libró de poderoso enemigo,
Y de los que me aborrecían, aunque eran más fuertes que yo.
19 Me asaltaron en el día de mi quebranto;
Mas Jehová fue mi apoyo,
20 Y me sacó a lugar espacioso;
Me libró, porque se agradó de mí.
21 Jehová me ha premiado conforme a mi justicia;
Conforme a la limpieza de mis manos me ha recompensado.
22 Porque yo he guardado los caminos de Jehová,
Y no me aparté impíamente de mi Dios.
23 Pues todos sus decretos estuvieron delante de mí,
Y no me he apartado de sus estatutos.
24 Fui recto para con él,
Y me he guardado de mi maldad;
25 Por lo cual me ha recompensado Jehová conforme a mi justicia;
Conforme a la limpieza de mis manos delante de su vista.
26 Con el misericordioso te mostrarás misericordioso,
Y recto para con el hombre íntegro.
27 Limpio te mostrarás para con el limpio,
Y rígido serás para con el perverso.
28 Porque tú salvas al pueblo afligido,
Mas tus ojos están sobre los altivos para abatirlos.
29 Tú eres mi lámpara, oh Jehová;
Mi Dios alumbrará mis tinieblas.
30 Contigo desbarataré ejércitos,
Y con mi Dios asaltaré muros.
31 En cuanto a Dios, perfecto es su camino,
Y acrisolada la palabra de Jehová.
Escudo es a todos los que en él esperan.
32 Porque ¿quién es Dios, sino solo Jehová?
¿Y qué roca hay fuera de nuestro Dios?
33 Dios es el que me ciñe de fuerza,
Y quien despeja mi camino;
34 Quien hace mis pies como de ciervas,
Y me hace estar firme sobre mis alturas;
35 Quien adiestra mis manos para la batalla,
De manera que se doble el arco de bronce con mis brazos.
36 Me diste asimismo el escudo de tu salvación,
Y tu benignidad me ha engrandecido.
37 Tú ensanchaste mis pasos debajo de mí,
Y mis pies no han resbalado.
38 Perseguiré a mis enemigos, y los destruiré,
Y no volveré hasta acabarlos.
39 Los consumiré y los heriré, de modo que no se levanten;
Caerán debajo de mis pies.
40 Pues me ceñiste de fuerzas para la pelea;
Has humillado a mis enemigos debajo de mí,
41 Y has hecho que mis enemigos me vuelvan las espaldas,
Para que yo destruyese a los que me aborrecen.
42 Clamaron, y no hubo quien los salvase;
Aun a Jehová, mas no les oyó.
43 Como polvo de la tierra los molí;
Como lodo de las calles los pisé y los trituré.
44 Me has librado de las contiendas del pueblo;
Me guardaste para que fuese cabeza de naciones;
Pueblo que yo no conocía me servirá.
45 Los hijos de extraños se someterán a mí;
Al oír de mí, me obedecerán.
46 Los extraños se debilitarán,
Y saldrán temblando de sus encierros.
47 Viva Jehová, y bendita sea mi roca,
Y engrandecido sea el Dios de mi salvación.
48 El Dios que venga mis agravios,
Y sujeta pueblos debajo de mí;
49 El que me libra de enemigos,
Y aun me exalta sobre los que se levantan contra mí;
Me libraste del varón violento.
50 Por tanto, yo te confesaré entre las naciones, oh Jehová,
Y cantaré a tu nombre.
51 Él salva gloriosamente a su rey,
Y usa de misericordia para con su ungido,
A David y a su descendencia para siempre.
Comentario del Capitulo

Capítulo 59 El primer rey de Israel
Así las cosas, Saúl no juzgó conveniente asumir la dignidad real. Dejando a Samuel la administración del gobierno como antes, regresó él a Gabaa. Lo escoltó allá con honores un grupo de hombres que, viendo en él al hombre escogido divinamente, estaban decididos a sostenerlo. Pero él no hizo esfuerzo alguno por apoyar con la fuerza su derecho al trono. En su casa de las alturas de Benjamín, desempeñaba pacíficamente sus deberes de agricultor, dejando enteramente a Dios el afianzamiento de su autoridad.
Poco después del nombramiento de Saúl, los amonitas, bajo su rey Naas, invadieron el territorio de las tribus establecidas al este del Jordán, y amenazaron la ciudad de Jabes de Galaad. Los habitantes de esa región trataron de llegar a un entendimiento de paz ofreciéndoles a los amonitas hacerse tributarios de ellos. A esto el rey cruel no quiso acceder a menos que fuera bajo la condición de que les sacara el ojo derecho a cada uno de ellos, como testimonio permanente de su poder.
Los habitantes de la ciudad sitiada suplicaron que se les diera una tregua de siete días. Los amonitas accedieron a esta solicitud, creyendo que con esto engrandecerían más el honor de su esperado triunfo. En seguida los de Jabes enviaron mensajeros para pedir auxilio a las tribus del oeste del Jordán. Así llegaron a Gabaa las noticias que despertaban terror por todas partes.
Por la noche, al regresar Saúl de seguir los bueyes en el campo, oyó ruidosas lamentaciones indicadoras de una gran calamidad. Dijo entonces: “¿Qué tiene el pueblo, que están llorando?” Cuando se le contó la vergonzosa historia, se despertaron todas sus facultades latentes. “el espíritu de Dios vino sobre él [...]. Tomó entonces un par de bueyes, los cortó en trozos y los envió por todo el territorio de Israel por medio de mensajeros, diciendo: “Así se hará con los bueyes del que no salga detrás de Saúl y detrás de Samuel””.
Trescientos treinta mil hombres se congregaron en la llanura de Bezec, bajo las órdenes de Saúl. De inmediato se mandaron mensajeros a los habitantes de la ciudad sitiada, con la promesa de que podrían esperar auxilio al día siguiente, el mismo día en el cual habían de someterse a los amonitas. Gracias a una rápida marcha nocturna, Saúl y su ejército cruzaron el Jordán, y llegaron a Jabes, “al calentar el sol”. Dividiendo, como Gedeón, sus fuerzas en tres compañías, cayó sobre el campo de los amonitas aquella madrugada, en el momento en que, por no sospechar ningún peligro, estaban menos en guardia. En el pánico que siguió al ataque, fueron derrotados completamente y hubo una gran matanza. “Y los que quedaron fueron dispersos, de tal manera que no quedaron dos de ellos juntos”.
La rapidez y el valor de Saúl, así como el don de mando que reveló en la feliz dirección de tan grande ejército, eran cualidades que el pueblo de Israel había deseado en su monarca, para poder hacer frente a las otras naciones. Ahora lo saludaron como su rey, atribuyendo el honor de la victoria a los instrumentos humanos y olvidándose de que sin la bendición especial de Dios todos sus esfuerzos hubieran sido en vano. En el calor de su entusiasmo, algunos propusieron que se diera muerte a los que al principio habían rehusado reconocer la autoridad de Saúl. Pero el rey intervino diciendo: “No morirá hoy ninguno, porque hoy Jehová ha traído salvación en Israel”.
Con esto dio Saúl testimonio del cambio realizado en su carácter. En vez de atribuirse el honor, dio a Dios toda la gloria. En vez de manifestar un deseo de venganza, mostró un espíritu de compasión y perdón. Este es un testimonio inequívoco de que la gracia de Dios mora en el corazón.
Samuel propuso entonces que se convocara una asamblea nacional en Gilgal, para entregar públicamente a Saúl. Se hizo así; “y sacrificaron allí ofrendas de paz delante de Jehová, y se alegraron mucho Saúl y todos los de Israel”.
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