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Domingo 25 de Octubre de 2026.

hace 6 minutos
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Salmos 79 (RVR1960) Profetas y Reyes



Lamento por la destrucción de Jerusalén

Salmo de Asaf.

1 Oh Dios, vinieron las naciones a tu heredad;


Han profanado tu santo templo;


Redujeron a Jerusalén a escombros.


2 Dieron los cuerpos de tus siervos por comida a las aves de los cielos,


La carne de tus santos a las bestias de la tierra.


3 Derramaron su sangre como agua en los alrededores de Jerusalén,


Y no hubo quien los enterrase.


4 Somos afrentados de nuestros vecinos,


Escarnecidos y burlados de los que están en nuestros alrededores.


5 ¿Hasta cuándo, oh Jehová? ¿Estarás airado para siempre?


¿Arderá como fuego tu celo?


6 Derrama tu ira sobre las naciones que no te conocen,


Y sobre los reinos que no invocan tu nombre.


7 Porque han consumido a Jacob,


Y su morada han asolado.


8 No recuerdes contra nosotros las iniquidades de nuestros antepasados;


Vengan pronto tus misericordias a encontrarnos,


Porque estamos muy abatidos.


9 Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre;


Y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre.


10 Porque dirán las gentes: ¿Dónde está su Dios?


Sea notoria en las gentes, delante de nuestros ojos,


La venganza de la sangre de tus siervos que fue derramada.


11 Llegue delante de ti el gemido de los presos;


Conforme a la grandeza de tu brazo preserva a los sentenciados a muerte,


12 Y devuelve a nuestros vecinos en su seno siete tantos


De su infamia, con que te han deshonrado, oh Jehová.


13 Y nosotros, pueblo tuyo, y ovejas de tu prado,


Te alabaremos para siempre;


De generación en generación cantaremos tus alabanzas.


Comentario del Capitulo





Capítulo 43—El vigía invisible


Este capítulo está basado en Daniel 5.


Hacia el fin de la vida de Daniel, se estaban produciendo grandes cambios en la tierra a la cual, más de sesenta años antes, él y sus compañeros hebreos habían sido llevados cautivos. Nabucodonosor había muerto, y Babilonia, antes “alabada por toda la tierra,” había pasado a ser gobernada por sus sucesores imprudentes; y el resultado era una disolución gradual pero segura.


Debido a la insensatez y debilidad de Belsasar, nieto de Nabucodonosor, la orgullosa Babilonia iba a caer pronto. Admitido en su juventud a compartir la autoridad real, Belsasar se gloriaba en su poder, y ensalzó su corazón contra el Dios del cielo. Muchas habían sido sus oportunidades para conocer la voluntad divina, y para comprender que era su responsabilidad prestarle obediencia. Sabía que, por decreto divino, su abuelo había sido desterrado de la sociedad de los hombres; y sabía también de su conversión y curación milagrosa. Pero Belsasar dejó que el amor por los placeres y la glorificación propia borrasen las lecciones que nunca debiera haber olvidado. Malgastó las oportunidades que se le habían concedido misericordiosamente, y no aprovechó los medios que tenía a su alcance para conocer mejor la verdad. Lo que Nabucodonosor había adquirido finalmente a costo de indecibles sufrimientos y humillaciones, Belsasar lo pasaba por alto con indiferencia.


No tardaron en ocurrir reveses. Babilonia fué sitiada por Ciro, sobrino de Darío el Medo y general de los ejércitos combinados de los medos y persas. Pero dentro de la fortaleza al parecer inexpugnable, con sus macizas murallas y sus puertas de bronce, protegida por el río Eufrates, y abastecida con abundantes provisiones, el voluptuoso monarca se sentía seguro y dedicaba su tiempo a la alegría y las orgías.


En su orgullo y arrogancia, con temerario sentimiento de seguridad, “Belsasar hizo un gran banquete a mil de sus príncipes, y en presencia de los mil bebía vino.” Todos los atractivos ofrecidos por la riqueza y el poder aumentaban el esplendor de la escena. Entre los huéspedes que asistían al banquete real había hermosas mujeres que desplegaban sus encantos. Había hombres de genio y educación. Los príncipes y los estadistas bebían vino como agua, y bajo su influencia enloquecedora se entregaban a la orgía.


Habiendo quedado la razón destronada por una embriaguez desvergonzada, y habiendo cobrado ascendiente los impulsos y las pasiones inferiores, el rey mismo dirigía la ruidosa orgía. En el transcurso del festín, ordenó “que trajesen los vasos de oro y de plata que Nabucodonosor ... había traído del templo de Jerusalem; para que bebiesen con ellos el rey y sus príncipes, sus mujeres y sus concubinas.” El rey quería probar que nada era demasiado sagrado para sus manos. “Entonces fueron traídos los vasos de oro, ... y bebieron con ellos el rey y sus príncipes, sus mujeres y sus concubinas. Bebieron vino, y alabaron a los dioses de oro y de plata, de metal, de hierro, de madera, y de piedra.”


Poco se imaginaba Belsasar que un Testigo celestial presenciaba su desenfreno idólatra; pero un Vigía divino, aunque no reconocido, miraba la escena de profanación y oía la alegría sacrílega. Pronto el Huésped no invitado hizo sentir su presencia. Al llegar el desenfreno a su apogeo, apareció una mano sin sangre y trazó en las paredes del palacio, con caracteres que resplandecían como fuego, palabras que, aunque desconocidas para la vasta muchedumbre, eran un presagio de condenación para el rey y sus huéspedes, ahora atormentados por su conciencia.


Acallada quedó la ruidosa alegría, mientras que hombres y mujeres, dominados por un terror sin nombre, miraban cómo la mano trazaba lentamente los caracteres misteriosos. Como en visión panorámica desfilaron ante sus ojos los actos de su vida impía; les pareció estar emplazados ante el tribunal del Dios eterno, cuyo poder acababan de desafiar. Donde tan sólo unos momentos antes habían prevalecido la hilaridad y los chistes blasfemos, se veían rostros pálidos y se oían gritos de miedo. Cuando Dios infunde miedo en los hombres, no pueden ocultar la intensidad de su terror.


Belsasar era el más aterrorizado de todos. El era quien llevaba la mayor responsabilidad por la rebelión contra Dios que había llegado esa noche a su apogeo en el reino babilónico. En presencia del Vigía invisible, representante de Aquel cuyo poder había sido desafiado y cuyo nombre había sido blasfemado, el rey se quedó paralizado de miedo. Su conciencia se despertó. “Desatáronse las ceñiduras de sus lomos, y sus rodillas se batían la una con la otra.” Belsasar se había levantado impíamente contra el Dios del cielo, y había confiado en su propio poder, sin suponer siquiera que alguno pudiera atreverse a decirle: ¿Por qué obras así? Ahora comprendía que le tocaba dar cuenta de la mayordomía que le había sido confiada, y que no podía ofrecer excusa alguna por haber desperdiciado sus oportunidades ni por su actitud desafiante.









Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.







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