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Sábado 24 de Octubre de 2026.

hace 1 día
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Salmos 78 (RVR1960) Profetas y Reyes



Fidelidad de Dios hacia su pueblo infiel

Masquil de Asaf.

1 Escucha, pueblo mío, mi ley;


Inclinad vuestro oído a las palabras de mi boca.


2 Abriré mi boca en proverbios;


Hablaré cosas escondidas desde tiempos antiguos,


3 Las cuales hemos oído y entendido;


Que nuestros padres nos las contaron.


4 No las encubriremos a sus hijos,


Contando a la generación venidera las alabanzas de Jehová,


Y su potencia, y las maravillas que hizo.


5 Él estableció testimonio en Jacob,


Y puso ley en Israel,


La cual mandó a nuestros padres


Que la notificasen a sus hijos;


6 Para que lo sepa la generación venidera, y los hijos que nacerán;


Y los que se levantarán lo cuenten a sus hijos,


7 A fin de que pongan en Dios su confianza,


Y no se olviden de las obras de Dios;


Que guarden sus mandamientos,


8 Y no sean como sus padres,


Generación contumaz y rebelde;


Generación que no dispuso su corazón,


Ni fue fiel para con Dios su espíritu.


9 Los hijos de Efraín, arqueros armados,


Volvieron las espaldas en el día de la batalla.


10 No guardaron el pacto de Dios,


Ni quisieron andar en su ley;


11 Sino que se olvidaron de sus obras,


Y de sus maravillas que les había mostrado.


12 Delante de sus padres hizo maravillas


En la tierra de Egipto, en el campo de Zoán.


13 Dividió el mar y los hizo pasar;


Detuvo las aguas como en un montón.


14 Les guio de día con nube,


Y toda la noche con resplandor de fuego.


15 Hendió las peñas en el desierto,


Y les dio a beber como de grandes abismos,


16 Pues sacó de la peña corrientes,


E hizo descender aguas como ríos.


17 Pero aún volvieron a pecar contra él,


Rebelándose contra el Altísimo en el desierto;


18 Pues tentaron a Dios en su corazón,


Pidiendo comida a su gusto.


19 Y hablaron contra Dios,


Diciendo: ¿Podrá poner mesa en el desierto?


20 He aquí ha herido la peña, y brotaron aguas,


Y torrentes inundaron la tierra;


¿Podrá dar también pan?


¿Dispondrá carne para su pueblo?


21 Por tanto, oyó Jehová, y se indignó;


Se encendió el fuego contra Jacob,


Y el furor subió también contra Israel,


22 Por cuanto no habían creído a Dios,


Ni habían confiado en su salvación.


23 Sin embargo, mandó a las nubes de arriba,


Y abrió las puertas de los cielos,


24 E hizo llover sobre ellos maná para que comiesen,


Y les dio trigo de los cielos.


25 Pan de nobles comió el hombre;


Les envió comida hasta saciarles.


26 Movió el solano en el cielo,


Y trajo con su poder el viento sur,


27 E hizo llover sobre ellos carne como polvo,


Como arena del mar, aves que vuelan.


28 Las hizo caer en medio del campamento,


Alrededor de sus tiendas.


29 Comieron, y se saciaron;


Les cumplió, pues, su deseo.


30 No habían quitado de sí su anhelo,


Aún estaba la comida en su boca,


31 Cuando vino sobre ellos el furor de Dios,


E hizo morir a los más robustos de ellos,


Y derribó a los escogidos de Israel.


32 Con todo esto, pecaron aún,


Y no dieron crédito a sus maravillas.


33 Por tanto, consumió sus días en vanidad,


Y sus años en tribulación.


34 Si los hacía morir, entonces buscaban a Dios;


Entonces se volvían solícitos en busca suya,


35 Y se acordaban de que Dios era su refugio,


Y el Dios Altísimo su redentor.


36 Pero le lisonjeaban con su boca,


Y con su lengua le mentían;


37 Pues sus corazones no eran rectos con él,


Ni estuvieron firmes en su pacto.


38 Pero él, misericordioso, perdonaba la maldad, y no los destruía;


Y apartó muchas veces su ira,


Y no despertó todo su enojo.


39 Se acordó de que eran carne,


Soplo que va y no vuelve.


40 ¡Cuántas veces se rebelaron contra él en el desierto,


Lo enojaron en el yermo!


41 Y volvían, y tentaban a Dios,


Y provocaban al Santo de Israel.


42 No se acordaron de su mano,


Del día que los redimió de la angustia;


43 Cuando puso en Egipto sus señales,


Y sus maravillas en el campo de Zoán;


44 Y volvió sus ríos en sangre,


Y sus corrientes, para que no bebiesen.


45 Envió entre ellos enjambres de moscas que los devoraban,


Y ranas que los destruían.


46 Dio también a la oruga sus frutos,


Y sus labores a la langosta.


47 Sus viñas destruyó con granizo,


Y sus higuerales con escarcha;


48 Entregó al pedrisco sus bestias,


Y sus ganados a los rayos.


49 Envió sobre ellos el ardor de su ira;


Enojo, indignación y angustia,


Un ejército de ángeles destructores.


50 Dispuso camino a su furor;


No eximió la vida de ellos de la muerte,


Sino que entregó su vida a la mortandad.


51 Hizo morir a todo primogénito en Egipto,


Las primicias de su fuerza en las tiendas de Cam.


52 Hizo salir a su pueblo como ovejas,


Y los llevó por el desierto como un rebaño.


53 Los guio con seguridad, de modo que no tuvieran temor;


Y el mar cubrió a sus enemigos.


54 Los trajo después a las fronteras de su tierra santa,


A este monte que ganó su mano derecha.


55 Echó las naciones de delante de ellos;


Con cuerdas repartió sus tierras en heredad,


E hizo habitar en sus moradas a las tribus de Israel.


56 Pero ellos tentaron y enojaron al Dios Altísimo,


Y no guardaron sus testimonios;


57 Sino que se volvieron y se rebelaron como sus padres;


Se volvieron como arco engañoso.


58 Le enojaron con sus lugares altos,


Y le provocaron a celo con sus imágenes de talla.


59 Lo oyó Dios y se enojó,


Y en gran manera aborreció a Israel.


60 Dejó, por tanto, el tabernáculo de Silo,


La tienda en que habitó entre los hombres,


61 Y entregó a cautiverio su poderío,


Y su gloria en mano del enemigo.


62 Entregó también su pueblo a la espada,


Y se irritó contra su heredad.


63 El fuego devoró a sus jóvenes,


Y sus vírgenes no fueron loadas en cantos nupciales.


64 Sus sacerdotes cayeron a espada,


Y sus viudas no hicieron lamentación.


65 Entonces despertó el Señor como quien duerme,


Como un valiente que grita excitado del vino,


66 E hirió a sus enemigos por detrás;


Les dio perpetua afrenta.


67 Desechó la tienda de José,


Y no escogió la tribu de Efraín,


68 Sino que escogió la tribu de Judá,


El monte de Sion, al cual amó.


69 Edificó su santuario a manera de eminencia,


Como la tierra que cimentó para siempre.


70 Eligió a David su siervo,


Y lo tomó de las majadas de las ovejas;


71 De tras las paridas lo trajo,


Para que apacentase a Jacob su pueblo,


Y a Israel su heredad.


72 Y los apacentó conforme a la integridad de su corazón,


Los pastoreó con la pericia de sus manos.


Comentario del Capitulo





Capítulo 42—La verdadera grandeza


El juicio de Dios se demoró durante meses; pero en vez de ser inducido al arrepentimiento por esta paciencia divina, el rey alentó su orgullo hasta perder confianza en la interpretación del sueño, y burlarse de sus temores anteriores.


Un año después de haber recibido la advertencia, mientras Nabucodonosor andaba en su palacio y pensaba con orgullo en su poder como gobernante y en sus éxitos como constructor, exclamó: “¿No es ésta la gran Babilonia, que yo edifiqué para casa del reino, con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi grandeza?”


Estando aún en los labios del rey la jactanciosa pregunta, una voz del cielo anunció que había llegado el tiempo señalado por Dios para el castigo. En sus oídos cayó la orden de Jehová: “A ti dicen, rey Nabucodonosor; el reino es traspasado de ti: y de entre los hombres te echan, y con las bestias del campo será tu morada, y como a los bueyes te apacentarán: y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo se enseñorea en el reino de los hombres, y a quien él quisiere lo da.”


En un momento le fué quitada la razón que Dios le había dado; el juicio que el rey consideraba perfecto, la sabiduría de la cual se enorgullecía, desaparecieron y se vió que el que antes era gobernante poderoso estaba loco. Su mano ya no podía empuñar el cetro. Los mensajes de advertencia habían sido despreciados; y ahora, despojado del poder que su Creador le había dado, y ahuyentado de entre los hombres, Nabucodonosor “comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se bañaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como de águila, y sus uñas como de aves.”


Durante siete años, Nabucodonosor fué el asombro de todos sus súbditos; durante siete años fué humillado delante de todo el mundo. Al cabo de ese tiempo, la razón le fué devuelta, y mirando con humildad hacia el Dios del cielo, reconoció en su castigo la intervención de la mano divina. En una proclamación pública, confesó su culpa, y la gran misericordia de Dios al devolverle la razón. Dijo: “Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi sentido me fué vuelto; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre; porque su señorío es sempiterno, y su reino por todas las edades. Y todos los moradores de la tierra por nada son contados: y en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según su voluntad: ni hay quien estorbe su mano, y le diga: ¿Qué haces?


“En el mismo tiempo mi sentido me fué vuelto, y la majestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí, y mis gobernadores y mis grandes me buscaron; y fuí restituído a mi reino, y mayor grandeza me fué añadida.”


El que fuera una vez un orgulloso monarca había llegado a ser humilde hijo de Dios; el gobernante tiránico e intolerante, era un rey sabio y compasivo. El que había desafiado al Dios del cielo y blasfemado contra él, reconocía ahora el poder del Altísimo, y procuraba fervorosamente promover el temor de Jehová y la felicidad de sus súbditos. Bajo la reprensión de Aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, Nabucodonosor había aprendido por fin la lección que necesitan aprender todos los gobernantes, a saber que la verdadera grandeza consiste en ser verdaderamente buenos. Reconoció a Jehová como el Dios viviente, diciendo: “Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdad, y sus caminos juicio; y humillar puede a los que andan con soberbia.”


Estaba ahora cumplido el propósito de Dios, de que el mayor reino del mundo manifestase sus alabanzas. La proclamación pública, en la cual Nabucodonosor reconoció la misericordia, la bondad y la autoridad de Dios, fué el último acto de su vida que registra la historia sagrada.








Te invitamos a continuar con la lectura del día de mañana.







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