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Domingo 5 de Julio de 2026.

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  • 4 min de lectura

Job 9 (RVR1960) Profetas y Reyes



Incapacidad de Job para responder a Dios

1 Respondió Job, y dijo:


2 Ciertamente yo sé que es así;


¿Y cómo se justificará el hombre con Dios?


3 Si quisiere contender con él,


No le podrá responder a una cosa entre mil.


4 Él es sabio de corazón, y poderoso en fuerzas;


¿Quién se endureció contra él, y le fue bien?


5 Él arranca los montes con su furor,


Y no saben quién los trastornó;


6 Él remueve la tierra de su lugar,


Y hace temblar sus columnas;


7 Él manda al sol, y no sale;


Y sella las estrellas;


8 Él solo extendió los cielos,


Y anda sobre las olas del mar;


9 Él hizo la Osa, el Orión y las Pléyades,


Y los lugares secretos del sur;


10 Él hace cosas grandes e incomprensibles,


Y maravillosas, sin número.


11 He aquí que él pasará delante de mí, y yo no lo veré;


Pasará, y no lo entenderé.


12 He aquí, arrebatará; ¿quién le hará restituir?


¿Quién le dirá: Qué haces?


13 Dios no volverá atrás su ira,


Y debajo de él se abaten los que ayudan a los soberbios.


14 ¿Cuánto menos le responderé yo,


Y hablaré con él palabras escogidas?


15 Aunque fuese yo justo, no respondería;


Antes habría de rogar a mi juez.


16 Si yo le invocara, y él me respondiese,


Aún no creeré que haya escuchado mi voz.


17 Porque me ha quebrantado con tempestad,


Y ha aumentado mis heridas sin causa.


18 No me ha concedido que tome aliento,


Sino que me ha llenado de amarguras.


19 Si habláremos de su potencia, por cierto es fuerte;


Si de juicio, ¿quién me emplazará?


20 Si yo me justificare, me condenaría mi boca;


Si me dijere perfecto, esto me haría inicuo.


21 Si fuese íntegro, no haría caso de mí mismo;


Despreciaría mi vida.


22 Una cosa resta que yo diga:


Al perfecto y al impío él los consume.


23 Si azote mata de repente,


Se ríe del sufrimiento de los inocentes.


24 La tierra es entregada en manos de los impíos,


Y él cubre el rostro de sus jueces.


Si no es él, ¿quién es? ¿Dónde está?


25 Mis días han sido más ligeros que un correo;


Huyeron, y no vieron el bien.


26 Pasaron cual naves veloces;


Como el águila que se arroja sobre la presa.


27 Si yo dijere: Olvidaré mi queja,


Dejaré mi triste semblante, y me esforzaré,


28 Me turban todos mis dolores;


Sé que no me tendrás por inocente.


29 Yo soy impío;


¿Para qué trabajaré en vano?


30 Aunque me lave con aguas de nieve,


Y limpie mis manos con la limpieza misma,


31 Aún me hundirás en el hoyo,


Y mis propios vestidos me abominarán.


32 Porque no es hombre como yo, para que yo le responda,


Y vengamos juntamente a juicio.


33 No hay entre nosotros árbitro


Que ponga su mano sobre nosotros dos.


34 Quite de sobre mí su vara,


Y su terror no me espante.


35 Entonces hablaré, y no le temeré;


Porque en este estado no estoy en mí.


Comentario del Capitulo






Capítulo 18—La purificación de las aguas


En los tiempos patriarcales, el valle del Jordán “era de riego, ... como el huerto de Jehová.” En ese hermoso valle fué donde Lot decidió establecerse, cuando “fué poniendo sus tiendas hasta Sodoma.” Génesis 13:10, 12. Pero al ser destruídas las ciudades de la llanura, la región de en derredor se transformó en un desierto desolado, y llegó a formar parte del desierto de Judea.


Subsistió una parte del hermoso valle, con sus manantiales y arroyos vivificantes, para alegrar el corazón del hombre. En ese valle, rico en campos de cereales y vergeles de palmeras y otros frutales, las huestes de Israel habían acampado después de cruzar el Jordán y habían gozado por primera vez de los frutos de la tierra prometida. Delante de sí tenían las murallas de la fortaleza pagana de Jericó, centro del culto de Astarte, la más vil y degradante de todas las formas cananeas de la idolatría. Pronto fueron derribadas sus murallas y muertos sus habitantes; y en ocasión de su caída, se hizo en presencia de todo Israel esta solemne declaración: “Maldito delante de Jehová el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jericó. En su primogénito eche sus cimientos, y en su menor asiente sus puertas.” Josué 6:26.


Transcurrieron cinco siglos. El lugar seguía desolado y maldecido por Dios. Aun los manantiales que habían hecho tan deseable la residencia en esa parte del valle, sufrieron los efectos de la maldición. Pero en los tiempos de la apostasía de Acab, cuando el culto de Astarte revivió por influencia de Jezabel, Jericó, antigua sede de ese culto, fué reedificada, si bien a un costo espantoso para quien lo hizo. Hiel, de Betel, “en Abiram su primogénito echó el cimiento, y en Segub su hijo postrero puso sus puertas; conforme a la palabra de Jehová.” 1 Reyes 16:34.


No lejos de Jericó, en medio de vergeles fructíferos, se hallaba una de las escuelas de los profetas; y allí se dirigió Eliseo, después de la ascensión de Elías. Mientras estaba entre ellos, los hombres de la ciudad se acercaron al profeta para decirle: “He aquí, el asiento de esta ciudad es bueno, como mi señor ve; mas las aguas son malas, y la tierra enferma.” El manantial que en años anteriores había sido puro y comunicaba vida, pues contribuía mucho a abastecer de agua la ciudad y la región circundante, ya no podía usarse.


En respuesta a la súplica de los hombres de Jericó, Eliseo dijo: “Traedme una botija nueva, y poned en ella sal.” Habiendo recibido esto, salió “él a los manaderos de las aguas, echó dentro la sal, y dijo: Así ha dicho Jehová: Yo sané estas aguas, y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad.” 2 Reyes 2:19-21.









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