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Domingo 7 de Julio de 2024.

  • Foto del escritor: Amado V FV
    Amado V FV
  • 7 jul 2024
  • 4 Min. de lectura

Habacuc 3 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.



Oración de Habacuc

1 Oración del profeta Habacuc, sobre Sigionot.


2 Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí.


Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos,


En medio de los tiempos hazla conocer;


En la ira acuérdate de la misericordia.


3 Dios vendrá de Temán,


Y el Santo desde el monte de Parán. Selah


Su gloria cubrió los cielos,


Y la tierra se llenó de su alabanza.


4 Y el resplandor fue como la luz;


Rayos brillantes salían de su mano,


Y allí estaba escondido su poder.


5 Delante de su rostro iba mortandad,


Y a sus pies salían carbones encendidos.


6 Se levantó, y midió la tierra;


Miró, e hizo temblar las gentes;


Los montes antiguos fueron desmenuzados,


Los collados antiguos se humillaron.


Sus caminos son eternos.


7 He visto las tiendas de Cusán en aflicción;


Las tiendas de la tierra de Madián temblaron.


8 ¿Te airaste, oh Jehová, contra los ríos?


¿Contra los ríos te airaste?


¿Fue tu ira contra el mar


Cuando montaste en tus caballos,


Y en tus carros de victoria?


9 Se descubrió enteramente tu arco;


Los juramentos a las tribus fueron palabra segura. Selah


Hendiste la tierra con ríos.


10 Te vieron y tuvieron temor los montes;


Pasó la inundación de las aguas;


El abismo dio su voz,


A lo alto alzó sus manos.


11 El sol y la luna se pararon en su lugar;


A la luz de tus saetas anduvieron,


Y al resplandor de tu fulgente lanza.


12 Con ira hollaste la tierra,


Con furor trillaste las naciones.


13 Saliste para socorrer a tu pueblo,


Para socorrer a tu ungido.


Traspasaste la cabeza de la casa del impío,


Descubriendo el cimiento hasta la roca. Selah


14 Horadaste con sus propios dardos las cabezas de sus guerreros,


Que como tempestad acometieron para dispersarme,


Cuyo regocijo era como para devorar al pobre encubiertamente.


15 Caminaste en el mar con tus caballos,


Sobre la mole de las grandes aguas.


16 Oí, y se conmovieron mis entrañas;


A la voz temblaron mis labios;


Pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí;


Si bien estaré quieto en el día de la angustia,


Cuando suba al pueblo el que lo invadirá con sus tropas.


17 Aunque la higuera no florezca,


Ni en las vides haya frutos,


Aunque falte el producto del olivo,


Y los labrados no den mantenimiento,


Y las ovejas sean quitadas de la majada,


Y no haya vacas en los corrales;


18 Con todo, yo me alegraré en Jehová,


Y me gozaré en el Dios de mi salvación.


19 Jehová el Señor es mi fortaleza,


El cual hace mis pies como de ciervas,


Y en mis alturas me hace andar.


Al jefe de los cantores, sobre mis instrumentos de cuerdas.


Comentario del Capitulo




Capítulo 45-46 Previsiones de la cruz

Este capítulo está basado en Mateo 16:13-28; Marcos 8:27-38; Lucas 9:18-27.


La obra de Cristo en la tierra se acercaba rápidamente a su fin. Delante de él, en vívido relieve, se hallaban las escenas hacia las cuales sus pies le llevaban. Aun antes de asumir la humanidad, vió toda la senda que debía recorrer a fin de salvar lo que se había perdido. Cada angustia que iba a desgarrar su corazón, cada insulto que iba a amontonarse sobre su cabeza, cada privación que estaba llamado a soportar, fueron presentados a su vista antes que pusiera a un lado su corona y manto reales y bajara del trono para revestir su divinidad con la humanidad. La senda del pesebre hasta el Calvario estuvo toda delante de sus ojos. Conoció la angustia que le sobrevendría. La conoció toda, y sin embargo dijo: “He aquí yo vengo; (en el rollo del libro está escrito de mí); me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón.”


Tuvo siempre presente el resultado de su misión. Su vida terrenal, tan llena de trabajo y abnegación, fué alegrada por la perspectiva de que no soportaría todas esas penurias en vano. Dando su vida por la de los hombres, haría volver el mundo a su lealtad a Dios. Aunque primero debía recibir el bautismo de sangre; aunque los pecados del mundo iban a abrumar su alma inocente; aunque la sombra de una desgracia indecible pesaba sobre él; por el gozo que le fué propuesto, decidió soportar la cruz y menospreció el oprobio.


Pero las escenas que le esperaban estaban todavía ocultas para los elegidos compañeros de su ministerio; no obstante se acercaba el tiempo en que deberían contemplar su agonía. Deberían ver a Aquel a quien amaban y en quien confiaban entregado a sus enemigos y colgado de la cruz del Calvario. Pronto tendría que dejar que afrontaran el mundo sin el consuelo de su presencia visible. El sabía cómo los perseguirían el odio acérrimo y la incredulidad, y deseaba prepararlos para sus pruebas.


Jesús y sus discípulos habían llegado a uno de los pueblos que rodeaban a Cesarea de Filipos. Estaban fuera de los límites de Galilea, en una región donde prevalecía la idolatría. Allí se encontraban los discípulos apartados de la influencia predominante del judaísmo y relacionados más íntimamente con el culto pagano. En derredor de sí, veían representadas las formas de la superstición que existían en todas partes del mundo. Jesús deseaba que la contemplación de estas cosas los indujese a sentir su responsabilidad hacía los paganos. Durante su estada en dicha región, trató de substraerse a la tarea de enseñar a la gente, a fin de dedicarse más plenamente a sus discípulos.


Iba a hablarles de los sufrimientos que le aguardaban. Pero primero se apartó solo y rogó a Dios que sus corazones fuesen preparados para recibir sus palabras. Al reunírseles, no les comunicó en seguida lo que deseaba impartirles. Antes de hacerlo, les dió una oportunidad de confesar su fe en él para que pudiesen ser fortalecidos para la prueba venidera. Preguntó: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”


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