Jueves 30 de Mayo de 2024.
- Amado V FV
- 30 may 2024
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Oseas 6 (RVR1960) El Deseado de todas las gentes.
1 Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. 2 Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él. 3 Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová; como el alba está dispuesta su salida, y vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana a la tierra.
4 ¿Qué haré a ti, Efraín? ¿Qué haré a ti, oh Judá? La piedad vuestra es como nube de la mañana, y como el rocío de la madrugada, que se desvanece. 5 Por esta causa los corté por medio de los profetas, con las palabras de mi boca los maté; y tus juicios serán como luz que sale. 6 Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos.
7 Mas ellos, cual Adán, traspasaron el pacto; allí prevaricaron contra mí. 8 Galaad, ciudad de hacedores de iniquidad, manchada de sangre. 9 Y como ladrones que esperan a algún hombre, así una compañía de sacerdotes mata en el camino hacia Siquem; así cometieron abominación. 10 En la casa de Israel he visto inmundicia; allí fornicó Efraín, y se contaminó Israel.
11 Para ti también, oh Judá, está preparada una siega, cuando yo haga volver el cautiverio de mi pueblo.
Comentario del Capitulo

Capítulo 32-33 El centurión
Precisamente antes de esto, Jesús había realizado por segunda vez el milagro de sanar a un hombre poseído, ciego y mudo, y los fariseos habían reiterado la acusación: “Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios.” Cristo les dijo claramente que al atribuir la obra del Espíritu Santo a Satanás, se estaban separando de la fuente de bendición. Los que habían hablado contra Jesús mismo, sin discernir su carácter divino, podrían ser perdonados; porque podían ser inducidos por el Espíritu Santo a ver su error y arrepentirse. Cualquiera que sea el pecado, si el alma se arrepiente y cree, la culpa queda lavada en la sangre de Cristo; pero el que rechaza la obra del Espíritu Santo se coloca donde el arrepentimiento y la fe no pueden alcanzarle. Es por el Espíritu Santo cómo obra Dios en el corazón; cuando los hombres rechazan voluntariamente al Espíritu y declaran que es de Satanás, cortan el conducto por el cual Dios puede comunicarse con ellos. Cuando se rechaza finalmente al Espíritu, no hay más nada que Dios pueda hacer para el alma.
Los fariseos a quienes Jesús dirigió esta amonestación no creían la acusación que presentaban contra él. No había uno solo de aquellos dignatarios que no se sintiese atraído hacia el Salvador. Habían oído en su propio corazón la voz del Espíritu que le declaraba el Ungido de Israel y los instaba a confesarse sus discípulos. A la luz de su presencia, habían comprendido su falta de santidad y habían anhelado una justicia que ellos no podían crear. Pero después de rechazarle, habría sido demasiado humillante recibirle como Mesías. Habiendo puesto los pies en la senda de la incredulidad, eran demasiado orgullosos para confesar su error. Y para no tener que confesar la verdad, procuraban con violencia desesperada rebatir la enseñanza del Salvador. La evidencia de su poder y misericordia los exasperaba. No podían impedir que el Salvador realizase milagros, no podían acallar su enseñanza; pero hacían cuanto estaba a su alcance para representarle mal y falsificar sus palabras. Sin embargo, el convincente Espíritu de Dios los seguía, y tenían que crear muchas barreras para resistir su poder. El agente más poderoso que pueda ponerse en juego en el corazón humano estaba contendiendo con ellos, pero no querían ceder.
No es Dios quien ciega los ojos de los hombres y endurece su corazón. El les manda luz para corregir sus errores, y conducirlos por sendas seguras; es por el rechazamiento de esta luz como los ojos se ciegan y el corazón se endurece. Con frecuencia, esto se realiza gradual y casi imperceptiblemente. Viene luz al alma por la Palabra de Dios, por sus siervos, o por la intervención directa de su Espíritu; pero cuando un rayo de luz es despreciado, se produce un embotamiento parcial de las percepciones espirituales, y se discierne menos claramente la segunda revelación de la luz. Así aumentan las tinieblas, hasta que anochece en el alma. Así había sucedido con estos dirigentes judíos. Estaban convencidos de que un poder divino acompañaba a Cristo, pero a fin de resistir a la verdad, atribuyeron la obra del Espíritu Santo a Satanás. Al hacer esto, prefirieron deliberadamente el engaño; se entregaron a Satanás, y desde entonces fueron dominados por su poder.
Estrechamente relacionada con la amonestación de Cristo acerca del pecado contra el Espíritu Santo, se halla la amonestación contra las palabras ociosas y perversas. Las palabras son un indicio de lo que hay en el corazón. “Porque de la abundancia del corazón habla la boca.” Pero las palabras son más que un indicio del carácter; tienen poder para reaccionar sobre el carácter. Los hombres sienten la influencia de sus propias palabras. Con frecuencia, bajo un impulso momentáneo, provocado por Satanás, expresan celos o malas sospechas, dicen algo que no creen en realidad; pero la expresión reacciona sobre los pensamientos. Son engañados por sus palabras, y llegan a creer como verdad lo que dijeron a instigación de Satanás. Habiendo expresado una vez una opinión o decisión, son, con frecuencia, demasiado orgullosos para retractarse, y tratan de demostrar que tienen razón, hasta que llegan a creer que realmente la tienen. Es peligroso pronunciar una palabra de duda, peligroso poner en tela de juicio y criticar la verdad divina. La costumbre de hacer críticas descuidadas e irreverentes reacciona sobre el carácter y fomenta la irreverencia e incredulidad. Más de un hombre que seguía esta costumbre ha proseguido, inconsciente del peligro, hasta que estuvo dispuesto a criticar y rechazar la obra del Espíritu Santo. Jesús dijo: “Toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.”
Luego añadió una amonestación a aquellos que habían sido impresionados por sus palabras, que le habían oído gustosamente, pero que no se habían entregado para que el Espíritu Santo morase en ellos. No sólo por la resistencia, sino también por la negligencia, es destruída el alma. “Cuando el espíritu inmundo ha salido del hombre—dijo Jesús,—anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Me volveré a mi casa de donde salí: y cuando viene, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí.”
En los días de Cristo, como hoy, eran muchos los que parecían momentáneamente emancipados del dominio de Satanás; por la gracia de Dios habían quedado libres de los malos espíritus que dominaran su alma. Se gozaban en el amor de Dios; pero, como los oyentes representados en la parábola por el terreno pedregoso, no permanecían en su amor. No se entregaban a Dios cada día para que Cristo morase en su corazón y cuando volvía el mal espíritu, con “otros siete espíritus peores que él,” quedaban completamente dominados por el mal.
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